domingo, 17 de febrero de 2008

Como boca de lobo


Hace ya más de seis meses que murió, y prácticamente no hay semana que Ted Hughes no sea protagonista de alguna noticia o comentario en la prensa británica más seria. A los testimonios de dolor por su fallecimiento —un cáncer del que casi nadie sabía— han sucedido noticias sobre sus exequias en la abadía de Westminster (no en vano era el Poeta Laureado, cargo que aún permanece vacante) o el estreno mundial de la adaptación de su versión de las Metamorfosis de Ovidio a cargo de la Royal Shakespeare Company en Stratford... El último acontecimiento es la aparición en rústica del que fue su último —y arrollador— volumen de poesía, Birthday Letters, que vendió más de un centenar de miles de ejemplares en su edición más cara el año pasado y que es una terrible, y sabiamente lírica y conmovedora, visión y revisión de lo que fue su vida con la poetisa Sylvia Plath, que acabó en tragedia.

En España acaba de aparecer una edición bilingüe del que tal vez sea su libro de poemas más conocido y citado, Crow, en versión del poeta Jordi Doce, que sale más que airoso de la difícil tarea que se ha impuesto. A un lector de poesía se le menciona el agorero nombre del córvido y automáticamente piensa en la calculada pesadilla de “The Raven” de Poe. Pero la graznadora ave de Ted Hughes, aunque en el segundo poema de la colección se nos diga que fue engendrada por Never (Nunca) —¿algo que ver con el famosísimo Nevermore poeiano— no es tanto una mensajera del Otro Mundo como protagonista de una realidad otra de cosmogonías absurdas como las que hubiera imaginado un William Blake borracho o un chamán con la vista afectada por la picazón del humo de una pipa alucinógena y malsana. Cuervo, el protagonista del poemario, no se atiene a ninguna regla establecida y, como Doce advierte en la introducción del mismo, es patético y ridículo, cruel y enredador, una fuerza de la naturaleza que no conoce el bien o el mal y que no se rige por la lógica de los hombres.

El lenguaje de Hughes es plenamente anglosajón, con palabras cortas y en su mayoría de origen germánico —en las antípodas del latinizante Poe—, como lo son las del dialecto de su Yorkshire occidental, con su herencia nórdica y pagana, áspero y duro como exige el tema. Cuervo es un canto desafinado, graznido a veces, a lo negro y sombrío, un libro de un pesimismo esencial escrito por un Ted Hughes al que ya se le habían suicidado dos mujeres (la última llevándose también a su pequeña hija). Por el Edda sabemos que los cuervos de Odín se llamaban “Pensamiento” y “Memoria”, y que éstos recorrían el mundo durante el día para informar de lo visto al dios. Lo que ve Hughes en Cuervo, su personaje y no sabemos hasta qué punto trasunto de él mismo, es lo cósmico degenerado en cómico, de un humor negro y biliar que, como dijo Quevedo, “pues amarga la verdad / quiero echarla de la boca”.


Publicado en Culturas, 16 (Diario de Sevilla, 17-6-99)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Pobre Silvia Plath. La mayoría de los grandes escritores no se caracterizan por ser un dechado de bondad precisamente. El colmo William Burroughs, que mató a su mujer intentando emular a Guillermo Tell.

La Archivera de Sevilla dijo...

Pobre Silvia Plath. La mayoría de los grandes escritores no se caracterizan por ser un dechado de bondad precisamente. El colmo William Burroughs, que mató a su mujer intentando emular a Guillermo Tell.