miércoles, 30 de enero de 2008

Sólo palabras



En los últimos meses han sucedido algunas cosas importantes. Sin ir más lejos, la exposición que dedicada a W. B. Yeats se inauguró en mayo en la Biblioteca Nacional de Irlanda.

¿No es hermoso que la biblioteca de la que se ha sido usuario le homenajee a uno? Esto ya había ocurrido en el mismo lugar con Joyce, quien recientemente, con motivo del centenario del Bloomsday, fue protagonista de una de las mejores exposiciones literarias que recuerdan los siglos. Hubo ahí además una doble justicia, pues uno de los capítulos de Ulises se desarrolla en esa misma biblioteca.

Yeats fue un poeta ineludible y mágico que frecuentó igual el discurso sobre las responsabilidades del creador que el numen visionario que persigue a éste, y que a él, desde los días de la Golden Dawn hasta la postrera convivencia con su mediúmnica esposa, no le dio tregua.

Al poeta, epítome del amor no correspondido, le hubiera satisfecho más adentrarse por otras visiones: las del cuerpo de su amada Maud Gonne, que nunca llegó a desvestirse para él. Pero esa frustración da alas a muchos de sus mejores poemas. Hay uno de 1913 en que, dirigiéndose a sus antepasados, se queja de que esa pasión estéril le haya impedido formar una familia, ya a los cuarenta y nueve años de su edad. Y ante la laboriosidad y el valor heroico de sus antecesores no puede oponer, añadir, más que un magro tesoro que ha ido amasando con los años: sólo palabras.

Tanto nos dejó. Y gracias a ellas recordamos su linaje de clérigos y mercaderes, por él hoy rescatados de la nada.


(Publicado en Mercurio, 83, 2006)

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