lunes, 28 de enero de 2008

El amor de los camaradas



Recuerdo una página de prensa que hace pocos años vino a azuzar mi jamás curada hibernofilia. La noticia era el suculento anticipo recibido por un joven escritor irlandés, Jamie O’Neill, cuya novela ―de amor que no se atreve a decir su nombre―, se desarrollaba durante las vísperas y los dramáticos días del Levantamiento de Pascua de 1916; ya se sabe, los hechos que hicieron escribir a Yeats: “Una terrible belleza ha nacido”.

No podía sospechar entonces que andando el tiempo yo mismo sería el traductor de esa obra maestra al español. Digo maestra porque, al margen de mi condición de padre adoptivo como traductor, y en consecuencia parcial a ella, en Nadan dos chicos concurren muchas circunstancias que, objetivamente, la hacen ser esa cosa tan elusiva y mágica: una gran obra literaria. Por ejemplo, un lenguaje rico, un río caudal al que afluyen materiales tan diversos como la jerga militar del Imperio Británico, el lenguaje sabrosísimo de las calles de Dublín, sus canciones, el melodioso gaélico, los ecos, las reverberaciones de los mejores autores irlandeses. También, y esto no es nada frecuente, el dibujo de unos personajes que echan a andar y se levantan de la página y nos rondan y casi podemos tocar y oler y que, desde luego, oímos a la perfección mientras hablan, laten, vibran, pues O’Neill consigue hacérnoslos reales, vivísimos, con todas sus exageraciones y defectos.

Hay algunas concomitancias entre Nadan dos chicos y la obra de Joyce: la presencia de la Torre Martello de Sandycove donde se inaugura Ulises y la playa del Forty Foot (la historia de cuyo nombre se nos cuenta como si se tratara de uno de esos poemas toponímicos medievales del Dindsenchas). El inefable Señor Mack de O’Neill, amigo de los eslóganes publicitarios y los lemas pegadizos, siempre pensando en enviar sus ocurrencias al periódico, posee algunos rasgos que nos recuerdan al Bloom de Joyce. Se trata de un tierno patán, un tendero cabeza de chorlito al que, pienso, bien le cuadra la expresión tender churl del primero de los sonetos de Shakespeare. En cuanto al estilo, abunda ese rasgo tan joyceano como es el flujo de conciencia, que, serrín o elucubraciones, se derrama directamente desde la cabeza de los personajes en la página, sin pasar por la garganta del narrador. También está ese oído dotadísimo para la reproducción de voces populares y otras estiradas, muy certero en trasmitir los acentos, las connotaciones de clase o procedencia.

Con Flann O’Brien, de cuyo At Swim-Two-Birds es un remedo el título, O’Neill comparte el gusto por el humor (rasgo que por otra parte aquél destacaría como característica primordial de Joyce). Y la alargada sombra de Wilde está presente, aparte de la inventiva y el ingenio, en un personaje crápula y que como él cumplió una pena de prisión por sodomita, Anthony MacMurrough.

Lo cual nos lleva al meollo de la trama de esta novela: una relación amistosa, que derivando en bildungsroman se trueca en amorosa, entre dos chicos, Jim, el dulce e ingenuo vástago de Mack, y Doyler, el mozo del estercolero, aprendiz de socialista e hijo de un borrachín entrañable y perillán fordiano que fue en tiempos camarada del tendero con ínfulas de grandeza. La relación entre los padres, con frases hechas y un tanto vacías como “amigo del alma”, se torna dramática realidad en los chicos, que también se hacen camaradas compartiendo el lecho, y no ya en el Ejército británico de la guerra de los bóers, sino en la resistencia irlandesa a ese mismo ejército, los rebeldes que se echaron a las calles dublinesas un lunes de Pascua Florida, trasunto y metáfora de la resurrección de su país. La libertad individual corre pareja, pues, a la de Irlanda. Y el patriotismo de los chicos se resume en una frase de Jim, “No odio a los ingleses y no sé si amo a los irlandeses. Pero lo amo a él. Ahora estoy seguro. Y él es mi patria”, que en sus labios evoca, y cómo, al “¿Mi tierra? / Mi tierra eres tú” de los “Poemas para un cuerpo” cernudianos. Tarambana bujarrón, MacMurrough tutelará esta iniciación homosexual de los muchachos, que se prometen entregarse el uno al otro esa Pascua haciendo flamear una bandera verde sobre un islote al que llegarán a nado. Su tía, Eveline MacMurrough, es una aristócrata que adopta la causa nacionalista, y en ella adivinamos a la Condesa Markiewicz y, por qué no, a la mismísima Maud Gonne adorada por Yeats.

Otros personajes históricos aparecen con su nombre, Cames Connolly, Pádraic Pearse, Roger Casement (sobre cuya posible homosexualidad ha corrido mucha tinta). Pero es esta una novela de amor contada con humor, que apela a la inteligencia y los sentimientos de todo tipo de lectores. No es una novela gay por lo mismo que no es una novela histórica. Ponerle un marbete sería cometer con ella un delito de leso reduccionismo.

Hay episodios muy cómicos, como el desvanecimiento del pederasta hermano Policarpo (Pollicabro lo llaman los chicos) o el ridículo discurso del patriótico padre Taylor (O’Táighléir, da en llamarse él, gaelicizando su nombre). Hallazgos verbales, todos los que se quieran; por ejemplo, la representación panteísta de Doyler a ojos de Jim (p. 232), tan lírica. También hay páginas muy emotivas, como la de la última reunión de los viejos camaradas, sus padres, o las del vacío que impregna el breve e intenso capítulo veintiuno a partir de la p. 775 (Nadan dos chicos es una gran novela, y no sólo por su calidad). A poco que escarbemos hallamos elementos de la tradición irlandesa, como la visión o aisling de una vieja como personificación de Irlanda, aquí una anciana feniana que a Jim se le aparece como una imagen de su madre, muerta pero imperecedera en una fotografía que su padre custodia.

Nadan dos chicos abunda en juegos de palabras y retruécanos. Emplea numerosos registros, pasa de lo bufo a lo trágico. En sus últimos capítulos hay que leerla tras un saco terrero, pues parece que a cada momento nos vaya a saltar una esquirla, con un realismo, con una narración poderosa en mi opinión muy superior a la de Una estrella llamada Henry, de Roddy Doyle, que reconstruye los mismos episodios bélicos.

Traduciéndola, siempre pensé que debía hacerlo como una totalidad, compensando con limitados logros allí donde se presentaba la oportunidad los innumerables fracasos de traducción, para los que no había solución posible. No se me ocurre mayor piropo para esta novela que decir que de algún modo toda mi vida de lector y traductor no ha sido sino una preparación, un dilatado entrenamiento para ella: cada paso dado por el Stephen’s Green, cada balazo visto en la Oficina Central de Correos, el poema del gaélico escocés Sorley Maclean sobre la ejecución de Connolly, mis quijotescos estudios de irlandés, la versión que hice de La boca pobre de O’Brien, la arrobada audición durante años de “A Nation Once Again” u “Oft in the Stilly Night”, los viajes en el DART a Dún Laoghaire (la antigua Kingstown) o a Sandycove, todo fue un curso nada acelerado, moroso, amoroso, para rescribir en español Nadan dos chicos. Catorce meses de traducción, durante los cuales conté con la inestimable ayuda de Teresa Merino, no son nada comparados con los diez años que tardó en escribirla Jamie O’Neill. Pero querría creer que a veces se parece el resultado.


(Publicado en Turia, 77-78, 2006)

2 comentarios:

The Fisher King dijo...

Antonio, estoy leyendo "Nadan dos chicos" ahora mismo, apenas me faltan cien páginas para terminarla, y ha sido una grata sorpresa encontrarme con tu blog. Quería felicitarte por tus traducciones (los "Sonetos" de Shakespeare de Renacimiento están a la izquierda de mi mesa mientras escribo) y por tus ansias celtófilas, pero sobre todo agradecerte el tesón y sabiduría que habéis conferido a la versión española de esta obra maestra. Sensacional. Un saludo y enhorabuena!

Antonio Rivero Taravillo dijo...

No sé si leerás este comentario mío al tuyo, Rey pescador de tan artúrico nombre, pero si has llegado ya al final de la novela no habrás salido ileso. Nadan dos chicos es ,efectivamente, una gran obra maestra de la narración y del lenguaje. Y precisamente mediante éstos nos emociona tanto en lo que cuenta. Uno de mis mayores orgullos como traductor es haberla vertido y haberme tenido que pelear con ella en amorosa lucha. Gracias.