domingo, 27 de enero de 2008

El delator



Libros del Asteroide acaba de publicar EL DELATOR , de Liam O'Flaherty, con prólogo mío. Se trata de una excelente novela. Miguel Sánchez Ostiz la reseñaba ayer en ABCD las letras y las artes.

VEINTE MONEDAS DE PLATA


Podría pasar por un relato borgeano, con unas gotas añadidas de Einstein y su estupefaciente teoría de la relatividad: un director de cine realiza tal magnífica adaptación, y un actor encarna tan magistralmente a su personaje, que ambos, por paradójico que parezca, no sólo prefiguran en la película la novela en que aquélla se basa, sino que de alguna manera consiguen que el novelista se inspire en la pantalla. Pero no es un caso nuevo, ni patrimonio de la imaginación del autor de Ficciones. Todo lector de poesía sabe, por ejemplo, que Cernuda influye en Hölderlin (es decir, que vemos mucho de Hölderlin en las traducciones que éste hizo de aquél). Así, los grandes artistas. John Ford, dirigiendo a Victor McLaglen, influye en Liam O’Flaherty, y ambos –Ford y McLaglen– modelan desde el celuloide al protagonista del libro, por lo que muy merecidamente ganarán cuatro Oscars. El delator (1935) deja su huella en El delator (1925). En blanco y negro, Gypo Nolan se sale de la pantalla y, negro sobre blanco, da forma, informa, al personaje de O’Flaherty.

The Informer no es la primera novela de O’Flaherty; sí, la más conocida, en parte gracias a la citada adaptación cinematográfica (antes hubo otra, de 1929, y luego una tercera, mucho más libre, de 1968). Como en la trilogía sobre la caballería americana de su primo Ford (parece que los dos fueron parientes lejanos), las otras novelas más célebres de O’Flaherty son la tríada compuesta por Hambre (1937), Tierra (1946) e Insurrección (1950), que juntas componen un fresco de la ajetreada historia irlandesa de los siglos XIX y XX: la gran Hambruna de hacia 1846, que diezmó la población y empujó a cientos de miles de supervivientes a emigrar a América; la lucha contra los terratenientes y por la dignidad del campesinado, encarnada en la Land League, a la que perteneció el padre del escritor; la rebelión abierta contra el dominio británico, que estalló con los sucesos que hicieron escribir a William Butler Yeats “Una terrible belleza ha nacido”.

Venido al mundo en 1896 en una aldea de la mayor de las Aran, esas islas (también ellas tríada) que miran a Galway y al Atlántico, Liam O’Flaherty aprendió el gaélico vernáculo con cierto disgusto de su padre, que lo veía, no sin razón, como un idioma que predisponía a la pobretería y la desgracia. La familia de su madre analfabeta había llegado al parvo archipiélago para construir faros, esa labor titánica que realizó también la familia paterna de Robert Louis Stevenson a lo largo del litoral de Escocia. Algunas circunstancias, detalles y vislumbres de su infancia y primera juventud podemos adivinarlos en ese gran reportaje de John M. Synge que es Las islas Aran (que ganan con el añadido de los dibujos de Jack B. Yeats, hermano del poeta), y por el documental de otro Flaherty, Robert (¿también primo de Ford?), titulado Hombre de Aran o, con permiso de los habitantes del valle pirenaico, El aranés. Del mismo islote de Inis Mór era Máirtín Ó Direáin, uno de los principales poetas gaélicos del pasado siglo, quien también reflejó en su obra distintos aspectos de la cultura local, con sus costumbres poco menos que prehistóricas. Y Breandán Ó hEithir, sobrino de O’Flaherty y autor también él respetable de libros en los dos idiomas.

El joven Liam estudió para hacerse cura pero descreyó al poco, y luego combatió en la Primera Guerra Mundial en el regimiento de los Irish Guards, al que se había alistado voluntario. Naturalmente, fue herido (¿quién que no muriera no lo fue?). Y, también naturalmente, aquello le provocó posteriormente algunas crisis nerviosas (varios protagonistas de las narraciones de O’Flaherty enloquecen, como el personaje de Mr. Gilhooley en la novela homónima, John el Pelirrojo de El alma negra o la mujer del maestro de escuela en Skerrett, una historia de infidelidad cuya trama guarda alguna semejanza con la de la película La hija de Ryan).

Nuestro autor vivió numerosos lances durante la primera parte de su longeva vida (murió en 1984). Abrazó el comunismo antes de que éste mostrara su mueca más letal, y con otros revolucionarios tomó un edificio de Dublín en 1922, donde izó la bandera roja. Participó en la Guerra Civil irlandesa, luego se fue al Brasil, y como tantos compatriotas (incluso algún escritor en gaélico, como Micí Mac Gabhann, autor de Rotha mór an tsaoil, La gran rueda del mundo) marchó más tarde a Estados Unidos, donde se ganó la vida en diferentes oficios, sin dejar de pasar por Hollywood.

Aunque en El delator no aparece propiamente el IRA, sino una espuria y genérica Revolutionary Organization (creo que con acierto, pues le da universalidad al relato), son muchos los elementos del republicanismo irlandés que se manifiestan en la novela, donde aparece un movimiento político que era una forma autóctona de socialismo nacionalista, más en la línea de James Connolly que en la del iluminado Padraic Pearse, ambos fusilados tras el fracaso del Levantamiento de Pascua de 1916. Ni que decir tiene que O’Flaherty se sintió más cerca de las ideas políticas socialistas (su hermano Tom fue un destacado sindicalista norteamericano) que de las luego promovidas por el estado conservador y católico auspiciado por Eamon de Valera. En el personaje del comandante Dan Gallagher podemos identificar, en parte, al propio O’Flaherty, al menos las ideas de su juventud probolchevique.

El republicanismo irlandés ha contado con grandes escritores en sus filas, como Máirtín Ó Cadhain o Brendan Behan, y ya se sabe que allí donde se desarrolla un movimiento de este tipo hay también delaciones, traiciones, episodios turbios, y autores, propios o ajenos, que los cuenten. Más recientemente, Leer en la oscuridad, de Seamus Deane, también encierra uno de estos sucesos, y su amigo y tocayo Seamus Heaney ha llevado a sus versos de manera escalofriante el ceremonial de algún castigo contra una supuesta traidora a la causa. De este mantillo crece igualmente el relato de Borges “Tema del traidor y el héroe”, que no es impertinente mencionar aquí. En la misma tierra húmeda y oscura han sido sepultados muchos ajusticiados en “consejos de guerra” sumarísimos como el de estas páginas de El delator.

La trama de la novela es simple y no traicionaré al lector desvelándola ni aunque me dieran las veinte libras esterlinas de 1922 ó 1923 que cobró Gypo Nolan (el equivalente de cinco meses de jornal de entonces). Pero no estará de más aportar algunas claves, llaves, que abran esas puertas de Dublín que guardarían, de no ser por aquéllas, algunos secretos para el lector. Publicada tres años después que Ulises, esta novela también se desarrolla en un único día (como otra de O’Flaherty, La casa de oro, de 1929). Pero su protagonista tiene menos que ver con el “Ciudadano”, ese nacionalista airado del capítulo XII de la novela de Joyce, que con otros descerebrados personajes del mismo O’Flaherty, al igual que Gypo Nolan brutos y gigantes. Por cierto, que como Joyce, con quien por lo demás tiene poco que ver, O’Flaherty comparte el honor de haber sido censurado en una Irlanda enferma de pacatería (aunque tuvo buenos valedores: Yeats defendió de la prohibición a su novela El puritano). En cuanto a la figura del gigante, ésta siempre ha tenido presencia en las literatura célticas, y su sombra alargada llega hasta Fionn MacCumhaill o los Mabinogion galeses.

Si la película de Ford tiene cierto aire alemán (se ha hablado de su cercanía al expresionismo), la novela de O’Flaherty, como otras de sus obras, posee un indudable sabor ruso, de arrabales de Dublín que lindan con patios traseros de San Petersburgo. O’Flaherty visitó el país de los soviets, y también él publicó su particular Retour de l’URSS en 1931 (I Went to Russia), unos años antes de que Gide hiciera lo propio. Gypo Nolan es un personaje indudablemente cercano a Dostoievski, como tantos de sus relatos cortos no pueden ocultar su parentesco con Chejov o Gogol. Maestro de la narrativa realista, cuentos de la Irlanda rural como “Bás na bó” (“La muerte de la vaca”) o “Daoine Bochta” (“Pobres gentes”, que comparte título con la primera novela de Dostoievski y con un relato de Tolstoi, al que le unen muchas más cosas) podrían perfectamente haber sido escritos con caracteres cirílicos. Me temo que uno no es capaz de hilar dos o tres frases seguidas sin colar alguna alusión a la mágica y venerable lengua gaélica. Prometo no hacerlo más en lo que queda de prólogo. Diré entonces que O’Flaherty en esta novela urbana recoge a la perfección el lenguaje de las calles y tabernas de Dublín y hace hablar a sus personajes con ese hiberno-inglés bronco imposible de verter en español: “Good God, it was awful, Gypo, out there in them hills all the winter, with me gun in me hand night an’ day” dice por ejemplo Frankie McPhilip en una de las frases menos dialectales y abstrusas. Es el tono, el sabor.

Un sabor, el de la novela, a cerveza o a whiskey peleón, entre taburetes y tarambanas, rodeado de tipos duros y chicas dulces, que lo son sólo mientras queda una moneda. Una cosa no aparece aquí: sentido del humor. Por eso, cuando se ve la adaptación de Ford, ésta parece más alemana, sin duda, y poco suya. El propio director lo sabía y lo confesó, él que arrancó tanta vis cómica a Victor McLaglen, rematada con esa traca final de su amor a Irlanda, y su humor, que es El hombre tranquilo. Pero no iba a poner una sonrisa donde no la había.

En esto, O’Flaherty ocupa un puesto medio entre los escritores irlandeses. Carece del humor de James Joyce, Flann O’Brien (cuyo apellido real era también Nolan, como el del protagonista de este libro) o Jamie O’Neill. Pero no alcanza la seriedad de, pongamos por caso, un Padraic Pearse, quien habría utilizado el símil de las veinte libras y las treinta monedas de plata de Judas para infligirnos un relato edificante de redención y catarsis cristiana. Con todo, O’Flaherty, que utilizó a Pearse en su alegoría El mártir (1933), donde una contrafigura de éste acaba crucificada sobre una colina, no pudo evitar que El delator termine en una iglesia y, mediando una absolución, un muerto caiga componiendo con sus extremidades la señal de la cruz. El sacerdote que asistió a O’Flaherty en su lecho de muerte cuenta que también éste, durante décadas anticlerical, se reconcilió antes de entregar el espíritu con la Iglesia Católica.

Eso, seguramente, sólo le concierne a su alma. Pero la traición, la culpa, nos afectan a todos. Liam O’Flaherty lo sabía, y por eso escribió esta historia universal, que no es la de un país que avanza a su independencia o la de una clase social que se emancipa, sino la de un hombre que camina a su perdición perseguido por la sombra –enorme en él, que era gigante– del remordimiento.

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