domingo, 27 de enero de 2008

Alquimia provenzal

Francia (la dulce Francia en el epíteto de los cantares de gesta) es hermosa en su conjunto; aún más, la Provenza, lírica en las canciones de los trovadores; la región de Vaucluse, en ella, una de sus zonas más seductoras, y dentro de ésta, el Luberon, parque natural regional, meta que no defraudará a nadie. Apropiado para el senderismo y los deportes al aire libre, también lo es para el paseo sosegado y el disfrute de sus escarpados pueblos. Son como un mundo dentro del mundo estos parajes: el norte y el sur, a ambos lados de la cadena de colinas del Pequeño y el Gran Luberon, entre los que se interpone la carretera que comunica Bonnieux con Lourmarin como una espina dorsal que requeriría alguna educación postural, tan sinuosa.

Cavaillon, en la ruta de Aviñón, delimita su extremo occidental, y Manosque, el oriental, donde ya se mira a los Alpes. Laxos límites podrían fijarse en el correr del río Durance, por la banda meridional, y en la localidad de Sault y sus vistas al monte Ventoso, al norte, donde retumba el eco de Petrarca.

Son pueblos con plátanos de Indias u olmos en sus plazas, donde en alguna explanada se ve a los lugareños jugar a la petanca o perderse en sus mercadillos semanales. Como en Gordes, de estrechas callejas que suben y bajan caprichosamente, a la par que serpean. La notable iglesia de Saint Firmin y un macizo castillo son los hitos de la villa, pero también en sí mismas las calles que los provenzales denominan calades, pavimentadas con piedras colocadas de canto, sin olvidar, a orillas de ellas, las pintorescas tiendecillas que sacan sus mercaderías: botellas de vinos de la tierra y aceites, cestería, loza, jabones de espliego, hierbas y especias en saquitos de arpillera, botellas de sifón de cristales tintados... Gordes, que es una competición del ocre hacia la altura, tendría un aspecto algo desolado y polvoriento de no poseer esas cenefas, ribetes, medallones de verde que aquí y allá, en el ascenso, ponen una parra, un ciprés, un seto que arborecen su montaña. Al pie, acumulaciones de casas trogloditas, los llamados bories que hablan de los antiguos pobladores prerromanos.

No lejos de Gordes, el coche enfila hacia la abadía cisterciense de Sénanque, a la que se baja por un sendero y a la que se accede por un campo que, a finales de julio y comienzos de agosto, es un océano bonancible de lavanda florecida, sembrada en hileras. Los castillos terrenales aspiran siempre a estar en algún altozano, una eminencia del terreno que domine un vasto territorio alrededor. Esta abadía, castillo celestial, por el contrario, busca su ser en la hondura, en una nava, que para murallas ya están las que la naturaleza ha dispuesto alrededor. Junto a ella, tres cipreses hurtados a un cuadro de Van Gogh, que vino buscando el sol de la Provenza, y olivos que compiten con ellos en altura, más prósperos que sus hermanos del agro andaluz, por ejemplo.

Pero regresando a los pueblos encaramados, ahí está Ménerbes, con forma de navío sobre la cresta y su museo del sacacorchos y el de la trufa y el vino, cosas todas muy telúricas y que casan bien las unas con las otras. Alza junto al Ayuntamiento uno de esos campanarios de hierro forjado que rematan con sus veletas las torres de piedra de por aquí y que son como jaulas en las que cantan, cuando los ponen a repicar, los badajos. Las campanas se oyen mejor en un cielo despejado y azul como éste. Algunas de estas estructuras, más pequeñas, se pueden hallar en mercados y puestos de chamarileros, como los que se apiñan en L'Isle sur le Sorgue.

El castillo del marqués de Sade

Roussillon y Lacoste, con sus respectivos catálogos de tonos rojizos y sangrientas hazañas que sacan los colores, son pueblos donde se extraen pigmentos (el primero) y donde se hunde en ruinas el castillo del marqués de Sade (el segundo). Ambos lugares merecen una visita y pueden recorrerse una misma tarde.

O Bonnieux, con el Museo de la Panadería, y a las afueras, el bosque de cedros y un alojamiento de ensueño, la Bastide Capelongue de Édouard Loubet, que acoge huéspedes y también comensales en un restaurante de dos estrellas de la Guía Michelin. Son las bastidas las casas de labranza tradicionales de la Provenza, como las masías, de menor tamaño, y juntas salpican el valle, quiero decir, lo salpimentan, le dan sabor, lo hacen aún más apetecible, y piensa uno (fantasea) que no sólo es un hermoso paisaje el que lo rodea, sino que podría habitarlo una temporada, incluso hacer su propio vino aquí, fermentar su queso de cabra, o llevar sus aceitunas a que se opere la vieja alquimia en una almazara. Son casas de piedra vista, contraventanas azules o celestes, o también de un verde pálido, y en derredor, viñedos...

Algo más al norte, en terrazas que cuelgan de su monte, llegamos a Saint-Saturnin-lès-Apt, donde tampoco faltan tiendas de anticuarios en las que siempre algún objeto guiña al curioso, y donde damos cuenta de una exquisita tapenade (pasta de aceitunas negras y alcaparras untada en pan), pero sin entusiasmarnos demasiado con el vino, que son éstas tierras en las que hay que conducir a todas partes, pues es la única forma de llegar a los lugares más hermosos, que no son grandes monumentos históricos ni museos imponentes, sino rincones, oteros, una aldea.

Como Lourmarin, sin ir más lejos, que, sí, tiene un castillo y una bonita iglesia, es cierto, pero sobre todo, unas cuantas calles que se enroscan como un caracol y nos recuerdan la filosofía del saber vivir de las ciudades lentas.

Lo bueno de este remanso de paz que es el Luberon es que, cuando se desea, a sólo una hora se tienen la papal Aviñón, junto al Ródano, u Orange, con sus ruinas romanas, o Arlés, o Nimes, o la señorial Aix-en-Provence. O se puede, todo en el mismo día, pasear por el puerto de Saint Tropez, encelarse del azul del paseo de los Ingleses, en Niza, y volver, a la tarde, al canto de la ubicua chicharra y cenar bajo las otras estrellas, de verdad, de las constelaciones.

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