lunes, 28 de enero de 2008

La magia necesaria



A veces, cuando me paro a reflexionar sobre qué sea la traducción, qué cualidades la adornan, intuyo que ésta, con su engranaje de equivalencias, sus mecanismos verbales, sus ruedas y agujas y pistones, es sin duda una máquina más perfecta y engrasada que la otra del tiempo que el señor H. G. Wells ideara en la Inglaterra del siglo XIX. Porque la traducción permite, con su trasiego de palabras y mercadería de sueños, pasar fronteras y siglos, movernos por el tiempo y el espacio sin abandonar por ello los nuestros propios; es decir, da licencia para que coincidan nuestras coordenadas con otras lejanas en siglos y kilómetros o, si nos ponemos poéticos, leguas y primaveras, medidas más humanas y nuestras, líricas.

Y, si más que artefacto para movernos por el tiempo y el espacio (sean la dinastía Tang o la luciente Praga del oscuro Kafka), la vemos como algo íntimo, diremos que la traducción es una magia y, para los amantes de la literatura, sin duda una magia necesaria. Que no ha de ser negra ni blanca, sino transparente. Y que permite que nos vengan brisas de otros mares, aromas distintos, auras otras, que ensanchan nuestra experiencia y sensaciones. Los traductores son magos que hacen posible lo muy difícil y en tiempos reputado como don del Espíritu Santo, el entender lenguas, y no ya ellos mismos, sino por su mediación los lectores, pues si la traducción es buena éstos se llegan a olvidar que lo que tienen ante los ojos fuera compuesto en otro idioma.

Un traductor es por ello una especie de médium que pone en contacto lo lejano y lo próximo. A veces adapta, pero lo ideal es que no aporte nada de su cosecha. Se me antoja que debería ser como el Zelig de Woody Allen, que se trasforma de continuo, o, como quería Keats del poeta, alguien que no tiene identidad, que se confunde como un éter con el aire.

En la traducción –ese comercio, como la llamara Goethe–, es mucho lo que se recibe pero también lo que se da. Valéry le dijo al traductor de su “Cementerio marino” a nuestra lengua, Jorge Guillén: “¡Me adoro en español!”. A esta magia le debemos, por ejemplo, que una de las obras en prosa más veces reeditada en galés, la arcana lengua hija del hablar del mago Merlín, sea una versión de los Sueños de Francisco de Quevedo, ese aventajado traductor de Epícteto y Séneca. O que Shakespeare se inspirara en una traducción de la Diana de Montemayor para componer Los dos caballeros de Verona, o que Kenneth Rexroth publicara traducciones de Machado, Lorca o Alberti. O que Roy Campbell pusiera en inglés rimado el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, y Seamus Heaney, también de éste, el “Cantar del alma que se huelga de conocer a Dios por fe”.

La traducción colinda con el espiritismo al convocar otras voces, en ocasiones veces de muertos, y siempre abracadabras que sólo por ella cobran significado. También es para el traductor una suerte de vampirismo que le permite revivir, aun pálidamente, lo ya experimentado por otros, absorbiendo su sustancia, su energía. Shakespeare no hay más que uno, polifacético, pero cualquier traductor dotado para el oficio puede alcanzar la ilusión de sentirse Shakespeare mientras trae a su lengua sus versos.

Cortázar, gran traductor, llegó a afirmar que Poe y Baudelaire eran un mismo escritor desdoblado en dos personas, tanto se identificó el francés con el autor americano. Difícil aspiración y encantamiento: todo traductor al mirarse en la obra que traduce debería descubrir, con horror, que ésta no es sino espejo de sí mismo.

(Publicado en el Periódico de la Feria del Libro de Sevilla, 2006)

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