lunes, 28 de enero de 2008

Salmón y elefante

(RECUERDO DE VICENTE TORTAJADA)

No lo traté, pero llegué a conocerlo, y lo respeté y leí. Primero sus versiones de los Sonetos de Crimea; luego, de obra corta e intensa, casi todo lo suyo. Más tarde, en sus últimos años, lo veía a veces con temor, heraldo del elefante que él mismo podía llegar a ser en la cacharrería de los volúmenes de la planta baja o en las presentaciones del auditorio de la librería. Pues algunas tardes, especialmente los martes después de la tertulia en Robles, venía escoltado por sus inseparables Pepe Serrallé y Manuel Gregorio González, algo achispados los tres (¿pues no que decían que habían tomado unos fantas?), y barritaba con esa voz suya casi del Génesis interrumpiendo la presentación que en aquel momento tuviera lugar en la sala de actividades de la cuarta planta. Colindando ésta con la azotea, era como si entrara una corriente de aire limpio, fresco, respirable; o, mudando la temperatura, inversamente, como si brotara un géiser cordial frente a lo gélido de un acto quizá ampuloso, de intervenciones frías, huecas. Otras veces acudía a jalear a los amigos, no con menos sorna y estrépito, si eran Alfredo Valenzuela o Fernando Iwasaki los que ocupaban la mesa.

Lucía Cobos y Nuria Lupiáñez, o Ignacio Garmendia, intendentes de las actividades, temían tanto la llegada de Vicente como yo mismo, alerta. Quiero decir que agradecían, celebrábamos su llegada. Agradecían, celebrábamos la vida del salmón que nada contra corriente y no se rinde y se sacude, y lucha contra ese garfio ruin y mortal que lo ha prendido y no lo suelta. En mi literatura irlandesa antemedieval (uno quisiera vivir en un códice miniado), a ese gesto, el denuedo y la valentía de los campeones, se le llamaba, vinculándolo al del salmón, el salto de los héroes.

El salto de Vicente, sólo en apariencia inmóvil en su asiento. Un salto desde su silla de ruedas y por su voz chistosa, presta a la chanza o al deslumbramiento. Abajo, en la mesa de novedades, Flor de cananas, su novela rojinegra y anarquista, obra de ese escritor que sólo se sometía a la jerarquía de la libertad. O Azahar y vitriolo, título que era espejo de su alma.

Secretario de ayuntamiento, como Cernuda quiso alguna vez ser, engañando a su entraña, Vicente Tortajada era sabedor de digestos y recursos administrativos, licitaciones y embargos. Pamplinas todas ellas para llenar el estómago. Jurisconsulto de la poesía, sí fue. Magistrado y notario y abogado del verso y de la risa.

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