domingo, 17 de febrero de 2008

Chesterton y otros poetas

Gilbert Keith Chesterton, ese eterno y jovial muchachote, no importan las edades de su vida, se estrenó en la poesía con el cambio del siglo XIX al XX, un momento crucial en la historia de su país, Gran Bretaña. Fue entonces cuando a los veintiséis años publicó su primer libro, The Wild Knight, en el que ya estaba recogida mucha de su mejor poesía. Después vendrían a aposentarse en el imponente edificio de su cuerpo otros inquilinos más conocidos en los salones: el periodista, el novelista, el polemista chispeante; pero la poesía siguió reinando entre sus preferencias, dueña de la alcoba de su corazón, y no fue raro, pues, que con un poema abriera, espléndido frontispicio, alguna de sus obras en prosa, al tiempo que la poesía permeó también la trama de una novela suya como El hombre que fue Jueves, que principia con un duelo dialéctico entre dos poetas.

En el texto titulado “Gallo que no canta…” que cierra este libro, escribe Chesterton: “Y cuanto más pensaba sobre el asunto, más tristemente seguro estaba de que las cosas más típicamente modernas no pueden ser hechas cantadas a coro. Uno no podría ser un financiero importante y cantar, porque la esencia de un financiero importante es estarse callado.” Lepanto y otros poemas es una excelente antología coral; quiero decir que son varias las voces que vierten al creador del Padre Brown, tan poco devoto de las engañifas de la modernidad, y casi siempre de una manera más que notable. A diferencia de otros empeños editoriales, donde se confía a un equipo de traductores la puesta en otra lengua de un texto original, aquí nos hallamos ante un reparto o dichosa distribución de un magnífico botín literario, mediante el cual cada traductor se ha ocupado individualmente de un poema o grupo de poemas, que ha traducido según su entender y a su albedrío. De aquí que el resultado sea por fuerza variado, lleno de matices y muchas veces acompañado de hallazgos personales. En este sentido destacan los resultados de José Julio Cabanillas (coordinador del volumen) y de Enrique García-Máiquez (autor de la brillante introducción).

Cabanillas ha trasladado los largos versos de la dedicatoria “A Edmund Clerikew Bentley” en una fluida sucesión de endecasílabos, heptasílabos y alejandrinos, que, desde luego, “funcionan” como un poema que hubiera sido escrito inicialmente en nuestra lengua. Pero estos versos blancos dan paso a otros en los que juega con la rima, que actúan como transición a las versiones muy libres ―es decir, muy poéticas― de García-Máiquez, quien moldea los poemas de Chesterton para hacer otros suyos, musicales, reflexivos, espléndidos, infieles en lo justo.

La poesía de Chesterton es religiosa siempre, mas nunca ñoña o doctrinal. En “Una determinada noche” se nos dice que ángeles y diablos bailan juntos, y “un olmo daba peras porque sí, / un mulo construía un nido, / volaba un buey, cantaban los rosales, / y el sol, que ya se había ido, // volvió por el Oeste”, todo porque la amada, milagro muy a lo Pedro Salinas, cogió entre las suyas las rechonchas y sudorosas, benditas manos de Chesterton. Pero junto a la teología o el amor, a veces confundidos, también cabe el acento ético o moral. “Elegía en un cementerio de pueblo” es una valiente variación del famoso poema que Thomas Gray publicó en 1751, y García-Máiquez acierta de lleno cuando elimina las referencias reduccionistas a Inglaterra para hablar, en general, de la patria, que puede ser cualquier país, incluido el nuestro.

Regla Ortiz se ha decantado por la vena más humorística del casi siempre bienhumorado Chesterton, y no es de sorprender que Luis Alberto de Cuenca y Julio Martínez Mesanza hayan traducido al alimón un poema de aliento épico como el que da título a la antología, para mayor gloria de Don Juan de Austria. El volumen es, en conjunto, un banquete, un simposio que se disfruta con agrado.

Esta entrega no hace sino rubricar la feliz realidad, el amplio gozo, que es ya la colección de traducciones de la editorial Renacimiento, en la que han ido apareciendo poemas de Lautréamont, Hopkins, Lawrence o Kipling, por citar sólo algunos, y donde harán lo propio muestras de Valéry, Shelley o Goethe. Una colección que es ya una hermosa sílaba del largo versículo memorable que constituye esta editorial sevillana a la que no en vano se acaba de conceder el premio a la mejor labor editorial del año 2003.

(Publicado en El Molino de la pólvora, segunda época, Sevilla, 2003)



2 comentarios:

E. G-Máiquez dijo...

Muchas gracias, Antonio, por tus generosas palabras. Son justo las que yo soñaba que dedicaran a mis versiones. No conocía esta reseña y mi ignorancia ha servido para esta alegría de mañana de domingo.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

La alegría fue mía cuando leí a Chesterton tan bien acompañado.