viernes, 15 de febrero de 2008

Blanco sobre negros


Hace cuatro años, el Premio Booker (al que da nombre un apellido, nada que ver con las palabras libro o librero, aunque así lo parezca, y menos con aún corredores de apuestas, bookmakers) recaía por primera vez en un autor que ya había recibido anteriormente este galardón que viene a sancionar la mejor novela en lengua inglesa publicada en el año. J. M. Coetzee es esta persona única: sus Booker (de 1983 y 1999) y otros reconocimientos varios hacían presagiar este Nobel (Coetzee es un autor conocido por los lectores exigentes, aunque no por el gran público).

La Academia Sueca premia en Coetzee, tras Nadine Gordimer, la voz inconformista de la Suráfrica del, y posterior al, apartheid: un blanco que escribe sobre negros y, como Conrad (¡El horror!, ¡El horror!), del corazón de la oscuridad que un régimen de cosas perverso hace anidar en la comunidad blanca. Pero el autor de Esperando a los bárbaros no transita los caminos del reportaje o el realismo, sino los más ricos y sugerentes, a la par que efectivos, de la fábula. Sobre la de Robinson Crusoe hizo esa deslumbrante lectura alternativa, llena de matices, que es Foe (título que juega con el nombre de Defoe y con la palabra “enemigo” en inglés). La relación entre amo y siervo, trasunto del apartheid, es un eje de su obra, como lo es también la censura, a la que ha dedicado un puñado de ensayos.

Casi toda su obra está escrita en presente histórico, ya sea la indagación en la figura de Dostoyevski de El maestro de Petersburgo, ya la narración entrecortada de la chica protagonista de En medio de ninguna parte. Este tiempo tan aparentemente simple no oculta la complejidad en el tratamiento de los personajes. Leer a Coetzee es, como sucede con Faulkner, reconocer de inmediato su poderosa voz inconfundible.

Reservado, poco dado a las entrevistas o la promoción de sus libros, Coetzee nos ha dejado dos volúmenes impagables sobre su propia vida, que es también la de su nación, en una época extraña y hoy incomprensible. Pero Infancia y Juventud son libros llenos de ambigüedad y que eluden muy a menudo al hombre Coetzee para concentrase en un personaje puramente literario que es, y tal vez no sea, el autor.

Aún no hace un mes que se publicó en inglés su más reciente novela, Elizabeth Costello, un desconcertante juego de “lecciones” y un epílogo a los que asoma el Coetzee más reflexivo y filosófico. La protagonista es una escritora que ha alcanzado notoriedad con una novela rompedora titulada La casa de Eccles Street, que como todo lector de Ulises recordará es la residencia de Leopold y Molly Bloom. En ella, Costello da voz a Molly, complementando con la versión de ella la historia que conocemos. Esa celebridad la conducirá a las principales universidades y foros, donde será reclamada como conferenciante. Caprichosa e impertinente, sus ideas chocarán a menudo a sus audiencias, convirtiéndose de alguna manera en el muñeco por el que habla su autor ventrílocuo exponiendo ideas que no siempre sabemos si él asume.

Elizabeth Costello nos recuerda en más de un punto a esa corriente tan en boga en la narrativa española actual representada por Enrique Vila-Matas y Javier Cercas con sus “relatos reales” (se ha llegado a decir que el libro de Coetzee, dándole una vuelta de tuerca más a los géneros, es non-non-fiction). Es curioso comprobar cómo la protagonista de esta última novela suya dice: “Tengo creencias, pero no creo en ellas”. Por su parte, la Academia Sueca ha afirmado que el flamante laureado es un “escrupuloso escéptico”.

Calculo que no tardará en traducirse al español. Entre tanto, y para abrir boca el lector puede acudir al breve volumen La vida de los animales (editorial Mondadori), que recoge dos de las llamadas “lecciones” de este libro aún inédito entre nosotros.


Publicado en Diario de Sevilla y resto de periódicos del grupo Joly, 3-10-03