domingo, 27 de enero de 2008

De cerdos y hombres


Próximamente, la editorial Nórdica publicará una reedición de mi traducción del libro de Flann O'Brien La boca pobre, una divertida sátira del genial autor irlandés. Valga como aperitivo el prólogo -éste nuevo, escrito hace sólo unos días- que acompañará a la novela:


DE CERDOS Y HOMBRES


En plena Segunda Guerra Mundial, época que Irlanda vivió de manera bien diferente al resto de Europa, dada su neutralidad y su ombliguismo por entonces (en doble sentido, ya que acababa de nacer como país independiente tras siglos de dominio británico y aún trataba de cortar definitivamente el cordón umbilical con Inglaterra); en tiempos, digo, que en la isla se denominaron no “The War”, sino “The Emergency”, como gusta de recalcar cómicamente Ronnie Drew, cantante de The Dubliners, un joven escritor de Strabane, condado de Tyrone, publicó una novela en irlandés, An béal bocht. Era 1941, y ese hombre de treinta años se llamaba Brian O’Nolan. El libro lo firmó no obstante como Myles na gCopaleen, en guiño a un personaje de una obra de teatro de Dion Lardner Boucicault estrenada en Nueva York en 1860, en la que alguien con ese nombre encarnaba a ojos de la era victoriana la imagen estereotipada del palurdo irlandés, tan grata al regocijo de propios y extraños. Como por su condición de funcionario no podía utilizar su propio nombre en las colaboraciones en prensa, este seudónimo lo emplearía también en una columna memorable de The Irish Times, comenzada en 1940 con el título Cruiskeen Lawn y antologada tras su muerte en varios volúmenes desopilantes y de relativamente exitosa andadura comercial. Ese escritor, sin embargo, alcanzaría cierta fama en todo el mundo bajo otra de sus adscripciones, Flann O’Brien, con la que firmó algunas novelas memorables en inglés, como En Nadan-Dos-Pájaros, o, más recientemente, El tercer policía y Crónica de Dalkey (estas dos últimas, también publicadas en la editorial Nórdica, a la que hay que felicitar por ello).


O’Brien (convengamos en llamarlo por el nombre que le ha dado más celebridad, aunque sea seudónimo con el que, ya lo hemos dicho, en realidad no firmó el libro que hoy presentamos) quiso hacer una sátira de todo un género que había arraigado recientemente en Irlanda, el de los libros memorialísticos sobre la áspera vida en las zonas de habla gaélica del oeste, con la autobiografía de Tomás Ó Criomhthain a la cabeza: la pionera An tOileánach (El isleño, 1929). Robin Flower, un estudioso de Oxford que llegó a trabajar en el Departamento de Manuscritos del Museo Británico, la puso poco después en inglés. Tomás era natural de la Gran Blasket, una inhóspita isla frente a la península de Dingle, en el condado de Kerry, que fue definitivamente abandonada en 1953 dadas las pésimas condiciones de vida que soportaban sus habitantes. Debemos a W. B. Yeats una remembranza de cómo surgió aquella moda: “Hace algunos años, el Gobierno Irlandés, a causa de la falta de textos en irlandés moderno que tenían los estudiantes, pidió a Mr. Robin Flower que persuadiera a uno de sus habitantes de más edad [de la Gran Blasket] para que escribiera su vida. Después de mucho esfuerzo consiguió que los hechos principales de ésta quedaran reflejados en la página de un cuaderno, y pensó que con eso había terminado su tarea. Entonces Mr. Flower le leyó algunos capítulos de las memorias de Gorki.” Y Ó Criomhthain, que vio que el libro del ruso estaba escrito sin afectación, como una pieza de narrativa oral, a la que él estaba tan acostumbrado, desgranó los episodios de su vida en un libro que Yeats recuerda fue muy comentado. Fue el mismo poeta quien presidió aquella comisión del Senado para la publicación de libros en irlandés. Ahora bien, se equivoca en algún dato en este ejercicio propio de memorialismo: no fue Flower quien instó al isleño a narrar su vida, sino otro señor llamado Brian Kelly, que a su vez confió la edición del libro (su corrección de estilo, ordenación de materiales, etc) a un tercero apodado An Seabhac. Hubo además otro libro que Kelly leyó improvisando a Ó Criomhthain en traducción gaélica: el célebre Pescador de Islandia de Pierre Loti. Así pues, las memorias de Gorki (Reminiscences of My Youth apareció en 1924) y el libro de Loti (con traducciones inglesas de 1888 y 1924) convencieron al aldeano irlandés (que aprendió a escribir su lengua cuando frisaba los sesenta años) de que merecía la pena contar su propia vida. Fresco y auténtico, a su aparición el libro fue saludado como un “milagro” desde las páginas del Times Literay Supplement.

El isleño tuvo un gran impacto no sólo en el resto de Irlanda, sino también en la propia roca pelada de la que surgió, pues como escribió en julio de 1932 Eibhlís Ní Shuilleabáin, nuera de Ó Criomhthainn, “la isla está ahora llena de visitantes y todos los días tenemos bailes en la playa”. Por esas fechas, añade, está allí Flower con el gran celtista Kenneth Jackson, que se encontraba aprendiendo irlandés. Por ella sabemos también que los nativos pusieron a estos y otros visitantes el mote de Lá breághs (por la expresión lá breágh, “bonito día”, muestra del magro gaélico que conocerían los entusiastas de la lengua, o gaeilgoirí). También tenemos por ella testimonio de que en mayo de 1937 visitó la isla el equipo de rodaje de la película igualmente titulada An tOileánach, estrenada en 1938 y dirigida por Patrick Heale, en la que se cuenta la fascinación por la isla de un estudiante de medicina de Dublín, a partir de la lectura del famoso libro que pronto llenó de turistas de lo gaélico la Gran Blasket.

A este libro germinal siguieron otros como Fiche bliain ag fás (Veinte años creciendo, 1933), de Muiris Ó Suilleabáin, que en su traducción inglesa (con prólogo de E. M. Forster, autor de Howards End) llegó a ser reseñado elogiosamente por Yeats aquel mismo año en las páginas del Spectator (el poeta además encareció su lectura a Dorothy Shakespear en una carta); o Peig (1936), de Peig Sayers, una narradora tradicional analfabeta que tres años después, dictando sus experiencias, publicaría otro libro, Meachtnamh seana-mhná, Reflexiones de una anciana, traducido en 1962 al inglés. Pero no fueron los libros sobre las Blasket los únicos que inspiraron a O’Brien: así, la obra de Séamus Ó Grianna, autor de Donegal que utilizó el seudónimo “Máire”, está igualmente presente en el germen de esta novela. De su novela Mo dhá Róisín (Mis dos Rositas, 1921) toma algún motivo, como hace con Séadna (1904), del padre Peadar Ó Laoghaire, autor de la traducción del Quijote al irlandés y al que se cita en el capítulo cuarto. No extraña por ello, dada la diversidad de fuentes, que al colegio de La boca pobre concurran niños de todas las zonas de habla gaélica del país, ni que desde la casa del protagonista se puedan ver regiones muy alejadas en la geografía de la atribulada Irlanda. También amolda a su novela un relato cuyo protagonista es Máel Dúin, el navegante medieval cuya leyenda retomó asimismo Tennyson. En la máquina del tiempo que es el capítulo ocho de La boca pobre, O’Brien hace hablar al otrora héroe con un lenguaje arcaico, estilo paródico que por cierto es recurso que aparece de un modo u otro en capítulos del Ulises de Joyce, especialmente en el de “Los bueyes del sol”, donde se juega con la prosa inglesa de otros períodos.

Lector voraz, ávido de textos en gaélico él mismo, hablante nativo de la lengua y estudioso de su literatura en UCD (University College Dublin), O’Brien tomó algo de cada uno de estos libros en la novela que hoy presentamos. Del libro pionero de Ó Criomhthain adopta esa frase que declara un fin de raza (Ní bheidh ár leithéidí arís ann, “Nunca habrá nadie como nosotros”), pero la aplica nada menos que a un cerdo, cuando dice “no creo que nunca haya ninguno como él”: ní dóigh liom go mbeadh a leithéid arís ann. Es sólo ésta una de las irreverencias que inundan la novela; siempre pensó su autor, como Jonathan Swift, que la ironía es una poderosa arma contra el fanatismo.

En el periódico, O’Brien criticó el mismo año de 1941 la traducción de Flower, tan literal a veces, y en sus columnas tuvo como tema constante el cliché, las fórmulas huecas. En La boca pobre éste es también uno de los motivos recurrentes, y en la novela se hace un repaso de diferentes tópicos adheridos a la imagen del campesinado irlandés, depositario de las tradiciones patrias sobre las que se vuelve un estado (aún Estado Libre, pronto República) que comienza su andadura. No podía ignorar O’Brien, y menos él, que había visitado el país en varias ocasiones, que el nacionalsocialismo en Alemania también reivindicó por estos años, y ya se sabe cuán peligrosamente, la pureza de una raza y de su hábitat incontaminado bajo el lema “sangre y suelo”. Hay una tremenda distancia entre ambos casos, pero Himmler y Rosenberg pusieron sus ojos en las nebulosas estepas rusas y los Urales; los gaeilgoirí o amantes del gaélico, ente los que no faltaron una generación antes muchos profesores germanos como Rudolf Thurneysen o Kuno Meyer, hicieron lo mismo con el litoral atlántico y brumoso de la verde Erín.

En 1938, Niall Sheridan, buen amigo de O’Brien, escribió que el movimiento por la revitalización del idioma se caracterizaba por un fanatismo carente de humor, algo que, en rigor, era completamente ajeno al alma irlandesa. No le faltaba razón. Por su parte, nuestro novelista se mofó de la “relación mística” que parecía haber entre “el baile de la jiga, la lengua irlandesa, el ser abstemio, la moral y la salvación”. Y es que la pureza lingüística se pretendía también pureza de las buenas costumbres y religiosa.

En algún otro lugar ya he escrito que, salvando a las distancias, La boca pobre es a esos relatos de la Gaeltacht o Irlanda quintaesenciada, hipergaélica, lo que El Quijote a las novelas de caballerías. Quería O’Brien, empleando el mismo idioma que sus fuentes, denunciar lo huero no ya de las vidas de sus narradores, sino de la idealización iluminada de esa forma de vida “pura” y primigenia. Y a fe que lo consiguió, logrando una novela que supera con creces en intención literaria, en humor, en complejidad, a sus modelos. Que serán excelentes documentos antropológicos, pero no literatura de creación.

Libro éste sobre la identidad, real o impostada, el título de La boca pobre alude a una expresión gaélica que hace referencia a cargar las tintas sobre la pobreza y las penurias que se padecen, con objeto de obtener compasión y lástima, y los beneficios que éstas reportan. Aquí todos buscan ser lo que no son. Los genuinos hablantes de gaélico aparecen aquí revestidos de nombres rimbombantes (Bonaparte, Maximiliano, etcétera), testimonio del deseo de disimular el origen campesino y atrasado, a la par que los caballeros de la Liga Gaélica, con Douglas Hyde a la cabeza, adoptan nombres ridículos (An Craoibhín Aoibhinn o An Tuiseal Tabharthach, “La Ramita Deliciosa” o“El Caso Dativo”) que actúan, en un no declarado ataque de culpabilidad, como disfraces de los verdaderos de ascendencia inglesa. Y ya se sabe cómo entienden la fe los conversos... Como ha escrito Declan Kiberd, el autor era completamente consciente de que muchas personas insulsas y pusilánimes se adhirieron al movimiento por la revitalización del gaélico como medio para ocultar su grisura y la incapacidad de forjarse una auténtica personalidad propia, lo que llegó al extremo de la adopción del kilt o falda escocesa, algo ajeno a la tradición de Irlanda.

O’Brien amaba su lengua y su literatura (si no, cómo habría integrado de modo tan magistral a Fionn Mac Cumhaill o al loco Suibhne en su magistral En-Nadan-Dos Pájaros, también a su modo un fenomenal pastiche como éste que hoy nos ocupa); lo que detestaba, como desde posiciones bien distintas Patrick Kavanagh, era la visión recalcitrantemente estereotipada de lo irlandés, que llegó a suplantar a la realidad. Por eso tres años después de publicar La boca pobre escribió en su columna lo siguiente: “Me alegra ver por fin que uno de los periódicos de provincias hace algo para la revitalización del irlandés. Un periódico de Galway está publicando una serie de diálogos bilingües titulados “Irlandés todos los días”. No se trata de la basura habitual acerca de llevar cerdos al mercado o sacar papas. Son conversaciones realistas, que se asienta en la vida diaria del pueblo irlandés.”

En un par de ocasiones, O’Brien se refirió al poco tiempo que dedicó a la redacción de La boca pobre (entre una semana y un mes, según las versiones). Pero lo cierto es que, a instancias de la editorial, hubo de revisar la obra y quitar cierto número de referencias sexuales y dejarla “más aséptica”. Como escribió el gran narrador Máirtín Ó Cadhain refiriéndose a la editora nacional para textos gaélicos, “bajo esta organización literaria soviética, operaban dos censuras distintas: la censura normal del estado y una censura especial de An Gúm que suponía que todo lo que había de escribirse en irlandés era o bien para niños o monjas”. Finalmente, la obra la publicó otra casa editorial, pero ya sin ese contenido indecoroso que tampoco hay que pensar que fuera especialmente escandaloso, dada la mojigatería de la época. El anuncio en prensa afirmaba que se trataba “del primer libro, y el mejor sobre la Gaeltacht de Corca Dorcha”. Ni que decir tiene que el nombre de la región es espurio y se basa en el real de Corca Dhuibhne, con un matiz más sombrío (dorcha significa “oscuro”). En carta en que acusó recibo de la novela, Sean O’Casey habló no sólo del parentesco del libro con Swift, sino también con Mark Twain, apreciando su vis cómica. La comparación con el autor de Las aventuras de Tom Sawyer no es irrelevante, pues éste fue también un excelente escritor en periódicos.

El libro se agotó en tan sólo unas pocas semanas, y volvió a editarse en 1942, algo de lo que no se conocía precedente en la historia de la edición en irlandés (aunque luego transcurrieron veinte años sin ser reeditado). O’Brien admiró An tOileánach y detestó The Islandamn de Flower. A miserably botched translation, una traducción lamentablemente chapucera, la calificó. Pero no fue tanto esto resultado de la impericia como fruto de una deliberada labor de pulido y esa plaga que se ha cernido sobre tantos traductores en todo lugar y lengua: el propósito de “embellecimiento”. Resulta que cuando se compara el original de El isleño con la versión de Flower uno se da cuenta de la inquina que éste demuestra tener a los cerdos, de los que (¿quizá teniendo en mente a la intellegentsia judía de Gran Bretaña) prescinde draconianamente. Así, por ejemplo, donde en irlandés se habla de dos cochinillos que habitaban bajo la cama de una cabaña, la mención a los guarros se omite, por poco elegante. Choca este velo de silencio sobre la cohabitación con nuestros hermanos los cerdos, que sucede en varias ocasiones en el libro. No sorprende por ello que O’Brien, por contra, llene de puercos su novela, algo no comprensible al lector de O’Criomhthain en la traducción inglesa del pulcro Flower. Ahora bien, ni siquiera la edición en irlandés que realizó An Seabhac era totalmente fiel. Un segundo editor del original le devolvió al texto algunos pasajes también expurgados, como alguna canción llena de significado amoroso (esta enmienda no la pudo conocer O’Brien, que murió en 1966, catorce años antes de que viera la luz esta edición a la que me refiero).

En 1965, a punto de morir, escribió O’Brien: “Apenas había terminado de leer este libro cuando me vi inmerso en la producción de un volumen que lo acompañara como parodia y mofa. Ahí está la prueba de la gran literatura: que una obra considerable provoque otra: así se considera que la Eneida provocó la Comedia.” Breandán Ó Conaire se ha tomado la molestia de comparar las dos obras, y el resultado es sorprendente: la gran deuda del lenguaje y del estilo. Pero también ha analizado la huella de Caisleáin Óir de “Máire”, donde aparece el motivo del primer día de colegio del protagonista.

Posmoderna en su intertextualidad, y enormemente divertida, La boca pobre es una novela deliciosa. Su comprensión y disfrute aumentan desde el conocimiento de obras anteriores como Peig, El isleño y toda la narrativa de las desoladas islas Blasket, pero la familiaridad con ellas no es indispensable para el goce, pues como obra artística es autónoma, del mismo modo que leemos con fruición las aventuras de Alonso Quijano sin tener que habernos embarcado antes en las de Amadís de Gaula o Esplandián. Otra comparación no del todo improcedente con nuestras letras: La boca pobre es un genuino esperpento irlandés, correlato del que el gallego Valle Inclán (Gleann Inclán, naturalizándolo gaélico) escribió entre nosotros. La sátira fue siempre un elemento muy presente en la tradición gaélica, desde la poesía medieval al espléndido y dieciochesco Tribunal de la medianoche. Flann O’Brien lo sabía y contribuyó al género con esta estupenda novela.

He traducido La boca pobre directamente del irlandés o gaélico, cotejando mi propia versión con la inglesa de Patrick C. Power. Más que de justicia, es obligado que aquí exprese mi agradecimiento a Teresa Merino, que me ayudó a poner en buen español esta novela; sin ella, sin sus sugerencias, La boca pobre sonaría hoy en un lenguaje asilvestrado, lleno de hibernicismos. Como los que inundan la sintaxis gaélica con palabras inglesas que puso en práctica Douglas Hyde en sus Love Songs of Connaught y Lady Gregory en su Cuchulain de Muirtheimne, así como Synge en sus obras teatrales. No he podido mantener la mayoría de juegos de palabras y retruécanos, y desde luego me ha sido imposible mantener las diferencias dialectales (el irlandés planteaba diferencias en la provincias de Munster, Connacht y Ulster, que se manifiestan en el texto, muy especialmente en su capítulo cinco).

Desde que Ó Conaire publicara su ensayo Myles na Gaeilge, los pasajes podados de La boca pobre han salido a la luz (o más bien penumbra) del estudioso especializado. Podría haber añadido a esta traducción esos párrafos, pero he preferido no hacerlo. Al fin y al cabo, más ácidamente cómico es saber, o imaginar, que había pecadillos de infidelidad y partes y funciones del cuerpo que no se podían referir en la pacata Irlanda de los años cuarenta del pasado siglo, cuando era presidente del país An Craoibhín Aoibhinn, seudónimo de Douglas Hyde, el único de los alias ridículos de los gaelicistas ausente de la lista con la que nos hace reír O’Brien.

No hay comentarios: