domingo, 27 de enero de 2008

Vagabundo en Venecia








El agua, ya se sabe, es la gran claustrofóbica, la asfixiada, la que se ahoga siempre –también ella–, buscando la salida. No es nada caprichoso su andar si se tiene en cuenta la topografía, pues basta un centímetro, desequilibrio tan simple, para que por la pendiente se abra camino sin entender de límites. Por eso las calles de Venecia, traslación de corrientes de agua en otros tiempos, de riachuelos y arroyos, trazan ese complejo dibujo laberíntico, casi de intestino que se retuerce sobre sí mismo con una longitud que no se adivina por lo externo. Alambique de alquimia que hace que las ruinas y los desechos que la bañan sean, un lingote apilado sobre otro, ciudad de una hermosura extraordinaria húmeda y escurridiza. Querríamos la belleza de su agua en nuestras manos, pero se escapa, pues sabemos que no podremos decir nada que mínimamente la retenga. Lo dijo Gimferrer, precisamente en “Oda a Venecia ante el mar de los teatros”: “Tiene el mar su mecánica como el amor sus símbolos.”

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Allá el protagonista de Muerte en Venecia con sus gustos efébicos. El peligro carnal de Venecia, para uno, es otro. Cuidado con las jóvenes americanas. El cóctel que se mezcla en ellas, en el contoneo de su piel de melocotón por las calles, encierra más peligro que el célebre Bellini: abundante vino della casa a precio asequible mezclado con unas gotas de romanticismo y una festiva cáscara de Hemingway, el mareo de zigzaguear por entre los canales, subiendo y bajando puentes (es decir, moviendo las ingles), y, sobre todo, esa medida imperiosamente embriagadora: hallarse a diez mil kilómetros de su hogar, lo que hace que se sientan, por contraste, muy cerca de cada varón que pasa, al que endilgan Scusse, Ciao, y Buona sera sin cuento, ebrias, esperando contestaciones o silencios de besos y gemidos.

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El laberinto siempre renovado de Venecia es tal que aparte de la cantidad de callejones y pasajes estrechísimos que la cruzan, negando a cada instante el famoso tutto diritto con que los venecianos desorientan al ser preguntados por una dirección, las ratas, orondas ratas siempre en carnaval (muchas disfrazadas de castores, y las más abultadas de oseznos) hacen que cuando uno va con su chica –tarareando para sí el “Venecia sin ti” de Aznavour, ante la visión de las mentadas súcubas americanas– tenga que ir improvisando el recorrido evitando calles, muelles, rive, rami, sólo porque los roedores, salteadores de caminos, interrumpen a la carrera el paso y la vista sobresaltada de ella, queriendo cobrar el peaje de su miedo. La ciudad se hace entonces aún más laberinto, con los rodeos que hay que dar. Y es que contra lo que quiere el tópico y la imagen idealizada, hoy no se ven tantos gatos en Venecia (ya se deshicieron de ellos una vez, y la Peste Negra se relamió los dedos).

Recuerdo que una vez Fellini, cuando filmaba Casanova, para rodar una imagen en los canales mandó que echaran doscientas ratas al agua. ¡Un momento!, gritó cuando vio que la mitad de ellas eran blancas. Píntenlas de gris oscuro, ordenó, siempre amante del detalle.

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No es la literatura de viajes ciencia exacta: linda con la psicología y con la hipnosis, y es más dada a ser escrita sobre un cuaderno preferiblemente rígido, apoyado sobre cansadas rodillas, que sobre el flamante ordenador portátil, auténtico reloj de arena cuyo contenido corre, huye, bajo la forma de batería de litio que impone una prisa ajena al demorado deambular del flâneur, el paseante. Es además el cuaderno, que puede ser el prestigiado Moleskine de Hemingway, apoyado sobre la barra del famoso pero casi clandestino Harry’s Bar (que carece de rótulo), mucho más dotado para la crónica del viaje y los paseos erráticos, pues que su inscripción se asemeja –con sus tachaduras y enmiendas, los añadidos, las flechas, las líneas apretadas o los huecos– al vagar y el perderse, a esa carrera dada a última hora cuando uno se arriesga a perder el tren, al pasadizo, al atajo. Todo lo que la computadora niega en su igual y avasalladora pantalla plana.

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Reloj de arena, no; el tiempo de Venecia se mide en la clepsidra.

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Las tumbas de Pound y Rudge, una junto a la otra en el Recinto Evangélico o Protestante del cementerio de San Michele, la isla de los muertos: pequeñas lápidas casi tapadas por un macizo de arbustos y hiedra, tierna y verde de abril, en la parte izquierda de la explanada. Sólo sus nombres, con letra romana y sin fecha, buscando la eternidad que ya poseen mientras duren la literatura y la música. Olga Rudge fue la amante –fidelísima más que una esposa– de Pound durante medio siglo, y con él en Rapallo o aquí en Venecia compartió la aventura de los Cantos, que es tanto como decir de su vida. El último le está dedicado en uno de los homenajes más emocionantes de la poesía moderna. Ella fue la violinista que desempolvó la obra del compositor de la iglesia de la Piedad, Antonio Vivaldi. Buscando en archivos y tocándolas luego, Rudge dio con –mejor decir nos dio– más de trescientas obras del músico. En cuanto a Pound, vino a poner patas arriba la poesía en lengua inglesa, a la que trajo como especias preciadas y aromantísimas, tal nuevo Marco Polo (éste el Milion, aquél il migglior fabbro), temas y formas provenzales, chinos, italianos, la adustez del Cantar de Mío Cid (de ahí el título de su obra en marcha), la delicadeza del teatro Nô japonés.

Los dos –Olga, Ezra– vivieron en la modesta casa de la Calle Querini en Dorsoduro, a no muchos pasos de la iglesia de la Salud y de la Dogana del Mar. Impresionantes las fotos del poeta de cana barba y casi melena, con chaqueta de tweed y sombrero, en una góndola, al final de sus días. Durante la larga temporada de su silencio, lo que él llamó Tempus tacendi. Como el callejón sin salida donde habitó, que termina en la reja de un jardín privado, como tantos otros apenas atisbados en Venecia.

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Lo expresó muy bien Antonio Colinas en “Encuentro con Ezra Pound”, cuando habló “del rosado enfermizo de los muros.” De rosas ajadas y que ya huelen a descomposición, desconchones como pétalos que caen. La Venecia que he llegado a preferir es la de los canales menores, el Rio de san Trovaso, el de san Giacomo dell’Orio, el de San Marcuola, el de Santa Caterina... Ocres, rojizos, gules, bayos, arreboles, rucios... Y también el oro interior de las teselas. Foxá dijo de la maravilla dorada de San Marcos que es como entrar en un misal, en una inicial benedictina hecha arquitectura.

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Los alojamientos venecianos pueden preciarse de haber albergado a ejércitos de escritores, compositores, artistas (más la legión de émulos correspondientes), cuyos nombres vienen a dar a sus habitaciones vistas culturales, rooms with a view sobre sus páginas. Y de ese preciarse, estos precios. Los más afortunados, no necesariamente más ricos, tendieron sus huesos en camas de palacios o en villas cercanas del continente. Pound y Hemingway lo hicieron en la Mocenigo-Biaggini-Ivancich; Browning en el Palazzo Barbaro y en el Ca’ Rezzonico, que llegó a ser propiedad de su hijo, antes de ser enterrado por breve tiempo en San Michele y luego sepultado en Westminster; Monet, en el mismo Barbaro, como James, quien utilizó el lugar como escenario para su novela Las alas de la paloma; Ruskin en el Palazzo Gritti y en el Hotel Danieli cuando redactaba Las piedras de Venecia, o en La Calcina, con su restaurante que se mece sobre las olas en un muelle de Le Zattere; en Ca’ Mocenigo reposaba Byron cuando no nadaba hasta el Lido; Chaikovski lo hizo en el Londra Palace, donde compuso su Cuarta Sinfonía; Alma Mahler en una casa hoy convertida en encantador hotelito, llamado Oltre il Giardino por razón de su jardín tan escondido como delicioso, allá por donde Ai Frari.

Ramón Gaya, que se sintió transformado en Venecia, se alojó en el Albergo Rialto, sobre el Gran Canal. Con sensibilidad de pintor y de poeta, Gaya distingue, entre las Venecias posibles, dos al menos: de un lado, una fantasmal y vítrea, transparente, que fue muy bien vista por Turner, y otra más carnosa, corpórea, realista, que también percibió Tiziano. Y se pregunta si no será preciso elegir entre una y otra. Brodsky escogió la primera. Pintó Gaya homenajes a Carpaccio y Tiziano, apuntes sobre Bellini, figuras de viandantes y palomas en la Piazza San Marco, gouaches en los que aparece la Riva dei Schiavonni o el Canal visto desde su cuarto, dibujos en pastel con gondoleros, un óleo del Palacio Ducal... Me pasa con él como con Brodsky, que prefiero leerlo en italiano cuando habla de Venecia: parece así que el texto transpira su verdadero aroma y ensueño. El museo a él dedicado en Murcia publicó hace años su Diario de un Pittore (1952-1953), cuando de México (Messico en aquel libro) fue a Venecia, a Florencia, a París... Allí, en las páginas del diario o en las cartas que escribió a Tomás Segovia nos habla de la luz única del Adriático, que ya cautivara a Corpus Barga. ¿Y a quién no? Rece el viajero que va a Venecia por el tiempo inestable y que le acompañe la suerte de ver en los días de su estancia el catálogo (mejor, la paleta) de colores venecianos en el cielo y el agua, en la lluvia y tras ella, las sutiles gradaciones del diafragma.

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La ciudad de alzó sobre millones de estacas, cimientos de las casas que son (aquí se ve otra lección de Marco Polo) la acupuntura más exquisita de cuantas haya, que sosiega el alma y la cura. O la envenena de melancolía. Acuapuntura, acuapintura, quiero decir.

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Pasear por la noche, sin nadie, asaeteado por la belleza del día y sin descansar aún de ella, por las calles del Ghetto y sus pequeños rascacielos de otros siglos, con judíos ortodoxos de bonete negro e hilachas blancas en mechinales tristes abiertos a la calle, con olor a comida kosher y ropones tendidos. Y dejando el barrio, recorrer los canales desiertos de Cannaregio: el Rio di San Girolamo y el de la Misericordia, el de la Sensa y el de San Alvise: presumir, bípedos, aunque no muy rectos por efecto del prosecco, ante nuestros antepasados los peces.

Cazador de patos en la laguna, Hemingway, que vivió en Torcello y Cortina, se inspiró en una joven aristócrata veneciana, Adriana Ivancich, para la protagonista de su novela A través del río y entre los árboles. Fue Adriana quien ilustró la cubierta del libro, un apelotonamiento de cúpulas de San Marcos, puente, góndola y campanile (Campi e campanili sería un buen título sobre Venecia). Luego haría lo mismo con su siguiente obra, El viejo y el mar.

Y hablando de bebedores. Casi nadie recuerda, cuando se trata de enumerar los textos literarios inspirados por Venecia, la aparición rutilante de ésta en Retorno a Brideshead, donde Charles y Sebastian acuden a la casa de éste en la ciudad, en la que pasan dos semanas espléndidas. En esa novela sobre la redención y el alcoholismo, Sebastian es de esos tipos capaces de beberse, así fueran de vino, todos los ríos de Venecia. O los aljibes muy capaces suyos, cuyos pozos asoman como un ombliguillo labrado en los vientres de sus campi, escotillas de ese sumergible hermosísimo que es Venecia bajo la marea alta.

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Es curioso que ciudad tan fastuosa como ésta aprobara hace siglos una leyes suntuarias que prohibían el ornato de las góndolas, a las que se sólo se dejaba –así hasta hoy– el color negro como la pez y los dos caballitos dorados a mitad de sus bordas. Andrés Trapiello escribió algo ingenioso y ramoniano sobre ellas: “Las góndolas han sabido conservar la fragilidad del violín. De hecho parecen haber sido concebidas para pasear a las parejas en su luna de miel a la luz de la luna, mientras alguien hace sonar un violín y bajan las golondrinas, con su negro-góndola, a mojarse el ombligo en la laguna. Las gondolondrinas.” Siempre son caras las góndolas (ya lo dice Pound, que en el Canto III confiesa que se tuvo que quedar sentado en los escalones de la Dogana, “pues las góndolas costaban demasiado”). Más baratos, o gratuitos para el que se atreva a ello, efímero polizón sin aventuras, son los vaporetti, siempre atestados de turistas para incomodo de lugareños que ya no saben cómo hacer para conseguir no ya asiento, sino la mera superficie en que posar las plantas de sus pies y los paquetes con sus compras. Los más preocupados mandan a Il Gazzettino cartas al director proponiendo soluciones pintorescas. Todo en Venecia discurre sobre el agua: las lanchas de pompas fúnebres, rumbo a San Michele, con el cortejo del sepelio despidiendo al muerto en alguna riva o fondamenta; las falúas con todas las mercancías imaginables; gabarras de Coca-Cola; barcazas de agencias de paquetería o mensajería urgente, fuerabordas de la policía o ambulancias.

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No fue Brodsky el único en quedar fascinado por la fría, húmeda ciudad de la laguna en el invierno. Igual le sucedió a Cardarelli y a muchos otros, cautivos por la estación final, la quarta stagione. Cuando las góndolas desaparecen, como las golondrinas.

Morand escribió Venecias a los ochenta y tres años, una edad muy apropiada para hablar de la vieja ciudad en la que tanto pesan los siglos, que con lento cortejo la van hundiendo en el abrazo, con su amorosa carga. Símbolo de ellos son las chimeneas cónicas venecianas, plomadas que afianzan su hundimiento. Ciudad para melancólicos, viejos, los que acaban. Los terminales. Lugar para el finar y el acabóse, puesta la mirada en la laguna Estigia, ideal escenario para el acto final. Ave, Venecia, los que van a morir te saludan. Brodsky, con su cardiopatía (a fin de cuentas un problema de irrigación y de canales atascados, un desorden de mareas). Como Wagner, enfermo del corazón. Ambos muertos en el invierno en la laguna.

Escuchamos a Venecia como a una señora mayor que nos habla de mundos que fueron, ya decrépita, en la que adivinamos sin embargo la antigua lozanía y sobre ella, impuesta, la magia novedosa del relato. A él se asoman el lotero y seductor Casanova, la Albertine de En busca del tiempo perdido, los pasos de Chautebriand o los de Goethe.

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No llega tan arriba el agua nunca, claro. Pero en lo alto de los edificios, las altane son balsas sobre el cielo de Venecia, cruce de azotea y palafito, de apeadero de brujas y cadalso. Ya no se ven en ellas damas nobles aclarándose el pelo.

Después de varias copas de spritz, a uno se le dispara la imaginación, y piensa en la altana que tiene a la vista como en un trampolín desde el que arrojarse, es decir, desde el que estrellarse de cabeza en las aguas poco profundas de un canal secundario. Todo para que lo lleven al hospital con entrada más bella del mundo: el Ospedale Civile al que se accede por la Scuola di San Marco, en el Campo de los Santos Giovanni y Paolo. Blanco a juego con su blanco, sería dicha salir escayolado bajo su mármol renacentista, dejar atrás la estatua del condottiere Colleoni, el Colleone, y tomar la calle Le Barbaria delle Tole para acudir, definitivamente trastornado, a tertulia con Henri de Régnier o Morand, de alma presente ambos, en la pequeña librería francesa casi íntegramente dedicada a Venecia.

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Si no volar como los pájaros desde una altana, dejarse arrullar por el canto enrevesado de los mirlos, en el barrio cercano a la Salute, en Dorsoduro, lejos de las palomas de la Piazza. Sin coches y sin masas vocingleras, con la única competencia (amistosa) de las campanas, la música se acuerda con el andar de uno y todo se concierta con la tarde. Hay una belleza interior de jardines no vistos, adivinados, tras la embajada de sus ramos y trinos. Gondoleros del aire, los mirlos, ofrecen sin cobrar su serenata.


(Publicado en Clarín, 70, 2007)

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