lunes, 28 de enero de 2008

Nuevos versos de José Gutiérrez


LA CALMA DEL VERSO

Tras largo silencio de casi dos décadas, lejano ya el 1989 en que publicó De la renuncia, José Gutiérrez (Nigüelas, Granada, 1955) nos entrega ahora en la editorial Huerga y Fierro La tempestad serena, un poemario en el que destaca un puñado de composiciones memorables.

Muy fino seguidor de las formas clásicas, no en vano bajo la sombra tutelar de Garcilaso, Gutiérrez cultiva aquí el soneto en sus diferentes formas (a la común en nuestra tradición une la inglesa, a la que cierra un pareado) y esa rareza en la que naufragan poetas peor dotados: la sextina, de la que va generosamente servido el libro, con un total de tres muestras.

Entre un preludio y un postludio, la primera parte es el territorio de las evocaciones: aquí hallamos poemas de la memoria surcados por la emoción y la expresión más lírica, a los que asoman familiares desaparecidos, las viejas casas, los “juguetes antiguos” del poema homónimo, tan a lo Agustín de Foxá. Todo en la línea del muy explícito, y hermoso, “Al encuentro de la infancia”.

El tramo central de esta estructura trimembre corresponde a poemas más variados, en los que no falta un texto erótico en el que el cuerpo de la mujer se hace paisaje. Excelente es la celebración vitalista de “Mística de mayo”, entre loores a la naturaleza y la sensualidad, a través de las flores. El comienzo de ritual mariano católico deviene deseo y paganismo: “Venid y vamos todos; salid cautos, sin ruidos. / (El incienso flotando, la plegaria que huye, / las velas apagadas, en el altar Cupidos)”. Cierran la sección sendos cantos a la mujer y al vino, no exentos de humor (algo no frecuente en Gutiérrez): “La joven ciclista con escarpines rojos” y “La cofradía” son los títulos de estos poemas.

Más elegíaca ya, la tercera estancia de esta casa vuelve a hablar del paso del tiempo, como dice un verso de “Hacia la bruma”: “invocación al aire deshojado”. A Antonio Machado se dedica un soneto muy bien trabado, y otros poetas y compositores se citan en el quizá algo prolijo “La música indeleble”. Con cierta reserva ante su dístico final, los alejandrinos de “Puesta la vida al tablero” son, haciendo honor a la cita borgeana que los precede, una feliz fusión de temblor e inteligencia: “Olvidado el tablero, puse después la vida / al servicio del verso. Buscando mejor suerte, / quise medir mi fuerza en guerra fratricida / contra el impune tiempo: perdí. Ganó la muerte.”

Muy fértil al principio de su carrera, pero menos difundido hoy que otros poetas contemporáneos granadinos, en parte por su voluntario apartamiento, José Gutiérrez vuelve a los lectores. Esperemos que sea para quedarse.

No hay comentarios: