domingo, 27 de enero de 2008

Puertas para entrar en Dublín

En postales o pósters, sus postigos (en las literaturas célticas siempre ha aleteado la aliteración). Efectivamente, en las guías turísticas o en la realidad que la sobrepasa, Dublín se jacta de sus puertas, hermosas puertas georgianas que dan carácter a la capital de Irlanda. Verdes, azules, blancas, de colores brillantes, todas resaltan contra el gris de la piedra o el rojizo y monótono ladrillo, como abotargado rostro de beodo, de lo que están hechas muchas de sus fachadas, algunas barbadas por la hiedra.

Son puertas que dan a su pasado, a la ciudad que fue la segunda del Imperio Británico, allá por el siglo XVIII, cuando detrás de alguna de ellas Georg Friedrich Händel se aprestaba a estrenar El Mesías en una de sus iglesias; o cuando Jonathan Swift, el ideador de Gulliver (no del todo original, pues en la tradición gaélica hay otros gigantes), fue deán de la catedral de San Patricio.

Varias puertas en particular destacaría de Dublín, sacadas de ese baedeker doméstico y personalísimo del corazón que lleva su contenido por arterias que son como calles escogidas, en sístole que late con sus íntimas preferencias y devociones. No son éstas puertas de murallas (si se piensa en almenadas fortalezas, el castillo de Dublín es un poco decepcionante), sobre ellas no se pavonean blasones, no constituyen majestuosos pórticos o arcos del triunfo, sino más bien imágenes caseras, puertas cuyas bisagras ha engrasado el uso y cuya madera ha barnizado el brillo de la memoria.

A unos metros del extremo suroccidental de Stephen's Green, en la calle Harcourt, la puerta de la librería An Siopa Leabhar ofrece, tras de ella, no sólo una excelente selección de literatura en irlandés, de poca utilidad para el común de los foráneos y buena parte de los nativos, sino también una amplia muestra de títulos sobre los celtas, sobre la literatura vernácula del país, sobre las tradiciones patrias que filialmente veneramos muchas almas dispersas por todo el mundo, huérfanas adoptivas en la distancia. Además, y sobre todo, permite asistir a la transfiguración de la joven librera, por mor de unas palabras dichas en gaélico, en la más hechizante hada, sirena que nos hace, por escuchar su arrullo, casi arrollar la mesa de novedades y desbaratar el mostrador mientras ella atiende a algún cliente en su lengua de sueños, o conversa con un habitual interlocutor de su paraíso.

A unos pasos de allí, junto a la verja del Green y su puerta principal, la más cercana a la peatonal Grafton Street, siempre abarrotada, la parada del tranvía o Luas (velocidad, en irlandés). Como tantas ciudades que arrancaron los raíles, hoy Dublín ha vuelto a ellos, y en sus dos líneas, aún no conectadas, permite ir de este parque -que más que pulmón verde es corazón de la ciudad y la República- a Sandyford, en dirección sur. O de la estación Connolly a Tallaght, pasando al lado del célebre Abbey Theatre (donde se estrenaron tantas obras del Renacimiento literario irlandés) y de los tribunales de justicia de los Four Courts, ambos edificios reconstruidos, tras un incendio fortuito el uno, y después de la lluvia de bombas de la guerra civil de 1922-1923 el otro.

La ruta de Sandyford corre más o menos en paralelo a la del DART (otro tren, que no es que vaya como un dardo, como sugiere su nombre inglés, sino que ostenta el acrónimo de Dublin Area Rapid Transport) y pasa por el puerto de Dún Laoghaire y la muy recomendable villa costera de Dalkey. Las transparentes, ultramodernas y viajeras puertas del Luas son una invitación a conocer mejor los alrededores de Dublín, pero cuidado: la tarifa se incrementa según la distancia y hay un suplemento de 10 céntimos en la hora punta de la mañana, aunque no en la vespertina hora de la pinta (0,47 litros de cerveza).

El 'Libro de Kells'

De vuelta al centro, al sur de Westmoreland Street, está la puerta neoclásica del Trinity College, que una vez atravesada da a generosas praderas entre los edificios universitarios, los cuales albergan, con diversos tesoros en la Long Room, el manuscrito original del Libro de Kells. Otra puerta, la del pub The Palace, en Fleet Street, en el extremo oriental de la muy concurrida zona de Temple Bar, franquea el paso a un lugar que sirve como pocos para ese placer de beber a solas, tarea mucho más espiritosa y seria de lo que parece y a la que se suelen aplicar muchos filósofos sin título.

Al final de la barra, entre la omnipresente madera oscura de caoba, se abre un salón con asientos de cuero, cuyas paredes cubren retratos de los escritores que han frecuentado desde hace décadas el local, entre ellos el cáustico e hilarante Flann O'Brien, a quien el bar cogía muy a mano cuando iba a entregar su columna diaria en el periódico The Irish Times, que quedaba a sólo una manzana de allí. Remanso de paz en el frenético vecindario, en The Palace se guardan las formas y brillan por su ausencia las pandillas de jóvenes ingleses desbocados y con muchas tragaderas de alcohol. Por si acaso, entre las botellas de whiskey (el destilado en Irlanda se escribe así, con una e, a diferencia del de Escocia), un cartel con la leyenda "Be good or be gone", que podríamos traducir, no siendo infieles a la semántica ni al título de este artículo, como "O te comportas, o a la calle".

La de The Palace tiene además la particularidad de no estar guardada por esos rapados cerberos (o cerebros) que hoy se apostan a la entrada de tantísimos bares dublineses y han metamorfoseado el aspecto de sus calles. En los últimos años se ha importado y ya es habitual lo que en otros países se conoce como porteros de discoteca, que en este caso hacen guardia a la puerta de las tabernas de siempre (donde nunca se han necesitado), ahora junto a los fumadores expulsados unos minutos para exhalar sus señales de humo.

Pero la ciudad del río Liffey ha cambiado enormemente en tiempos recientes. Antaño, los porterosdieron su nombre a la modalidad de cerveza negra, muy popular entre ellos, de la que es máxima representante la Guinness. Porter se la llama, rememorando aquella antigua afición de los porteros.

Otra puerta preferida, para mí al menos, es la del hotel Longfields, en la calle Fitz William Lower. Se trata de un hotel de pequeño tamaño, en el corazón georgiano de la ciudad, en el que todos los detalles -telas, muebles, atención- conspiran para hacer que el huésped se sienta, remontando el tiempo, como uno de los personajes más acomodados de Dublineses. Y, desde luego, junto a su chimenea uno querría celebrar una cena de Navidad amenizada por arias de un tenor que escorase su repertorio hacia los aires populares, y llorar, qué digo llorar, arrasarse de lágrimas los ojos escuchando una y mil veces The lass of Aughrim, la canción que en Los muertos cantaba a Gretta el desdichado Michael Furey en un Galway punzado por la lluvia.

Liam Neeson

Es el Longfields un hotel del que uno guarda gratísimos recuerdos: el ir y venir junto a su puerta de ese mozarrón, Liam Neeson, el verano que por allí lo vimos cuando rodaba la película Michael Collins; la inspección y desciframiento en uno de sus volúmenes de segunda mano, aún impresos en el antiguo alfabeto gaélico, casi de amanuense, adquiridos en Nassau Street; la brisa que venía del Grand Canal, tan cercano, y declamaba versos acuáticos de Patrick Kavanagh, en bronce sobre su banco preferido. El restaurante, en el sótano, es uno de los más celebrados de la ciudad. Y aunque nunca haya cenado en él, sí que he desayunado en sus mesas, leyendo como un nativo más las enigmáticas páginas de las carreras de caballos, o sobre el hurling o el fútbol gaélico.

A un tiro de piedra, las otras puertas de Merrion Square, muchas de ellas condecoradas con ovaladas placas azules, que señalan que en ellas habitaron famosos personajes. Y a un tiro de fusil, los escenarios del levantamiento de Pascua de 1916, que han vuelto a revivir en la magistral novela de Jamie O'Neill Nadan dos chicos, ese otro hotel exclusivo y recién remozado, el Shelbourne, con sus ventanas al Green desde las que silbaban las balas; el Colegio de Médicos, hoy desaparecido; el parque ayer barrido por el fuego de las ametralladoras y su hojarasca húmeda hoy por algún inmigrante polaco de los muchos que se han asentado en la ciudad...

O'Neill debe mucho a O'Brien, y ambos, a Joyce. En la menos frecuentada parte norte de la ciudad, en North Great George Street, se ubica el James Joyce Centre, un lugar que junto con la famosa torre Martello de Sandycove guarda multitud de recuerdos de y sobre el autor de Ulises. Aquí se conserva la puerta genuina del número 7 de Eccles Street, domicilio en la ficción de Leopold y Molly Bloom, un edificio hoy demolido y sobre el que vino a levantarse el Mater Hospital. Es una puerta con ajetreada historia, pues antes estuvo en el también desaparecido pub Bailey, de Duke Street.

Otras puertas cuyas bisagras giran sobre la literatura son la del 30 de Kildare Street, donde residió Bram Stoker, autor de Drácula; o el 82 de Merrion Square, que Yeats compró cuando fue nombrado senador; o la del 21 de Westland Row, donde nació Wilde. También, por qué no, la Saint James Gate, sobre la que se ha levantado una torre panorámica desde la que -¿homenaje a Swift?- la ciudad se hace liliputiense.

Con todo, lo mejor de Dublín es que ella misma es puerta de Irlanda: que desde las carreteras que nacen de ella se llega a los condados, donde el país se ensancha y guarda sus mejores tesoros en forma de acantilados, como los de Moher; de lagos moteados de pequeñas islas, como la de Innisfree; de valles donde hubo monasterios, como Glendalough; de aldeas donde uno desearía estar censado, como Cong; de restos megalíticos a los que llevar a una amada, como los de Newgrange; de extrañas formaciones geológicas como la Calzada del Gigante, en el litoral de Antrim...

Ah, puertas de Dublín. De par en par, Irlanda nos espera.

(El viajero, suplemento de El País, 3-3-2007)

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