domingo, 27 de enero de 2008

Venecia, arte de ayer y de hoy











¿No va a ser narcisista Venecia, siempre mirándose en sus aguas? Aguas trajinadas, sucias, con manchas y posos, sedimentos, como sus muros. Sus casas y palacios -estilo bizantino, gótico, renacentista, barroco- están hechos, más que de cualquier materia, de tiempo; ese tiempo desconchado que, salvo en el caso de los construidos con roca y mármol, más solemnes, deja visible tras la deserción parcial del estuco el fiel ladrillo, al fin y al cabo también él barro, tierra mezclada con agua. Y ese tiempo de los edificios, su sustancia, corre como en homenaje a Heráclito de un lado a otro sobre el plano de la ciudad, según sube o baja la marea.

Ésta es, la marea, al tiempo que una amenaza constante de inundación, un elemento salutífero para la ciudad, pues al henchir los canales los limpia, arrastra el lodo, cubre los detritos. La ONU ha alertado del peligro que corre medio planeta ante la más que previsible universal subida de las aguas. Venecia será, si esto sucede, una de las primeras bajas, por más que el hombre, ese futuro ahogado, se las ingenie para guardarla con esclusas. Pasaría entonces a ser una de esas ciudades sumergidas de las leyendas célticas.

Pero Venecia no necesita asimilarse a otras literaturas: ya ella es el lugar más literaturizado del globo, y Shakespeare, Pound, Browning, Byron, Morand, James, Mann, Brodsky, Hemingway..., se han encargado de transmitir su magia por escrito. Con el pincel lo han hecho, amén de los artistas nativos, ese maestro del apunte y la sugerencia que es Turner, cuyos lienzos sobre Venecia se admiran hoy junto a otras aguas, las del Támesis. Y el pintor-escritor Ramón Gaya, que vivió temporadas en la ciudad, ha dejado sobre ella páginas de un diario y cuadros. Y Hugo Pratt, dibujante-escritor, ha hecho lo propio con sus cómics de Halcón Maltés. Y...

La fantasía de Canaletto

No esperemos ser exactos, fotográficos, milimétricos, con Venecia. Detallistas, sí, que hay tanto que apreciar y descubrir. Pero sin olvidar que Canaletto se inventó o deformó según su magín tantas cosas, retratista al por mayor de su fantasía. Qué extraño determinismo el de los apellidos de los grandes artistas venecianos. Antonio da Ponte hizo el que durante mucho tiempo fue único puente sobre el Gran Canal, el de Rialto. Y Canaletto se llamaba en realidad Giovanni Antonio Canal, como si estuviera abocado a arrastrar sus pinceles por las vías acuáticas. Sin embargo, Tintoretto, que huele a pigmento y colores, se llamaba en realidad Jacopo Comin.

Merece la pena apartarse de la ruta turística y buscar su casa en el sestiere (barrio) de Cannaregio, junto al Campo dei Mori. Casi se cae y ahoga en el canal su fachada (como Narciso), pero qué hermosos los siglos sobre ella. Hasta fecha reciente, el Museo del Prado ha acogido una gran exposición sobre el pintor. Pero en Venecia ésta es permanente en San Rocco o en San Giorgio Maggiore (de Palladio), perfecta excusa para deambular por ella.

Rincones especiales

Un poco más allá de su casa natal, pasando un puente, la iglesia de Santa Maria dell'Orto, de ladrillo oscuro, como la de los Frari en la distancia. Otros templos religiosos o seculares (las scuole, sedes de beneficiencia y mecenazgo) son de mármol blanco: la mencionada de San Rocco, o la iglesia de San Barnaba, o la de los Descalzos, sobre el Canal Grande. Una fachada que ahora no se ve (la están arreglando) es la del Palazzo Vendramin Calergi, casino y residencia en su día de Wagner, que en él compuso parte del Tristán e Isolda. Una cúpula que también hay que adivinar ahora tras sus abombados andamios es la de Santa Maria della Salute, junto a la Dogana del Mar. Esta antigua aduana, cuña que el barrio de Dorsoduro pone entre San Marco y la Giudecca, al sur, será pronto un museo de arte contemporáneo gestionado por el magnate francés Pinault, ya titular del Palazzo Grassi, célebre por sus exposiciones de arte contemporáneo o sobre civilizaciones antiguas. En la lid se ha impuesto sobre el Museo Guggenheim, vecino del barrio, que esperaba extenderse hacia ese oriente que dista sólo doscientos metros. Del otro y lejano se trajo Marco Polo pasta y peripecias. La que fue su casa está cerca de la mitad del Gran Canal.

Los puentes sobre éste son pocos, pero para paliar la carestía están, además del nuevo y polémico de Calatrava, los traghetti, esas otras embarcaciones que pasan de una orilla a otra en lugares estratégicos. Y también el vaporetto de la línea 1, que haciendo continuamente escala en una y otra orilla viene a pespuntear de puentes móviles el ancho surco de agua. Los embarcaderos, las plataformas desde las que se sube o baja de los vaporetti, son también flotantes como ellos mismos, para que en la subida o bajada de las mareas muelle y barco estén a la misma altura, dado que el acqua alta es no sólo título de una novela policiaca de Donna Leon (ambientada, como el resto de las suyas, en Venecia), sino una realidad que lava con frecuencia el rostro de la Serenísima, el más hermoso submarino, a veces, de la Tierra.

Más allá de las grandes atracciones, algunos rincones favoritos: el bacaro Al Timón, en Fondamenta dei Ormesini, donde hay excelentes vinos italianos por copas. Yo tomo allí el asequible y rico Ripasso, de la denominación Valpolicella, acompañado de cichetti, tapas a un euro. O la osteria Ai Asassini, en una calle sin salida en lo más enrevesado del centro, donde tampoco hay carta en inglés u otra lengua que no sea el italiano (todo viajero sabe que los mejores lugares son siempre monolingües). También, para hacer una pausa, el jardincillo público que está en el extremo de la calle Larga Foscari, junto a los Vighili del Fuoco: un lugar recoleto con bancos de piedra blanca, lisa y desgastada, verdor junto al canal y triunfo abrumador de las glicinias.

O también la gabarra convertida en puesto de frutas y verduras en el río de San Barnaba, junto al Ponte dei Pugni y camino del enorme Campo Santa Margheritta y sus terrazas, en las que siempre es gozoso dar cuenta de un spritz o un bellini, esas ambrosías vénetas, por una fracción de lo que cuestan en el elusivo Harry's Bar o en el café Florián, de la plaza de San Marcos (en la ciudad sólo hay esta piazza, más la adjunta piazzetta homónima y el piazzale Roma, donde dejan los autobuses: el resto son campi, gloriosos descampados, como el de Sant' Angelo o el de San Stefano).

Para viajar bien y aprovechar al máximo lo que los lugares guardan para brindarnos, en Venecia como en cualquier otra parte no basta con llegar sin más a los sitios; hay que hacerlo desde el punto indicado. Así, uno recomendaría llegar a Santa Maria dei Miracoli desde el Campo de Santa Maria Formosa, siguiendo por la calle que termina en una casa cuyo jardín abre su espesura ante el canal, para así darse de bruces, casi, con su fachada y su acopio de mármoles distintos.

Pasión de los poetas

El pequeño milagro lo hizo Pietro Lombardo, todo para arropar el icono milagroso de principios del siglo XV, que de un nicho pasó a una capilla, y de ahí a ésta, una de las iglesias más bonitas, permítaseme el sencillo adjetivo tan verdadero en este caso, que ha quedado como una madonna joven con la cara recién lavada tras su primorosa y modélica restauración. Rodeándola por la derecha se abre la contemplación del Campo de Santa Maria Nova, con su librería, que saca su nutrido puesto a la plazuela, con mucho de lo que se ha escrito sobre Venecia. El canal la besa por el costado izquierdo, de piedra de Istria, resistente a las sales del agua.

Toda Venecia está llena de interiores espléndidos, pero quien quiera gozar de la ciudad en unas breves vacaciones lo mejor que hará es perderse en su dédalo de canales y callejas: cualquier esquina tiene vistas memorables, haga sol o llueva. Los sestieri de San Polo o Santa Croce, por ejemplo, son para ser recorridos al azar. Más de verso libre que de soneto.

Hubo en España una corriente poética que se vino a denominar venecianismo, cuyo máximo exponente es José María Álvarez. La misma senda la recorrieron hacia distintos destinos Gimferrer, Villena, Carnero y Colinas. También Félix de Azúa, que escribió La Venecia de Casanova. Y hoy, Molina Foix, autor de Tintoretto y los escritores, o García Martín, en Arco del paraíso. Pero Álvarez, zorro de los novísimos, sabe que signando con la zeta el nombre de Venecia (escribiendo Venezia como él lo hace, al itálico modo) consigue dar sabor y trasladar algo que hace propio, naturalizarse allí. Así lo escriben los venecianos. Y así ha ido perseverando en este mito de Venezia con zeta de desgarradora belleza en su obra Museo de Cera.

Otro poeta, Joseph Brodsky, antes de publicar en inglés su famoso libro Marca de agua, dio a la imprenta en traducción italiana la misma obra con el título de Fundamenta degli Incurabili. Pero Watermark es un título perfecto donde los haya. Recuerda a la filigrana que es Venecia toda. Tardé en encontrar su tumba en el cementerio de San Michele, la isla de los muertos, pues fuera del recinto donde están enterrados Stravinsky y Diaghilev no esperaba hallar caracteres cirílicos. Bajo su nombre en ruso -ya en letra latina, pero con la forma Brodskij-, la lápida del gran poeta rusoamericano, quiero decir veneciano, destino que amó sobre todos. Nacido en San Petersburgo, también ciudad con una red de canales, en el Báltico, Brodsky se sintió como en casa (es decir, en el exilio interior que lleva todo poeta) en la ciudad del Adriático. Dejó en 1972 la gran prisión que era la URSS, el mismo año en que murió aquí Pound.

La Venecia de Brodsky y Pound

Hay una Venecia para cada cual. A Brodsky le enamoró la de las algas congeladas, del frío y de la niebla. Para mejor apreciarla, aunque paradójicamente se pierda parte del significado, su libro hay que leerlo no en su traducción española ni en el original inglés, sino en italiano, lengua que para un español es inteligible a medias y que precisamente por ello pone un lienzo de niebla ante los ojos, velando el paisaje, transfigurándolo, como un gélido espectro. Preferimos el sol, pero el invierno era la estación preferida de Brodsky en la laguna, adonde iba todos los fines de año.

Siempre amante de la ciudad (aquí hizo imprimir su primer libro en 1902, con título en italiano, A lume spento), Ezra Pound vivió con Olga Rudge (la redescubridora de Vivaldi) en una humilde vivienda ("Con usura, nadie tiene una casa de buena piedra", Canto XLV) de la calle Querini, cerca de la Dogana. Hay otras calles Querini en la ciudad, pues aquí los nombres se repiten como espejeados en las aguas: cada sestiere, por no decir cada campo, eran antaño mundos parvos y autónomos. Además, hay nombres escritos a la veneciana o en italiano oficial, añadiendo confusión, encanto. Otra particularidad es la numeración de las puertas, que no atiende a un orden en la calle, sino al del total del caserío de Venecia.

Pero, repito, como ese puente por el que ya hemos pasado (¿o no?), como ese trozo de canal ya visto (¿o era otro?): Venecia es para perderse. Nunca se puede ir por error demasiado lejos, y cada esquina es aún más bella que la anterior. Fluvial, no hay ciudad como ella para andarla. Venecia: la mejor acuarela, viva, de la Tierra.

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