miércoles, 30 de enero de 2008

Un lugar que ya no existe


UN LUGAR QUE YA NO EXISTE


Siempre, desde que comenzó a salir al extranjero, ha cultivado uno esa forma suprema de turismo cultural, y aún más, hedonista, que es la de visitar librerías. No las de libro viejo o de segunda mano en bocacalles estrechas, que también a veces, sino las librerías de primera, a mano en las grandes avenidas y centros de las ciudades, en las que conviven los últimos lanzamientos y los títulos de fondo. Los Waterstones o antes los Dillons en el Reino Unido, la gran Hodges Figgis de Dublín, los Barnes and Noble o Borders de Nueva York. Lugares de los que uno se enamora y entre cuyos senos y rincones, sobre la piel de su moqueta, querría perderse en tardes de lluvia inacabable.

A la ciudad de los rascacielos (este epíteto parece hoy más que nunca una fórmula homérica, la fosilización de un sintagma que alude a una realidad que, en parte, dejó de existir) llegué con anotaciones tomadas de los diarios o libros de viaje de José Luis García Martín o Martín López-Vega, o de esa rememoranza de su estancia neoyorquina a la que José María Conget tituló Cincuenta y tres y octava, coyuntura donde quedaba su domicilio (rebajando un grado, pues todavía hay clases, la semana que yo pasé en Nueva York me alojé en un hotel que se alza entre la calle cincuenta y dos y la séptima avenida). En esas páginas, las menciones a varias sucursales de Barnes and Noble o a la pequeña Librería Francesa del Rockefeller Center. No recuerdo ahora si también a una de mis predilectas: la librería de la cadena Borders en los bajos del World Trade Center.

Quizá no era una de esas librerías que cierran a las tantas de la noche, oasis en el desierto de la soledad urbana, pero sí, probablemente, la que más temprano abría sus puertas por la mañana. Uno no conoce muchas tiendas que abran a las siete, cuando aún es de noche, y este Borders, al lado de La Bolsa y al pie de tantas oficinas y bancos, permitía la compra de un volumen antes de entrar en el trabajo, tomar una taza de café y un rosco mientras se hojeaba un periódico de cualquier parte del mundo adquirido en el mismo establecimiento, o el primer flirteo del día con la secretaria de una compañía de la competencia cuyo despacho quedaba setenta y dos plantas arriba.

Muchos estantes estaban consagrados a la literatura afroamericana o a la de gays y lesbianas, géneros de gran éxito en un país en el que toda minoría tiene su hueco y, sobre todo, su mercado. Y no era escasa la oferta de títulos en español, no pocos de los cuales editados directamente en los Estados Unidos. García Márquez e Isabel Allende, además de muchos otros para mí desconocidos, tenían allí sus obras a disposición de la gran cantidad de hispanos que, a lo que parece, está haciendo de nuestra lengua la segunda más empleada en Nueva York. No recuerdo muchos ejemplares de poesía (ni siquiera me viene a la memoria que estuviese Poeta en Nueva York, del que Francisco Correal entresacó en un artículo unos escalofriantes versos que, leídos hoy, parecen oscuramente proféticos, y mucho más certeros sin duda que cualquiera de las cuartetas de Nostradamus).

No creo que tampoco hubiese libro alguno de Pedro Salinas, lo cual no es sorprendente en Norteamérica. Pero sí pasma, deja atónito y con escalofríos la relectura de su poema “Cero”, que, escrito tras el lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, es perfectamente aplicable a la hecatombe sufrida por los ocupantes de los edificios en los que se asentaba Borders, y mucho más actual y gráfico que los versos de García Lorca. La tarde del once de septiembre de dos mil uno, todos asistimos estupefactos a algo que interrumpía de súbito la vida de tres millares y medio de personas. El poema de Salinas es como una instantánea terrible de esa tragedia caída del cielo. Lo encabezan dos citas, de Francisco de Quevedo la una, la otra de Antonio Machado. Dice la primera:


Y esa Nada, ha causado muchos llantos,

Y Nada fue instrumento de la Muerte,

Y Nada vino a ser muerte de tantos.

Y la segunda:

Ya maduró un nuevo cero

Que tendrá su devoción.


Y después, Salinas dibuja su visión de la hecatombe, con palabras que entonces eran testimonio y son hoy profecía. No sé si alguien las habrá traducido al inglés, pero aquí están en nuestra lengua, como un escalpelo inquieto en la conciencia:


El cero cae sobre ellas.

Ya no las veo, a las muchas,

las bellísimas, deshechas,

en esa desgarradora

unidad que las confunde,

en la nada, en la escombrera;

por el escombro busco yo a mis muertos;

más me duele su ser tan invisibles.

Nadie los ve, lo que se ve son formas

truncas; prodigios eran, singulares,

que retornan, vencidos, a su piedra.


No en vano se llamó a la zona de la catástrofe Zona Cero. El poema de Pedro Salinas es, al revés de lo que esperamos de esos mensajes interestelares que nos han de dar fe de la vida que hubo en otros planetas en un ayer remoto, un mensaje enviado hace tiempo que nos habla de hoy; y no de vida extraterrestre, sino de la muerte en la Tierra.


(Publicado en Turia, 65, 2003)

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