lunes, 28 de enero de 2008

El bardo inagotable



Siempre se nos muestra inagotable. A pesar de los dislates de majaderos que han pretendido “mejorar” sus obras con lerdos montajes, Shakespeare se nos aparece hoy incontaminado como el primer día. Y con mayor grandeza si cabe, pues que la historia, las catástrofes, las enseñanzas de la edad, la perspectiva que no querríamos tener y nos estraga la vista y el corazón, van añadiendo matices que enriquecen sus obras, haciéndolas más universales y vigentes. Lo tenemos más que comprobado: cuanto peor interpretan los actores, es decir, cuanto más ramplonamente actúan, más prurito de interpretar en el otro sentido, el de adaptar, se apodera de los directores de escena. Los ejecutores de estos estropicios son como los fools de Shakespeare, tanto más necios cuanto creen que el bufón es el no respetable público.

Sobre Shakespeare, además de los disparates perpetrados en los escenarios, también se han escrito muchas sandeces, bastantes de las cuales, en las pasadas décadas, han procedido de esa llamada “escuela del resentimiento” puesta en evidencia por Harold Bloom. Afortunadamente, Sobre Shakespeare, de José María Álvarez, es un libro que parte del amor y el conocimiento y de una prolongada frecuentación de los textos y sus representaciones, y nada tiene que ver con esa otra propensión enfermiza y lacerante. Así nos trasmite su fervor contagioso. También por suerte se centra en la inconmensurable obra y no se pierde por el laberinto un tanto estéril del debate sobre quién fue Shakespeare, las teorías y tonterías sobre su identidad (que si Francis Bacon, que si Edward de Vere, Conde de Oxford...). Sin embargo, a la hora de hablar de los Sonetos deja al Conde de Pembroke con un palmo de narices y no duda ni por un momento de que su misterioso destinatario sea el de Southampton. Álvarez arriesga a veces, pero sus juicios (y otros de grandes escritores que convoca en estas páginas) son ponderados y siempre nos interesan, porque aúnan conocimiento e intuición. Hay algunos errores y gazapos, o llamémoslos atrevimientos, que espantarían a un catedrático de Filología pero que en un libro sugerente como éste vienen a ser cual lunares en la piel de una mujer hermosa. También Cernuda los cometió en su traducción de Troilo y Crésida, no superada por otras posteriores, más exactamente inanes y ajustadamente sosas y fielmente insípidas.

No es novedad el interés de Álvarez, poeta culto y culturalista incluido en la antología Nueve novísimos, por el bardo. Hay alusiones, citas, homenajes, en su poesía reunida, Museo de cera, una de cuyas secciones, Signifying Nothing, toma su título de esos versos de Macbeth (acto V, escena 5) de los que también se apropiaría Faulkner cuando escribió The Sound and the Fury (he aquí el nihilismo extremo de Shakespeare: la vida es “un relato contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada”). Además, la editorial Pre-Textos publicó en 1999 su traducción de los Sonetos, ejercicio un tanto extravagante a veces y libérrima versión que mezcla versos blancos de hasta veinticinco sílabas con otros que se quedan en heptasílabos rasos.

Es comprensible esta pasión, y nada insólita, aunque rara vez la habíamos hallado tan bien articulada. La devoción que demuestra en este libro altamente recomendable la comparte con otros muchos autores españoles. Otro novísimo de la antología de Castellet, Molina-Foix, ha puesto en español al bardo: Hamlet y El Mercader de Venecia (Venezia, como gusta de decir suntuosamente Álvarez). Manuel de Lope escribió la novela Shakespeare al amanecer. Muy pocos saben que Juan Ramón Jiménez tradujo los primeros treinta y cinco sonetos del inglés entre 1914 y 1915, versiones que dejaron su impronta en sus propios Sonetos espirituales, compuestos por las mismas fechas. Cernuda se refugió en Shakespeare en su exilio, y además de la de Troilo y Crésida emprendió en sus últimos años la traducción de Romeo y Julieta. Gil-Albert escribió su Valentín, un romance entre dos actores en época de Shakespeare que es un homenaje explícito a éste. Carlos Pujol y García Calvo también han vertido los sonetos, Jenaro Talens dramas, y Cirlot se estremeció con Hamlet y su encarnación en Laurence Olivier, escribiendo un poemario que llevaba por título el nombre del príncipe de Dinamarca, donde acuñó esta terrible expresión, también nihilista en grado extremo y que todos suscribiríamos: “ser y no ser”.

En la margen sur del Támesis, en Londres, se ha reconstruido “El Globo”, el teatro shakespeareano. Allí hay exposiciones y representaciones que nos aproximan al gran dramaturgo y poeta. Quizá este libro, Sobre Shakespeare, sea otra forma de entrada o localidad a ese mundo, que es también el nuestro.


(Publicado en Mercurio, 75, 2005)

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