domingo, 27 de enero de 2008

Del Duero al Avon



Cuando en octubre del 2000 se me invitó a leer algún poema de Antonio Machado en el transcurso del homenaje que el Ayuntamiento de Sevilla y otras entidades organizaron al poeta en su ciudad natal, confieso que entre tantas excelencias no supe qué página escoger. Pensé, desde luego, en los más conocidos poemas de Machado, pero también, como es lógico, supuse que muchos de ellos, por no decir todos, serían leídos por otros participantes en la maratoniana lectura ininterrumpida de doce horas, a cargo de profesores, estudiantes, escritores, artistas, políticos y, como diría Jaime Gil de Biedma, que antepuso una cita machadiana a la edición de su propia poesía completa, “la afición en general”.

Para no repetir los versos que ya alguien pudiera haber leído repasé, pues, la obra toda de Machado, y por deformación profesional, como frecuentador de la literatura inglesa y traductor de los Sonetos de Shakespeare, me decidí por unas líneas, de las que no guardaba memoria, en las que el poeta sevillano recrea o adapta textos del de Stratford. Y como quiera que después de haber consultado una exhaustiva Bibliografía machadiana publicada con ocasión del centenario del autor de Soledades no hallé ningún estudio particular sobre el eco del bardo del Avon y del Támesis en el poeta nuestro del Guadalquivir y el Duero, y aun a riesgo de que en los treinta años transcurridos desde la aparición de la citada bibliografía se haya publicado algo al respecto, aparte del título de José Manuel González Shakespeare en la generación del 98, relación y trasiego literario, que sí he leído, enhebro aquí algunas ideas y apuntes surgidos a raíz de esa nueva lectura: Shakespeare a la luz de Machado, o viceversa, que los grandes poetas tienen siempre esa capacidad de iluminarse unos a otros.

Profesor de francés, en la poesía de Antonio Machado no faltan citas o recreaciones a partir de algún verso de poetas como Verlaine (así, el poema XCII de las Poesías completas, Espasa Calpe, Madrid, 1975, donde a partir del verso “Tournez, tournez, chevaux de bois”, Machado compone el poema que comienza “Pegasos, lindos pegasos, / caballitos de madera.”) o Ronsard (“Glosando a Ronsard y otras rimas”, de Nuevas canciones). Pero curiosamente, entre su producción final hay también dos glosas de Shakespeare, escritas dos décadas después de una libérrima recreación de otro autor de lengua inglesa (me refiero a “Nevermore”, que probablemente no parta en realidad del poema “El cuervo”, muy apreciado por Antonio Machado, del que la palabra creada por Poe es intenso estribillo, sino de un homenaje a éste que con el mismo título de “Nevermore” publicó Verlaine en Poemas saturnianos en 1866 y que Manuel Machado tradujo en un libro que se publicaría en 1908).

Con una diferencia de muy pocas páginas en las Poesías completas, y escritos seguramente en un intervalo de pocos meses, Antonio Machado adaptó hacia 1936-1937 un soneto de Shakespeare y unas líneas de Macbeth. Y ya antes había hecho alusión a Hamlet en el poema CLI de Campos de Castilla. Pero vayamos por partes.

En De un cancionero apócrifo, el poeta reunió a algo más de una docena de heterónimos, del penúltimo de los cuales, un tal Adrián Macizo, nos da una “Traducción de Shakespeare” de la que, tras los nueve versos resultantes, se apostilla: “No es exactamente eso lo que dice Shakespeare; pero léase atentamente el soneto y se verá que es esto lo que debiera decir”. El soneto en cuestión, aunque Machado no lo precise, es el CXXXVIII:


When my love swears that she is made of truth

I do believe her, though I know she lies,

That she might think me some untutored youth,

Unlearned in the world’s false subtleties.

Thus vainly thinking that she thinks me young,

Although she knows my days are past the best,

Simply I credit her false-speaking tongue;

On both sides thus is simple truth suppressed.

But wherefore says she not she is unjust?

And wherefore say not I that I am old?

O, love’s best habit is in seeming trust,

And age in love loves not to have years told.

Therefore I lie with her, and she with me,

And in our faults by lies we flattered be.


En castellano, una traducción que mantuviese el ritmo y algunos de los juegos de palabras del original, sería algo parecido a lo siguiente:


Cuando ella jura ser mi fiel doncella,

la creo —aunque conozco que me miente—,

pues piensa así que soy un joven que ignora

del mundo las sutiles falsedades.

Creyendo en vano que me juzga joven,

aunque ya sabe lejos mi esplendor,

crédito doy a su lengua mentirosa

y así ambos desechamos la verdad.

¿Por qué no dice entonces que es falsaria,

o no confieso yo que ya soy viejo?

Hábito es del amor mostrarse fiel

y querer la vejez callar sus años.

Del dicho al lecho, ambos nos mentimos

ya haciendo con halagos nuestras faltas.


Machado se fija en las tres primeras estrofas del soneto (los serventesios), transformando cada una de ellas en otra de tercetos octosilábicos que condensan al modo popular —en el arte menor que predomina en el “Cancionero”, como declara la nota— el espíritu del soneto de Shakespeare, que es a su vez, como señaló G. Blackmore Evans, reelaboración de un poema recogido en The Pilgrim’s Progress de John Bunyan y que amplifica un viejo tema ovidiano (Amores, II, xi, 53-4) que en palabras de otro insigne adaptador o traductor, Christopher Marlowe, podemos leer como “I’ll think all true, though it be feigned matter. / Mine own desires why should myself not matter?”. Uno de nuestros mejores poetas jóvenes de hoy, Juan Antonio González Iglesias, traduce el original de Ovidio: “Todo como algo cierto lo creeré, / aunque sea inventado. / ¿Por qué no habría yo de recrearme / en lo que antes estuve deseando?”. Lector temprano de Shakespeare en la traducción de Moratín, y luego frecuentador del bardo en su lengua original (como Unamuno el danés para leer a Kierkegaard, Machado aprendió el inglés y el latín para leer a Shakespeare y a Virgilio), Machado ignora, o prefiere ignorar, el pun o juego de palabras del dístico final, en el que lie no sólo tiene el sentido de mentir, sino también el de yacer. Esta es la “traducción de Shakespeare” obra de Adrián Macizo:


Mi vida, ¡cuánto te quiero!,

dijo mi amada, y mentía.

Yo también mentí: Te creo.

Te creo, dije, pensando:

así me tendrá por niño.

Mas ella sabe mis años.

Si dos mentirosos hablan,

ya es la mentira inocente;

se mienten, mas no se engañan.


El decimoquinto y último de los “Doce poetas que pudieron existir”, Manuel Espejo, como haciendo honor al apellido que Machado le otorga, refleja las tercetas de Macizo y lleva su contenido un paso más al terreno de lo popular, con esa rotundidad de cantar flamenco que, dicho sea de paso, Machado heredó de su propio padre, Antonio Machado, Demófilo, y que sembró con largueza en “Cantares y proverbios” y otras páginas conocidísimas de su obra. Ahora no son amantes los que hablan, sino un gitano al que oyó el autor del poema decir “Se miente, mas no se engaña”. Y aún añade Machado otra variante de ese cantar del apócrifo Espejo:

Cuando dos gitanos hablan,

es la mentira inocente:

se mienten y no se engañan.


El llevar la poesía más culta, en este caso Shakespeare, a lo popular, entra de lleno en la idea de Machado expresada en Juan de Mairena: “Si vais para poetas, cuidad vuestro folklore. Porque la verdadera poesía la hace el pueblo. Entendámonos: la hace alguien que no sabemos quién es, o que, en último término, podemos ignorar quién sea, sin el menor detrimento de la poesía”. Por otra parte, al verter más o menos libremente un soneto de Shakespeare, incorporándolo a su propia obra original, Machado se adelantó en la lírica española a otros poetas que también han incluido versiones de los magníficos sonetos shakespeareanos en sus libros, como es el caso de Víctor Botas, que traduce o adapta dos de ellos o, muy recientemente, Esther Giménez, la jovencísima autora de Mar de Pafos.

Machado fue siempre un gran admirador de Shakespeare. En una carta a Ramón Pérez de Ayala, escribió a éste: “sus novelas recuerdan a las comedias de Shakespeare; más, acaso, que a la novela cervantina. Cervantes fue un moderno, pero no un renacentista como Shakespeare. Vd. tiene de ambos maestros, pero acaso más del inglés que del español”. Y en una carta posterior vuelve a referirse al autor de Hamlet como “el gran emancipado de la ideología medieval y el espíritu más joven de su tiempo, más alegre y más fecundo”. Este interés por Shakespeare corre paralelo a su gusto desde muy joven por el teatro, y su germen ha de estar en el ambiente familiar. José Machado, su hermano menor, recuerda: “Casi todas las noches, sentado al lado de la madre, escuchaba la lectura del Quijote. También les leía a Shakespeare, Tolstoy, Dostoyevsky y a Carlos Dickens”.

La familiaridad de Machado con Shakespeare es grande: Juan de Mairena lo cita con facilidad, lo mismo líneas de Macbeth que de Julio César o Hamlet. De esta última obra se hace eco en la inscripción “Ser o no ser” que aparece, entre otros borradores, en una nota en el bolsillo del gabán del poeta tras su muerte, junto al famoso “Estos días azules y este sol de la infancia” y los versos de “Y te enviaré mi canción: / se canta lo que se pierde / con un papagayo verde / que la diga en tu balcón”. Y Machado, según José Manuel González, llegó a intentar traducir los sonetos CXXVII, CXXXVII además del ya mencionado CXXXVIII, del que da las dos libres versiones antedichas. El hecho de que Machado prefiriera la versión, el homenaje, el pretexto, antes que la mera traducción, tiene mucho que ver con la percepción que el poeta tuvo de la dificultad de traducir la obra shakespeareana. Oigámoslo en sus propias palabras: “Para traducir a este inglés de primera magnitud —¿Es Shakespeare inglés, o es Inglaterra shakesperiana?— tendríamos además que saber más inglés que suelen saber los ingleses y más español que sabemos los españoles del día. Os digo esto sin ánimo de menospreciar traducciones recientes, que pueden figurar entre las mejores. Más bien pretendo poner de resalto lo difícil que sería mejorarlas”. Y comparándolas con las traducciones de Shakespeare al francés, añade: “Y es que lo shakesperiano no tiene equivalencias en el genio poético francés. Acaso nosotros pudiéramos entenderlo mejor. De todos modos, no es fácil rendir poéticamente en nuestra lengua ese fondo escéptico, agnóstico, nihilista del poeta, unido a tan enorme simpatía por lo humano.”

La otra aparición de Shakespeare en la poesía de Machado, de nuevo lo culto injertado en lo popular, tiene lugar en las “Coplas” con que nuestro poeta cierra su quehacer poético. En esta ocasión se trata no de una adaptación de algún soneto, sino de unas estrofas que toman como pretexto a Macbeth para algo más profundo y no claramente visible:

Sobre la maleza

las brujas de Macbeth

danzan en corro y gritan:

¡Tú serás rey!

(Thou shalt be king, all hail!)

*

Y en el ancho llano

“me quitarán la ventura

—dice el viejo hidalgo—,

me quitarán la ventura,

no el corazón esforzado.

*

Con el sol que luce

más allá del tiempo

(¿quién ve la corona

de Macbeth sangriento?),

los encantadores

del buen caballero

bruñen los mohosos

harapos de hierro.


El acto I, escena iii, de Macbeth, se desarrolla efectivamente en una maleza (a heath). No existe sin embargo en la tragedia de Shakespeare el verso thou shalt be king, all hail que Machado pone en boca de las brujas, aunque esas palabras parecen resumir los versos 48-50, cada uno de ellos puesto en boca de una de las tres:

All hail, Macbeth! hail to thee, Thane of Glamis!

All hail, Macbeth,! hail to thee, Thane of Cawdor!

All hail, Macbeth! that shalt be king hereafter.

Nadie negará que este poema Machado, cuando se leen su segunda y tercera estrofa, merecería ser leído como una forma de ritual conmemorativo el 23 de abril de cada año, fecha en que recordamos la muerte de Shakespeare y la de Cervantes (como quiso recordar Manuel Altolaguirre en su revista 1616, que constituyó un hermoso puente entre las literaturas inglesa y española). Pues, efectivamente, al autor de Macbeth une Machado en su copla al autor del Quijote.

El “viejo hidalgo” que aparece en la segunda estrofa machadiana es por supuesto Don Quijote, cuyos “harapos de hierro” lucen “más allá del tiempo” por obra de “los encantadores”, correlato de las brujas shakespeareanas.

¿Cuál es el significado del poema? No sólo como podría pensarse la perdurabilidad del arte, que hace que Don Quijote, como Macbeth, sea una figura eterna. Y si las brujas profetizan la corona para Macbeth, los encantadores de Don Quijote (o más bien su genial locura, que le hace creer en encantadores que se cruzan en sus aventuras) darán brillo a sus mohosas armas para hacerlo personaje inolvidable de la literatura.

Pero hay más. La gran diferencia que media entre Macbeth y Don Quijote es que aquél, tras el pronóstico de las brujas, comienza un baño de sangre que no tiene equivalencia en el hidalgo manchego, cordial, de una grandeza moral ajena a las bajezas sombrías de Macbeth, y, como dice Machado, en suma, “buen caballero”. La lección de estas coplas es de una profunda ética, como no puede sorprender en Machado, pues frente al acceso al trono de Escocia del personaje de Shakespeare, conseguido con crueldades, un triunfo del que sólo queda su plasmación literaria (como dirá Machado de la victoria pírrica de Macbeth: “¿quién ve la corona / de Macbeth sangriento”?), el de Don Quijote es el triunfo del ideal: “Me quitarán la ventura, / me quitarán la ventura / no el corazón esforzado”.

No son estas glosas las únicas huellas de la presencia del autor de Hamlet en Machado. En Juan de Mairena éste escribe que los personajes de su comedia, como los shakespeareanos, han de ser “hombres y mujeres, para quienes la conversación no siempre tiene la importancia de sus monólogos y apartes. Recordad a Hamlet, a Macbeth, a tantos otros gigantes inmortales de este portentoso creador de conciencias —¿qué otra cosa más grande puede ser un poeta?—, los cuales nos dicen todo cuanto saben de sí mismo y aun nos invitan a adivinar mucho de lo que ignoran”. Unos párrafos más allá, de nuevo Mairena ensalza los monólogos y apartes, tan de Shakespeare, citando dos versos que dice Macbeth cuando decide asesinar a Duncan.

Juan de Mairena, como Abel Martín, es uno de los apócrifos de Machado. En el capítulo XXII del libro que lleva su nombre, Machado recuerda unas palabras del maestro que entran de lleno en la magistral creación de personajes que hallamos en Shakespeare, y que suscribirían Keats (a poet is the most unpoetical thing in existence — he has no identity) o Pessoa (el máximo creador de heterónimos del universo mundo): “Antes de escribir un poema —decía Mairena a sus alumnos— conviene imaginar el poeta capaz de escribirlo. Terminada nuestra labor, podemos conservar el poeta con su poema, o prescindir del poeta —como suele hacerse— y publicar el poema; o bien tirar el poema al cesto de los papeles y quedarnos con el poeta, o, por último, quedarnos sin ninguno de los dos, conservando siempre al hombre imaginativo para nuevas experiencias poéticas”. Y un poco más adelante: “Supongamos —decía Mairena— que Shakespeare, creador de tantos personajes plenamente humanos, se hubiera entretenido en imaginar el poema que cada uno de ellos pudo escribir en sus momentos de ocio, como si dijéramos, en los entreactos de sus tragedias. Es evidente que el poema de Hamlet no se parecería al de Macbeth; el de Romeo sería muy otro que el de Mercutio. Pero Shakespeare sería siempre el autor de estos poemas y el autor de los autores de estos poemas”. Para Mairena y para Machado, su creador, un poeta lleva dentro a otros poetas, y en eso, para ellos, Shakespeare no tiene parangón, hasta el punto de que una de las partes del capítulo XLV de Juan de Mairena se titula “Sobre Shakespeare”, y en ella leemos que de tener que elegir a un poeta éste sería Shakespeare, “ese gigantesco creador de conciencias”.

Lo que Mairena, el apócrifo, alaba del dramaturgo inglés no es sino esa capacidad que su creador, Machado, está precisamente ejerciendo al poner en su boca estas palabras, insuflándole vida. Con ello, no sólo justifica una opción estética; también, su propia existencia. Y a diferencia del Golem, que se revuelve contra su creador, lo hace en paz y con gratitud.


(Publicado en
El Fingidor, 31-32, 2007)

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