lunes, 28 de enero de 2008

Elena y Eliot







T. S. Eliot ejerció una temprana influencia en Luis Cernuda cuando éste se encontraba en el exilio en la Gran Bretaña, y la huella de aquél en éste ha sido señalada por Jaime Gil de Biedma (gran lector y deudor de Eliot él mismo), Octavio Paz, Brian Hughes, Fernando Ortiz y otros. Después, numerosos poetas españoles se han acercado naturalmente a Eliot; yo destacaría, por su condición además de traductores de su obra, a Vicente Gaos, José María Valverde, Jon Juaristi, Felipe Benítez Reyes o Jordi Doce (y en Cataluña, a Marià Manent, Joan Ferraté y Àlex Susanna).

Por lo que respecta a Elena Martín Vivaldi, y aun concediendo a Enrique Molina Campos la afirmación que hace en el estudio preliminar de su poesía completa, Tiempo a la orilla, de que en la obra de nuestra poeta más que “influencias” hay que encontrar “afinidades electivas”, varias son a mi parecer las concomitancias destacadas que pueden verse, junto a alguna radical diferencia. No deja de ser curioso, con todo, que este eco haya pasado desapercibido a un estudioso como Emilio Barón, quien en su T. S. Eliot en España omite cualquier mención a la granadina (lo cual no es desdoro para el por otra parte buen trabajo de Barón, sino muestra de que lamentablemente aún Martín Vivaldi no goza del reconocimiento que merece).

Distinta es en ambos, Elena y Eliot, la voz poética: romántica en ella (con dejos de J.R.J. y Bécquer, “más que en la estela del imperante neorromanticismo garcilasista, bajo la sombra de un moderno romanticismo de raíz becqueriana”, como apunta José Gutiérrez); beligerantemente antirromántica en él, todo un adalid de la poesía metafísica, es decir, abanderada de los metaphysical poets ingleses que, como Donne, tanto fascinaron entre nosotros a José Antonio Muñoz Rojas. Eso hace que el yo sea omnipresente en Elena, hasta el punto de que llega a jugar incluso, a veces, con su propio nombre, creando un adverbio (“elenamente”) o un superlativo (“elenísima”). En cambio, la presencia del yo está muy diluida en Eliot, hasta el punto de que cuando aparece la primera persona singular en su poesía rara vez ésta encarna al Thomas Stearns Eliot real, sino más bien a una máscara poética. Recuérdese además la defensa que éste hizo de la despersonalización en poesía, argumentada en su ensayo “Tradición y talento individual”. Maestro del ventrilocuismo, T. S. Eliot encauza voces que no son la suya. De hecho, The Waste Land se iba a titular originalmente He Do the Police in Many Voices, que Valverde recuerda es “cita de un personaje dickensiano que comentaba la habilidad de alguien para leer las crónicas de sucesos de los periódicos cambiando de voz según los personajes cuyas declaraciones fueran citadas”.

También en la forma difieren. El acendrado uso de la rima y la canción, la perfección formal que deslumbra en la granadina, toda seriedad, tiene como contraste el verso habitualmente libre del angloamericano, pues cuando éste hace uso de la rima, que es también a menudo, la emplea casi siempre con intención irónica o juguetona (particularmente en los poemas de juventud recogidos en Invenciones de la liebre de marzo, en Prufrock, en las secciones de las que podó a La tierra baldía por indicación de Pound, o en sus poemas sobre gatos, que llegarían a ser el germen de un conocido musical). Aunque hay un poema de Cumplida soledad (1958), “Amanecer”, en el que tras la lectura de Eliot, y como adoptando su ejemplo, Elena nos presenta un verso blanco libre, elegantísimo y engastado de endecasílabos y alejandrinos, precursor de otros poemas suyos que vendrían.

Pero vayamos a lo que les une. Dos son los temas que nuestros poetas comparten. De un lado, la idea de lo yermo, de lo estéril, de lo malogrado, del páramo, que en cada uno de ellos aflora (mejor sería decir se mustia) por distintas crisis personales y se materializa en la visión de abril como mes terrible, en el que el interior del alma desolada contrasta con el esplendor del mundo natural. Por otro lado, y en ambos casos tras esta primera irrupción de la desolación, la preocupación por el tiempo, la reflexión sobre la coincidencia de todos los tiempos en uno, como ha quedado perfectamente plasmado en ese monumento de la poesía de la meditación que son los Cuatro Cuartetos eliotianos, de los que Muñoz Rojas ha dicho que “constituyen una de las obras más hermosas y significativas de la poesía moderna inglesa y europea”.

Vayamos por partes. La tierra baldía (1922) comienza con unos versos tremendos, muchas veces citados: Abril es el mes más cruel, engendra / lilas de la tierra muerta, mezcla / memoria y deseo, agita / pálidas raíces con lluvias de primavera. Es de suponer que Elena conociera la traducción, primera a nuestra lengua, de Ángel Flores (1930). Abril será también en la poesía de Elena una presencia incómoda, un recordatorio de su desazón interior, muy lejos del Abril de plenitud de Luis Rosales. Así, en Diario incompleto de abril (1947), donde la luz se nubla, atardece, llega el desengaño. Lo dice Elena: Abril, inquietud, anhelo / sumergido en tu color. O también: Llueve. Abril. La tierra bebe / tus lágrimas. / El dolor, / semilla en tu viento, iba / caído en mi corazón. Y en el poema “Otoño fértil” de El alma desvelada (1953) pregunta: ¿Qué me darías, Abril, si yo te diera / esta mi angustia de saber que existes, y yo sin primavera? Muchos años más tarde, todavía abril será una presencia en su obra, y motivo de angustia. “Después de abril”, de Durante este tiempo (1972), se abre con estos versos: ¡Se me fue abril! / Manos vacías, inútiles, desnudas, /ciegos los ojos de su verdad y rama, / labios sin fundamento y olvidados / de palabras de sed y lluvia y sangre.

Eliot vivó durante los años de gestación de La tierra baldía una continua crisis personal, agudizada por los desequilibrios de su primera esposa, Vivien Haigh-Wood, con la que no tendría hijos, quien llegaría a ser recluida hasta su muerte en una institución psiquiátrica. Pero además de la coincidencia en la crueldad abrileña, Elena asume su condición de erial interior (conocida es su ansiedad y frustración por no haber tenido un hijo, obsesión que cristalizará en un poemario, Materia de esperanza, de 1968). Su caso sería el contrario de la Lil que aparece en la sección II, “Una partida de ajedrez”, de La tierra baldía, quien habiendo tenido cinco hijos, quiere abortar. Viene ella misma a encarnar “La gasta floresta” o “El yermo” que de la simbología del Grial va a parar al famoso poema de Eliot, el cual retomaba el tema de un desolado reino en el que un rey postrado sólo puede revivir mediante un rito de fertilidad: ¿Alguien comprende mi dolor, la ira, / la yerma angustia de mi gris desierto? escribe Elena en “Ansiedad sin nombre”. Este poema y el siguiente de El alma desvelada, “Fuera de los cauces”, son además ilustrativos de una preocupación por el tiempo que tomará nuevo rumbo más adelante, en la estela de los Cuatro cuartetos, pero que aquí se manifiesta aún herida en la escisión entre pasado y presente. En el primero dice: No volverán las horas que pasadas, / yacen muertas, sin voz, junto a lo eterno; / nunca volverá a ser lo que entre sombras / esconde al mundo, en su caverna, el tiempo. Y en “Fuera de los cauces”, poema romántico (no en vano luce cita de Shelley), habla de los opuestos presencia/ausencia.

Es en Cumplida soledad donde Elena se acerca más a Eliot. Ya el libro se abre con unas líneas, en inglés sin traducir, de “The Dry Salvages”, la tercera sección de los Cuatro Cuartetos. En español viene a decir: un tiempo / más viejo que el tiempo de los cronómetros, más viejo / que el tiempo cantado por las ansiosas y preocupadas mujeres / que yacen despiertas, calculando el futuro, / tratando de destejer, devanar, desenmarañar / y remendar juntamente el pasado y el futuro, / entre la medianoche y la aurora. En esto antecede a Carlos Barral y a José Agustín Goytisolo, que abren sendos poemarios suyos con citas de Eliot; o a Aquilino Duque, que tituló su libro El engaño del zorzal también haciéndose eco de “Burnt Norton”. Sin duda, Elena se ve a sí misma cómo una de esas mujeres agitadas e insomnes de las que hablan los versos citados anteriormente, haciendo buenas las palabras de “Burnt Norton”: Mis palabras resuenan / así, en tu mente. Gaos tradujo los Cuatro cuartetos (1951). Éstos, pero directamente en inglés, también influirían en Cernuda; pues no sino de “Burnt Norton” procede el título Desolación de la Quimera (The loud lament of the disconsolate chimera), como el propio Cernuda admitiría. En “Soñando mis recuerdos (Cuando después se vuelve)”, Elena mezcla presente y futuro, y afirma que siempre lo que ha sido está en lo árboles, y que todo es retorno, y en “Clímax”: Alcanzada esta cima, / en mis manos la ofrenda del presente. No yerra José Gutiérrez cuando dice que los versos que abren los Cuatro cuartetos (El tiempo presente y el tiempo pasado / están tal vez ambos presentes en el tiempo futuro, / y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado. / Si todo tiempo es eternamente presente, / todo tiempo es irredimible) podrían ser el perfecto broche a la Cumplida soledad de Elena Martín Vivaldi.

Hay un soneto, el último de los Nocturnos (1981), que aun compartiendo con Eliot la reflexión sobre el tiempo, sobre el peso del pasado en el presente y la proyección de ambos en el futuro, Elena se muestra, a diferencia de él, sin el amparo de una fe que haga llevadera la división de los días y las épocas. Permítaseme aducir una soleá espléndida de Víctor Jiménez, muestra del doloroso fluir del río de Heráclito, que sólo se represa en alguien que como Eliot es consciente de la intersección entre el instante intemporal (Dios) y la corriente del Tempus fugit: Nos va separando el tiempo. / Tú siempre los mismos años / y yo los que voy cumpliendo. Elena dice: Tan lejos va el recuerdo, tan lejana / la imagen –esta noche– del pasado, / tan parece mentira lo soñado /como la realidad de fiel mañana. Y cierra el poema y el libro con este terceto: Yo quisiera creer, y ya no creo. / Allí me miro. Y era. Allí vivía. / Hoy sólo sombras luchan en mi frente.

En su evocación autobiográfica “Un día cualquiera”, recogido en el volumen Los idiomas del silencio y otros textos en prosa, tras interrogarse por el misterio de la poesía, y tras citar a Wordsworth y Valéry, Elena pone el ejemplo de Eliot, haciéndose eco de sus palabras, directamente en inglés, procedentes de un verso de la sección V de “East Coker”: “Tantas teorías. Y, la verdad, es que todos llevan algo de razón. Lo mejor lo de Eliot: For us, there is only the trying. The rest is not our business.” Y ella glosa. “Intentar, sólo esto vale; pero humildad. Hay que ser humilde”. Aún hay más puntos de encuentro entre la bibliotecaria archivera y el editor, ambos poetas, como sucede en uno de los más celebrados poemas de Elena, “Cuando se anuncia la primavera” de Cumplida soledad, donde se dice Hoy, Miércoles de Ceniza, algo que, claro, hace pensar en el eliotiano Ash Wednesday (1930). Todavía hay un eco más de Eliot en otra cita suya que utiliza ella (Oigo tu voz como el silencio / entre dos tempestades), procedente de Reunión de familia, una obra de teatro (publicada en Buenos Aires en 1953, en traducción de Rosa Chacel) que el poeta inglés escribió como un intermedio entre el primer y segundo de sus Cuatro Cuartetos.

Ya avanzada su obra, Elena aborda el tema de la ciudad, y en la sección “Las ventanas iluminadas” de Durante este tiempo hace una poesía urbana que en ciertos aspectos recuerda a la ciudad desabrida, irreal, de La tierra baldía, aunque ya sin la simultaneidad de imágenes amontonadas, casi de derribo, por las que se caracteriza el poema de Eliot.

Pero se va acabando el espacio y hay que ir cerrando el artículo. Me he entretenido en la confrontación de dos grandes poetas; valgan los párrafos anteriores no como exhaustiva indagación en sus afinidades o disparidades sino, en todo caso, como una entusiasta invitación a su lectura.

(Publicado en el suplemento especial de Ideal en el centenario de Elena Martín Vivaldi, Granada, 8.02.07).

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