domingo, 27 de enero de 2008

En la Roma de Keats y Shelley





John Keats llegó a Roma el 15 de noviembre de 1820, tras un viaje de casi dos meses que comenzó en su Inglaterra natal. Estaba muy débil, la tuberculosis se adueñaba de su cuerpo y, lo peor de todo, ya se sentía póstumo en vida, incapaz de regresar a su amada Fanny Brawne, incapaz de volver a escribir alta poesía. El doctor escocés James Clark encontró para él y John Severn, el fiel amigo que lo acompañara en su final romano, unas habitaciones en el número 26 de la plaza de España, en la segunda planta de un pequeño edificio de color rosado frecuentado por viajeros británicos, y que queda a la derecha de las escalinatas que suben a la iglesia de Trinità dei Monti. Hoy, el inmueble alberga un recoleto museo, la Keats-Shelley House, un homenaje que incluye a Percy Bysshe Shelley, otro poeta romántico inglés, muerto en Italia con un ejemplar de los poemas de Keats en el bolsillo.

En tiempos de Keats y aun después, la plaza de España, como otros lugares de Roma, era recorrida por el ganado. Gógol, que vivió en Roma de 1838 a 1842, lo menciona en alguna página de su relato Roma, una encendida declaración de amor a la ciudad. Hoy, los turistas se apiñan muy apropiadamente como rebaños en los gastados escalones de la plaza y causan el más extremo de los contrastes con el sosiego que impera en la casa de Keats, en los cientos de volúmenes de sus estanterías. La tarde que estuvimos en ella apenas vimos otro visitante por espacio de una hora, pero sí, a través de las ventanas de la estancia que ocupara el poeta, o por el ventanal del salón biblioteca, el sedente hormiguero de cientos de personas tomando el sol.

Se ha sugerido que el rumor del agua que llega de la fuente de la Barcaccia de Bernini podría haber inspirado al poeta en la elección de su célebre epitafio ("Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua"), pero lo que a mediados de diciembre de 1820 abundaba en el apartamento de la plaza de España era la sangre. Las hemorragias se sucedían, y sabiendo que le quedaba muy poca vida por delante, Keats pidió a Severn que visitara el cementerio protestante y se asegurara de que las cartas sin abrir y un mechón del cabello de Fanny Brawne se enterraran en su ataúd.

En la habitación que ocupara Keats aún se puede ver en el techo un dibujo floral, el mismo que cuando el poeta agonizaba le hizo exclamar: "¡Ya noto cómo crecen las flores sobre mí!". Cumpliendo la voluntad del poeta, el médico que lo atendió en Roma hizo que los sepultureros cubrieran de margaritas la tumba. Shelley -antes de morir ahogado en la Toscana poco después- tuvo tiempo de escribir Adonais, en recuerdo de su admirado Keats. En su prefacio describe muy bien ese lugar idílico: "El cementerio es un espacio abierto entre las ruinas, / y en invierno lo cubren violetas y margaritas. / Podría hacer que uno se enamorara de la muerte / al pensar en ser enterrado en un lugar tan grato".

En la Via del Corso tuvimos que esperar un buen rato hasta que llegó el autobús 95, que nos llevó a un particular y laico peregrinaje literario. Sabía que iba a encontrar las tumbas de Keats y Shelley, además de la de Severn. Lo que no sospechaba es que, entre apellidos hebreos o escandinavos, también daría con la tumba de un hijo de Goethe o de un nieto de Wordsworth (igualmente llamado como él, William Wordsworth), que vinieron a rendir viaje en esta inmensa estación Termini que es Roma. Ni que a un paso de la de Shelley hallaría la de un miembro de la generación beat, el neoyorquino Gregory Corso, autor de un poema titulado Cogí un manuscrito de Shelley, que es un hermoso homenaje a su vecino de tumba. Algo más a la izquierda, la lápida de Dario Bellezza, uno de los grandes poetas italianos de la segunda mitad del siglo XX.

La sepultura de Keats no luce su nombre, tan sólo unas palabras de Severn que anteceden al epitafio. Unos metros a la izquierda, en la tapia del cementerio, un medallón con su efigie y unos versos en los que se lee en acróstico su apellido. Entre cipreses y pinos, palmeras y naranjos, y con la complicidad de la hueste de gatos que por allí merodea encaramándose en pedestales, mármoles o regazos (Alberti escribió una vez: "La vieja loba madre / ha sido derrotada por los gatos"), uno puede sentarse en un banco y meditar o leer unos versos del propio Keats o de tantos que le han dedicado líneas elegíacas, como, por ejemplo, Longfellow. La muerte prematura de Keats (tenía 25 años) también está presente en la imagen de una lira a la que le faltan la mitad de sus cuerdas que, idea de Severn, adorna la lápida.

Detrás de la tumba, en un declive, se alza una pirámide no completamente al modo egipcio, sino de estrecha base en comparación con su altura. Petrarca creyó que había sido erigida para Remo, pero en realidad lo fue para el pretor Cayo Cestio. Thomas Hardy escribió un bellísimo poema sobre este Cestio y su pirámide, que hoy son más conocidos gracias a Keats y Shelley, enterrados a tan sólo unos metros de distancia.

Es uno de los cementerios más literarios y hermosos del mundo. Lejos de allí, desde la izquierda del monumento a Víctor Manuel II, y dejando que la vista se pierda por la avenida de los Foros Imperiales, la imagen mucho más conocida del Coliseo en su parte más elevada constituye el marcapáginas más grande que pueda albergar un tomo con las poesías de Poe. El Coliseo es un gran poema consagrado a estas ruinas, y tiene más de un punto en común con la célebre Canción a las ruinas de Itálica, de Rodrigo Caro, o con La retama, de Leopardi.

Cuánta literatura y vida, que es su madre, en el Coliseo. En realidad, a uno le gustaría lo que a Stendhal, apropiarse de él y no compartirlo con los cientos de visitantes que por él pululan a cualquier hora del día y hasta de la noche. ¿Tienen vida, y muerte, los personajes literarios? Si creemos en la ficción, Daisy Miller, protagonista de la homónima novela, murió por una malaria contraída en las ruinas del Coliseo, y su autor, Henry James, la hace enterrar en el cementerio protestante, junto a los restos de Keats y Shelley, "en un ángulo de la muralla de la Roma imperial, bajo los cipreses y las densas flores primaverales".


No hay comentarios: