miércoles, 30 de enero de 2008

EL MUSEO DE LAS LÁGRIMAS


Canongate, en la acera de la izquierda conforme se baja de la Royal Mile hasta el palacio de Holyrood. Bajo unos soportales, el museo de las lágrimas.

Hay muchas librerías de segunda mano por esos mundos de Dios; pocas de tanto encanto como esta de Edimburgo, donde todos los volúmenes a la venta lo son de literatura infantil. Estantería tras estantería, el adulto puede recordar aquellos libros que maltrató descuidadamente en su infancia, los mismos que hoy, emocionadamente, quiere acariciar, sabiendo que el llanto que amenaza con anegar sus mejillas brota por los años irrecuperables. Se entra allí por curiosidad, y adonde en realidad se entra es en las cámaras más remotas de la memoria y el corazón. Los libros con los que aprendimos nuestras primeras letras, sus textos y sobre todo sus dibujos, de repente libres del polvo de décadas y de las telarañas de la edad. Los cuentos con los que conocimos el hedonismo de la lectura. Los clásicos con los atravesamos el desierto de la pubertad y la primera adolescencia.

No importan los idiomas. Noddy es Hilitos, y su gorro azul es idéntico en Andalucía o en Escocia. Babar, el elefante de libros gigantescos como él mismo. Potter, Beatrix Potter, una antepasada de Harry en las preferencias de los niños, despliega toda su idílica fauna antropomórfica vestida a la moda victoriana. La rebosante magia de los cuentos de hadas. Las aventuras de los Cinco o los Siete Secretos.

La clientela de esta librería la componen personas mayores que desean recobrar la magia de lo que ya no volverá; niños hay pocos, éstos prefieren, hasta en una sociedad tan conservadora como la británica, otros personajes, libros más vistosos, las nuevas generaciones de héroes infantiles. La mujer que regenta el local no tiene caja registradora y sólo usa bolsas de papel marrón, probablemente el resto de una resma que sobró de la última guerra. Con cuidada caligrafía, los precios vienen expresados en libras, pero no se extrañaría uno de verlos reflejados también en chelines, la moneda circulante por tantos de los relatos que pueblan los anaqueles.

H. G. Wells ideó una máquina para viajar por el tiempo. Su libro, con dibujos a plumilla, está presente aquí entre tantos otros que, apelando a la sola maquinaria de los sentimientos y la memoria, devuelven la inocencia preterida. Si entre las páginas de un libro fuimos felices, qué alegría teñida de congoja no nos viene de nuevo al retomarlo.

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