lunes, 28 de enero de 2008

El motor en marcha



Enfrentadas en otros tiempos, Inglaterra y España gozan de décadas, tal vez siglos, de paz en sus relaciones políticas. Eso quizá sea bueno para ambos reinos, para sus economías, pero no estoy seguro de que esa tibia mansedumbre sea beneficiosa para la república de las letras, para el comercio de las obras literarias. Al menos en lo que toca a nuestra patria, pues esta paz huele al triunfo, bien que pírrico, de Albión. Recuerdo cómo Cervantes fue acogido en la lengua de Shakespeare, y cuánto a través de Tobias Smollett influyó en las obras de él mismo, Defoe, Sterne... Igual con La Celestina o Lope. Nuestro Siglo de Oro dejó notable huella en las letras británicas; y si no se puede decir que en la actualidad sea perceptible una impronta siquiera de lejos parecida, sí hay que afirmar que nuestro conocimiento de las letras inglesas es hoy muy superior al que en aquellas latitudes pueda haber sobre las nuestras. Sucede, no obstante, que esto es a veces un tanto superficial, y que rara vez, al menos en poesía, nuestros escritores están bien informados de lo que allí se cuece.

En otras páginas ya hemos hablado de la singularidad de Jordi Doce, que es poeta que piensa y que por inclinación ha tendido siempre puentes entre aquella tradición, la anglosajona, y ésta otra, la nuestra en lengua española, mediante un diálogo que ha resultado siempre fructífero y gozoso. No sólo su vocación le ha llevado a ocuparse mediante la traducción, esa forma de crítica, de poetas como Tomlinson, Auster, Simic, Hughes o Hill, sino que también mediante la lectura crítica, esa otra forma de traducción, se ha empleado en descifrar las honduras de poetas como, por ejemplo, Octavio Paz y los antologados en Poesía hispánica contemporánea (en colaboración con Andrés Sánchez Robayna).

Dos libros recientes vienen a reafirmar a Doce en esta posición de faro alumbrador de orillas opuestas que un mismo mar baña. El primero de ellos, Imán y desafío: presencia del romanticismo inglés en la poesía española contemporánea, ha obtenido el IV Premio de Ensayo Casa de América. El segundo, menos explícito en su título, acaba de ver la luz en la también recién nacida Artemisa Ediciones, y bajo el epígrafe Curvas de nivel (artículos 1997-2002) recoge dos docenas de ensayos que podríamos decir, quedándonos cortos, que versan sobre literatura comparada, siendo más cierto, sin embargo, que son de más amplias miras y anchos intereses.

Pero vayamos por partes. Y advirtámoslo desde un principio. Aunque Imán y desafío nace como un libro motivado por la necesidad de labrar una carrera académica (aquí, una tesis doctoral), más allá de unos cuantos tics habituales en las publicaciones universitarias (pongo por caso la profusión de notas) se trata de un espléndido estudio, con sensibilidad de poeta, soldando intuición y conocimiento, sobre la recepción del romanticismo inglés en cuatro poetas de la talla de Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda. Poetas que, como muy bien señala Doce (y por eso se ocupa precisamente de ellos) vislumbraron las carencias de nuestra propia tradición y miraron afuera para suplirlas. Refiriéndose a la inglesa, afirma: “Para todos ellos, en mayor o menor medida, esa tradición fue a la vez un imán y un desafío, una atracción y un reto, pues les obligó a tomar distancia de los modelos heredados y revisar, siquiera en parte, los presupuestos que habían gobernado su escritura inicial”.

La recopilación Curvas de nivel se ocupa igualmente, desde diferentes ángulos, de aspectos de la literatura inglesa y de la escrita en español. El tono de esta gavilla es diverso: crónicas de corresponsal, estampas literarias, inquisiciones; la ciudad de Oxford, el páramo en torno al Haworth de las hermanas Brontë, la tradición de Guy Fawkes, el barrio de Chelsea y el carácter de extravagantes personajes impregnan estas páginas. Y Doce consigue hacernos sentir la sombra de Tolkien en un college, el olor a brezo, la excitación de descubrir King’s Road cuando se es joven, el humo de las hogueras de noviembre.

Hay otros artículos que no son estrictamente de asunto inglés, aunque nunca puedan sacudirse del todo el polen o el antiguo hollín de allí, el eco de las aves de sus prados. Escritos sobre poética, sobre la vida literaria, sobre las cartas al director, acerca de las entregas de poesía de las prensas oxonienses... Hay incluso algún texto que podría constituir el envés de un ensayo de Imán y desafío, como el titulado “Antonio Machado en Escocia”, que es a su vez la crítica de una traducción.

Particularmente recomendable considero el artículo “El baile del poeta”, donde con los ejemplos de Eliot y Hughes se discute sobre el carácter “necesario” de la buena poesía, y cómo el poeta, que no siempre puede estar aplicado a escribir poemas igualmente necesarios y buenos ha de entrenarse en “actividades desplazadas”, como la reseña, la traducción, el ensayo (actividades todas que ha realizado y realiza con solvencia el propio Doce). Esto es lo que Hughes denominaba “mantener el motor en marcha”. El caso opuesto, Doce lo señala, es el del poeta Peter Redgrove, dedicado por entero a la creación verborraica de poemas sin cuento. Sin canto también, diríamos apoyándonos en Machado y su definición del género.

Hay motores que suenan a gripados cacharros. Con prosa elegante y precisa, como en Imán y desafío, éste de Jordi Doce en Curvas de nivel, de tantísimos disciplinados caballos, suena como el mullido ronroneo de un Aston Martin por una carretera comarcal de Inglaterra. Y lo mejor es que nos lleva a bordo.


(Publicado en Clarín, 63, 2006)

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