domingo, 27 de enero de 2008

Amsterdam, un plan perfecto

Poca piedra y mucho ladrillo: esa mezcla de agua y tierra que en feliz amalgama son también los Países Bajos. Y, como sal o espuma, la pintura blanca de marcos de ventanas y puertas de sus casas. Calles híbridas -de ayer y hoy, líquido y sólido- en Amsterdam.

¿Qué hacer aquí? Por ejemplo, ir al Bloemenmarkt, a orillas del Singel, mercado de flores con todo tipo de bulbos y plantas en abigarrada muestra. O a alguna tienda antigua con aromas de ultramar que trajo la Compañía de las Indias Orientales: pimienta, clavo, nuez moscada, canela. También al Museo Van Gogh, del arquitecto Gerrit Rietveld (con añadido de Kurokawa), que alberga la más amplia colección de obras del pintor, lo que lo hace imprescindible.

Museo cuya arquitectura también regala la vista con bien diferente estilo es el neogótico Rijksmuseum, que ya dentro hace que uno se explique lo boyante de las aseguradoras holandesas, a tenor de las riquezas que éste alberga: como botón de muestra, La ronda nocturna, de Rembrandt, o La lechera, de Vermeer. Cerca de los anteriores, el Stedelijk, entregado al arte moderno, ahora en obras pero con sede provisional en el antiguo edificio de Correos, el Post CS, y una exposición que abrirá el día 19 con las nuevas adquisiciones, entre ellas un tríptico monumental de Martin Kippenberger.

Por la tarde se puede ir al Filmmuseum y su café con terraza a la orilla del Vondelpark, que, por estar fuera del anillo de los canales, es amplio. Pero dejemos los grandes edificios. Lo mejor de Amsterdam son las hileras de casas que ribetean los canales. No suelen superar las cuatro plantas, y son de natural profundas y estrechas, una angostura de la que es posible hacerse idea recordando que suelen tener sólo dos o tres ventanas por piso, y éstas siempre más verticales que apaisadas. No faltan las poleas, muy útiles cuando de subir mercancías o muebles se trata, dado lo reducido de las escaleras. A esta costumbre de subir las cosas por el exterior se debe también que no pocas paredes muestren algún grado de inclinación, así edificadas con objeto de que aquello que se hacía subir no fuera chocando con las ventanas. Qué catálogo de hastiales, los vértices que rematan las fachadas: los hay simplemente triangulares, escalonados, acampanados, rematados con una concha...

También hay otras construcciones que no están todo el día mirándose en los más o menos turbios espejos acuáticos. Así, Begijnhof, una manzana de tranquilidad aldeana junto a calles muy comerciales, con sus pequeñas y deliciosas casas dispuestas alrededor de un jardín en el que no falta, para dar esa imagen de mundo de ayer, una iglesia, la Engelese Kerk, o para hacerla más añeja, una mansión de madera del siglo XV que maravilla que haya perdurado, pues en tiempos llegó a prohibirse este tipo de edificación, montón de leña apilada para incendios.

También hay viviendas flotantes atracadas en canales de nombres, o más bien títulos, aristocráticos: Herengracht (canal de los Caballeros), Prinsengracht (de los Príncipes) y Keizersgracht (del Emperador). En verano se desarrolla un festival en ellos, que se hacen canales de música, un pentagrama que se curva siguiendo el plano de la ciudad.

En él se ve que ésta es tela de araña que nos prende con su belleza y sus atracciones, y aún dirá alguno que lo ha enredado cuando confiese haber dado cuenta del hachís en una de sus coffee-shops, o de hongos alucinatorios en los comercios de ellos que han surgido también como champiñones (prohibidos desde octubre pasado), o del abrazo de prostitutas en los nada discretos establecimientos del ramo, con escaparates que no dejan escapatoria y que no, no albergan figuras de cera (éstas se hallan en el Museo de Madame Tussaud, en el Dam).

Un paseo por Jordaan

Pero otros cuerpos menos peligrosos e igualmente visibles (aquí se desconocen las cortinas) son los de los rollizos gatos que se ovillan tras los cristales de viviendas del barrio del Jordaan, donde es placentero hacer una parada en el café De Tuin. Por aquí se despliega los lunes y sábados, junto al Lindengracht (que fue un canal, hoy soterrado), el mercado al aire libre de Noordermarkt, que se remonta al primer tercio del siglo XVII.

Se llega simplemente andando por Henrenstraat, pero para alcanzar otras partes de Amsterdam se pueden tomar los tranvías, que casi todos parten de Central Staation (otro edificio de ladrillo rojo, el más mastodóntico de todos), donde es digno de verse el impresionante aparcamiento de bicicletas por millares, esa metempsicosis de minas enteras cuyo metal se ha transformado en chasis y de interminables bosques de caucho amazónicos que han reencarnado en ruedas. Además de los ubicuos cruceros turísticos está el llamado canalbus, una versión local de los vaporetti venecianos, al que se puede subir y bajar cuantas veces se quiera en el mismo día, aunque es menos práctico y barato, y sencillamente ignorado por los nativos.

Cuatro grandes y excelentes librerías destacan en Amsterdam, y dos de ellas están pensadas para el público anglolector (hablar inglés aquí lo allana todo): The American Book Center y Waterstone's. Las otras son Scheltema, sin duda la más elegante y de más moderno diseño, y Athenaeum, donde 4 de cada 10 libros son importados. Todas están a poca distancia unas de otras, lo que permite el delicioso pasatiempo del ojeo de libros en diferentes comercios y luego el hojeo, o la lectura, sentado en algún café próximo. También hay numerosas librerías anticuarias y de segunda mano, con mapas y grabados a mansalva, y una saturación de molinos de viento y planos de cuando la ciudad era más pequeña.

Para los que prefieran otro tipo de entretenimiento, hay garitos de toda laya y, ojo a su programación, salas de conciertos por las que pasan artistas para todos los gustos, unos internacionales y otros aborígenes, como el grupo Van Halen o, si se me permite la humorada, ese holandés apócrifo, Van Morrison.


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