miércoles, 13 de febrero de 2008

De provincia a nación

Manuel Gregorio González, Torres Villarroel a orillas del mundo, Renacimiento, Sevilla, 2004

En la Inglaterra del siglo XVIII, el Doctor Johnson tuvo la suerte de dar con un Boswell que diera fe de su vida. De la España dieciochesca –y han tenido que pasar tres siglos–, a Don Diego de Torres Villarroel le ha cabido parejamente la fortuna de que Manuel Gregorio González se haya ocupado de él en un libro impagable, inmenso pese a su brevedad, impresionante en cuanto a la altísima calidad de su prosa y a la introspección lírica y psicológica en el personaje. Este libro está llamado a ser, como Vida de Don Quijote y Sancho, de Unamuno, o Cervantes y la libertad, de Luis Rosales, un clásico de nuestros ensayos literarios.

Pero, ¿quién es Manuel Gregorio González? Los lectores del sur, los privilegiados ojos meridionales, lo saben: aún tan joven, uno de los mejores prosistas andaluces vivos, quizá –y ante esta verdad rotunda no hay miedo a los clichés que valga– el más notable de su generación. ¿Cuántos lectores no comenzamos la revista Mercurio, panorama de libros por el final, para regalarnos como plato fuerte que no tolera aperitivos el espléndido artículo de Manuel Gregorio, como si todo el resto del mes lo pasáramos ayunos de literatura? ¿Y cuántos, durante esa luna inacabable, y a la espera de su venidera semblanza de otro escritor, no saciamos el hambre de su prosa con el sacramento dominical de su página de crítica en un periódico sevillano?

Atinados, sabrosos, prestos al roce con la tradición culta y ligera de los grandes articulistas españoles, de Foxá a otro González (Ruano), de Cunqueiro a Umbral, Manuel Gregorio González nos entrega unos artículos que nunca decepcionan y constituyen el disfrute, el deleite, el gozo del lector avisado, no importa de quién se ocupe para la ocasión, pues lo que de verdad importa es su español suntuoso y verdadero, que por natural y no impostado está a años luz, por arriba, del de algún otro joven autor demasiado consciente del estilo y predador de hallazgos de difuntos.

Gran Sur, publicado por la Fundación José Manuel Lara, recogía esas estampas de escritores, a las que últimamente ha sustituido otra serie, Voces profanas, no menos deliciosa que la primera. Simultánea de aquella es la redacción de esta entrega sobre Torres Villarroel, que no es en puridad una vida, sino la vida. Es decir, no una biografía (Torres ya escribió la suya), sino la ingente aunque no informe presencia arrebatadora de lo vivo, no aprehensible en una sucesión de días o de edades, sino apenas alcanzable en la simultaneidad de obsesiones y querellas, desazones y escarnios, congojas y gozos, que conforman, juntos todos, el vivir. Por ello, Torres Villarroel a orillas del mundo es un libro no diacrónico, lineal, o biográfico, sino una indagación total en la que González se acerca a Torres empleando la táctica del merodeo, asediándolo desde diferentes posiciones y en los distintos escenarios de su vida, una vida que a partir de cierto momento tuvo mucho de vida en muerte (vea el lector el capítulo sobrecogedor“Torres póstumo”).

El autor enmienda la plana a Borges, que llamó al personaje “una provincia de Quevedo”, y, ya de paso, a Azorín, a Gómez de la Serna, a Menéndez y Pelayo y a cuantos no han sabido ver la enjundia de Torres y toda su poliédrica figura, que dio en escribir una obra rica y precursora: nos recuerda González que la Vida de Torres es la primera autobiografía moderna, anterior a la de Benjamin Franklin, el inventor del pararrayos (lástima que no lo inventara un poco antes, para salvar a Torres de todos los que, certeros, fueron desde su interior tormenta a partirle, una mella tras otra, la escindida alma).

El libro está repleto de hallazgos verbales y, dentro de ellos llama poderosamente la atención el empleo de lo que es un epíteto que a fuer de repetido se convierte casi en fórmula homérica: el Gran Piscator de Salamanca, como gustaba de denominarse el autor de los Pronósticos. No es el único eco del aedo griego. Uno de los capítulos, “Un Torres homérico”, se ocupa de ese entretenimiento de Torres, tan a lo Penélope, de “tejer y destejer, mientras se va tupiendo su existencia”. Hay numerosos párrafos que clavan la figura de Torres al tiempo que la altura de la prosa y la pesquisas de González. Valga uno solo como botón de muestra: “Una vez descubierta la temporalidad, la precariedad del vivir, Torres Villarroel elige no elegir y decide ser todos, ser nadie, aliviarse la carga de ser uno y constantemente el mismo. Sólo le quedaba entonces esa diversificación por oficios y máscaras que han hecho de Torres el personaje a medias simpático, a ratos estremecedor, que no se halla a sí mismo y habla de su incertidumbre como de un soplo sobrevenido, como de una aire malo que le atenaza el alma y desgobierna su temple, ya muy desgobernado desde que descubre el mundo, y el mundo, a su vez, lo descubre a él, frágil y menesteroso.”

Por Manuel Gregorio González aprendemos que Torres Villarroel fue un grande de nuestra literatura, y sólo por ello uno confía en que sea leído por mucho tiempo. Y, con todo, ante este libro maravilloso uno recuerda la frase de Ezra Pound cuando en los años cuarenta auguraba que dentro de un siglo nadie recordaría quién era ese Roosevelt del que él despotricaba. Inversamente, tal vez dentro de cien años los letraheridos se pregunten, con asombro, quién era este Villarroel de quien hablaba desde la admiración un González de vasta obra y mayor reconocimiento. Y pensarán que el Gran Piscator de Salamanca fue tan sólo un pretexto para el gran despliegue de este Torres Villarroel a orillas del mundo con el que Manuel Gregorio González principiaba –hoy y para siempre– a demostrar su genio.


Publicado en Clarín, 57 (Oviedo, 2005)