martes, 5 de febrero de 2008

Don Quijote en lengua de hadas


Como se puede adivinar por lo que sucede en la segunda parte del Quijote, con la primera ya impresa y gozadora de gran fama, a Alonso Quijano le hubiera gustado saber que, andando el tiempo, sus aventuras serían puestas con nuevos vestidos en las lenguas de los descendientes de aquellos oscuros celtas de antaño, los pródigos ideadores de toda la cornucopia de mitos y leyendas que compondrían el imaginario colectivo del que surge la literatura artúrica y feérica, madre de todo el rico caudal de novelas de caballería que le robaron la cordura.

Porque Don Quijote pierde el seso con los libros de caballerías, con el Amadís de Gaula, y el Esplandián, y el Tirante el blanco, pero todos estos libros y muchos otros inferiores beben en Godofredo de Monmouth, en Chrétien de Troyes, en Wace, en Layamon, en Robert de Boron, y antes aún en Gildas y Nennio y toda la brumosa región de las letras célticas o inspiradas por ellas. Así, las toscas representaciones de un caudillo britano que luchó contra los anglosajones al tocar a su fin la dominación romana de Britania suavizaron poco a poco sus aristas con la courteisie y los portentos, con la delicadeza feminil de María de Francia, y así se fueron arromanzando las aventuras de la corte artúrica, modelo de la caballería medieval durante siglos. Fue de esas metamorfosis (metamorfóseos, se dice en el capítulo XXIII de la segunda parte de El Quijote) de donde salieron los perniciosos volúmenes de los que quisieron librar a Alonso Quijano el cura y el barbero.

Son varias las traducciones y adaptaciones de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha a lenguas célticas. Así, en galés resulta ser Anturiaethau Don Cwicsot (Aventuras de Don Quijote), publicado en 1955 en Llandebie, cerca del Carmarthen vinculado al mago Merlín y traducido y adaptado por J. T. Jones. Al bretón (bretón bretonante, que diría Álvaro Cunqueiro, gran experto en las cosas de Merlín y Brocelianda) ha pasado dos veces: primero, como Don Kihote, publicado en 1990 en la marinera ciudad de Brest, muy cerca de esa otra La Mancha, la del canal homónimo, a partir de la edición aparecida en 1913-14 en la revista Ar Bobl (El Pueblo); y más recientemente como Don Kic’hote de la Mancha, versión notablemente reducida que vio la luz el año 2000 en Quimper. Nótese la diferencia en la trascripción del nombre del hidalgo en ambas ediciones, resultado de la fragmentación de la lengua bretona en diversos dialectos.

Pero la más importante de todas las traslaciones tal vez sea la que Peadar Ó Laoghaire (1839-1920) hizo en irlandés y que hace poco ha vuelto a ver la luz en Dublín, revisada por el poeta y traductor Gabriel Rosenstock. La versión de Ó Laoghaire fue publicada póstumamente en 1921, y la nueva edición de la misma ha sido publicada justo ochenta años después. Se ha dicho que las razones que tuvo Ó Laoghaire para traducir Don Quijote al irlandés fueron más lingüísticas que literarias, pues el canónigo, desde su vinculación a la Liga Gaélica y al movimiento de revitalización de la lengua autóctona de su patria en un entorno hostil, que todo lo allanaba para el imperio universal del inglés, quiso que su irlandés nativo fuera idioma de cultura. Eran momentos en los que aún no existía una forma normalizada del gaélico de Irlanda, cosa que no llegó hasta 1948, y por entonces convivían en la isla los dialectos de las provincias Munster, Connacht y Ulster. El primero era el de Ó Laoghaire, natural de una aldea perdida del condado de Cork. Sacerdote de amplios intereses literarios, también tradujo nuestro autor a Euclides, y de Salustio ese recuerdo agridulce para los que hicimos bachillerato de letras que es La conjuración de Catilina; sin embargo, sus más conocidas versiones son la de una generosa gavilla de fábulas de Esopo y la muy notable, aunque también parcial, de El Quijote, ambas más reelaboraciones que traducciones propiamente dichas. No en vano, en el torneado alfabeto gaélico antiguo, un reino de la curva y la espiral que muestra a las claras su origen en el vellum de los manuscritos medievales, la portada de la primera edición del libro exhibe, bajo el nombre de Ó Laoghaire, esta leyenda explicativa, tan exacta: do sgríobh on sgéal Spáinneach, “lo escribió a partir del relato español”. Efectivamente, podemos hablar aquí no de traducción sino de reescritura, sobre todo cuando vemos a un Don Quijote gaelicizado, si se me permite el barbarismo, siguiendo a Rosenstock, en el que incluso algunos nombres son adaptados al irlandés: así, no sin sorpresa, uno ve que la Teresa de Sancho se convierte así en Siobhán, un nombre muy popular entre las féminas de Irlanda y presente en la propia familia de Ó Laoghaire. Y hablando de mujeres, no querría omitir aquí que Lady Augusta Gregory, la influyente benefactora de Yeats, estrenó en el Abbey Theatre dublinés, cuando corría el año de 1927, una obra de teatro inspirada en la obra de Cervantes, y probablemente espoleada por la adaptación de Ó Laoghaire, titulada Sancho’s Master.

Lástima que Peadar Ó Laoghaire publicara su autobiografía, Mo scéal féin (Mi vida) en 1915, antes de haber emprendido la versión de El Quijote a su lengua, y que por ello no tengamos en ese volumen de amplia circulación una noticia de primera mano del proceso de trasvase. Lo sabemos sin embargo por otras fuentes: Ó Laoghaire no sabía español, pero en cierta ocasión, tomando como hicieran Tennyson, Haggard o Charlotte Brontë los baños en el popular destino turístico de Kilkee, en el condado de Clare, cayó en sus manos una traducción inglesa que le gustó, aunque sólo leyó la primera parte, y de inmediato pensó en trasladarla a su propio idioma, concretamente a la forma hablada en el oeste de Cork. El irlandés estaba ya en franco retroceso, y de no haber surgido la ya mencionada organización Conradh na Gaeilge (la Liga Gaélica), a la que Ó Laoghaire se adhirió entusiásticamente, es probable que hubiera desaparecido en pocos años. Esa traducción, junto con otros empeños, trató de evitarlo.

Don Cíochótae es un libro que, según Rosenstock, se nos muestra “popular y clásico a un tiempo”, pues bebe del habla de los campesinos a la par que del lenguaje casi fosilizado de los poetas itinerantes de los siglos XVII y XVIII, lo que sin duda acerca su dicción a la de aquellos bardos que fueron strictu sensu contemporáneos de Cervantes. Y llega a decir: “No levantaremos falsedad si decimos que El Quijote no es sólo un clásico de la lengua española, sino también un clásico del irlandés”. Y Alan Titley, también natural de Cork, afirmó en una reseña publicada en el Irish Times: “Creería uno que Sancho Panza y el caballero errante son campesinos pobres de Muscraí” (una zona gaélica del oeste de Irlanda). Como indiqué arriba, Ó Laoghaire no leyó nunca la segunda parte del Quijote, y sin embargo su prosa encarna como ninguna otra las virtudes de la misma, en la que Don Quijote se ensancha en experiencia, quiere decirse, se sanchifica, adopta la perspectiva de su escudero, y Sancho cada vez más se torna quijotesco. Y esto sucede en el idioma, con las palabras y los giros, la sintaxis, el tono en el que está vertido Don Cíochótae: la lengua clásica irlandesa, de los nobles, de los hidalgos de allí, los daoine uaisle, usada a su vez y fijada por los poetas ambulantes que iban recorriendo sus mansiones por toda la isla de Irlanda, es la misma que escuchamos en boca, fresca y antigua a la vez, de los campesinos cuyo idioma y tradiciones se han refugiado, incólumes, anclados en el XVI, varios siglos después en el oeste del país.

Cumple ahora detenernos en la historia de la literatura irlandesa y su apertura a otras literaturas, en la que la adaptación de las aventuras del ingenioso hidalgo no es una excepción. Antes que nada, es de reconocer que al irlandés fueron las primeras traducciones de autores grecolatinos a cualquier lengua vernácula. Las obras que se han conservado, cuya cantidad probablemente sea pálida sombra de las que hubo un día, incluyen textos sobre la destrucción de Troya, sobre las mocedades de Aquiles a partir de Estacio, las erranzas de Ulises, aventuras de Alejandro Magno, La Farsalia en versión muy libre... Una característica común de estas obras trasterradas es su acomodamiento a los gustos literarios irlandeses. Así, en esa versión de la Odisea que se anticipa en mil años al Ulises de Joyce, hay elementos autóctonos como el albergue típicamente irlandés que en el ciclo del Ulster es escenario habitual de festines que abocan al desastre, o el demorado placer, miniado casi, que halla el narrador en los detalles, en las genealogías de los héroes, en el color, esa forma de ver con intensidad tan céltica que se manifiesta en códices esplendorosos como los de Durrow o Kells.

A lo largo de los siglos se mantuvo esta tendencia a, más que traducir, resumir y amoldar textos foráneos al irlandés, ponerlos en limpio en la lengua y desde la cosmovisión nativas, cortando por lo sano cuando al adaptador le parecía necesario, como sucede con Las conquistas de Alejandro Magno, versión en la que se omiten los pasajes más enrevesados y tediosos, algo que también sucede con recuentos de los viajes de Sir John Maundeville o Marco Polo, ambos traducidos al irlandés en el siglo XV. En esta tendencia general, seguida por Ó Laoghaire en su Don Cíochótae, la traducción literal de obras literarias es la excepción y un fenómeno que no llega hasta avanzado varias décadas el siglo XX.

Démosle la vuelta al enunciado que habla de traiciones. Y tornémoslo así: traducción, tradición. De alguna manera, la tradición de Ó Laoghaire, su deliciosa traducción, cumple con lo declarado en más de una ocasión por Andrés Trapiello, a saber, que el Quijote es más legible en sus versiones a otras lenguas que en la nuestra propia, debido a los cuatro siglos trascurridos y lo mucho que ha cambiado el idioma desde entonces, lo cual hace preciso, según el autor leonés, una adaptación de la obra al español moderno. Pero Don Cíochótae, para un irlandés, consigue ese equilibrio, si se me excusan los palabros, entre lo diacrónico y lo sincrónico, la lengua culta de época de Cervantes y la hablada en las zonas gaélicas de Munster en las primeras décadas del siglo XX, que es a su vez, como indiqué antes, y precisamente, la de los autores clásicos irlandeses de esa época sombría en que se desmoronó el mundo gaélico, cuando los nobles que pudieron huyeron (el llamado Flight of the Earls de 1607) a otros países católicos como Italia, Francia o España.

Unos años antes había sido el gran fracaso de la esperanza gaélica, que nuestros antepasados contemporáneos de Cervantes no lograron evitar. La animadversión que la España de la época llegó a sentir hacia Inglaterra tras la ejecución de María Estuardo se materializó en la Armada que Felipe II reunió contra la nación hereje, y para surtirla de todo lo necesario, para su avituallamiento, se requisó en varios puntos de Andalucía trigo y aceite. Y de esto, de comisario de abastos, se empleó Cervantes. Cuando por fin partió de Lisboa el 30 de mayo de 1588, la Armada sufrió toda clase de vicisitudes, entre las que estuvo que lejos de desembarcar en Inglaterra, como estaba previsto, algunos de sus navíos fueron a naufragar en las costas de la también católica Irlanda. A partir de entonces, el imaginario colectivo irlandés ha querido ver en toda cabellera morena que brote en los condados marítimos del norte, como Donegal, la huella, los genes de aquellos marinos españoles que fueron vencidos por los elementos. Tanto tiempo después aún conmueve la historia de aquellos soldados de la Invencible. Para aventuras de caballería, trabajos y penalidades los que padeció el capitán Francisco de Cuéllar, y que nos cuenta en la Carta de uno que fué en la Armada y cuenta la jornada, donde narra el naufragio y las peripecias de los que iban en las naos que aparejó Cervantes.

Luego vendría la famosa batalla de Kinsale, en 1601, cuando la fuerza expedicionaria de Don Juan del Águila sufrió el asedio de Lord Mountjoy, y a resultas de la cual Hugh O’Donnell, de prolijo linaje en nuestra historia, hubo de abandonar Irlanda para venir a España.

Pero dejemos la Historia y volvamos a las historias, a los relatos. En la España del XVI y el XVII no eran desconocidos temas irlandeses como el de la isla de San Borondón (originalmente, San Brendan de Clonterf, protagonista de un medieval relato de navegación o immram que pasó al latín y al anglonormando), las aventuras de San Amaro (basado en otro de los immrama) o la leyenda del Purgatorio de San Patricio, del que se ocuparon Calderón en páginas alabadas por Shelley (El Purgatorio de San Patricio), Juan Pérez de Montalbán (Vida y purgatorio de San Patricio), Lope de Vega (El mayor prodigio o el purgatorio en vida) y el padre Feijoo en páginas del tomo sexto de su Teatro Crítico Universal. En justa correspondencia, porque el Atlántico sirve de espejo entre nuestros dos países, Seamus Heaney por su parte traduce (adapta) unos versos de San Juan de la Cruz pertenecientes al “Cantar del alma que se huelga a conoscer a Dios por fe” en un poema dedicado a este Purgatorio de San Patricio que se halla en la denominada Station Island, en el Lough Derg. “Station Island” es, pues, el título del poema de Heaney, y “Lough Derg” el de otro, póstumo, de Patrick Kavanagh, en el que está presente el peregrinaje a la isla próxima a donde estuvo el Purgatorio de San Patricio. La lista de poetas irlandeses que se han ocupado de esta cueva de Montesinos a lo hibérnico han sido muchos. Quedémonos con el más grande de todos: W. B. Yeats escribió también de una visita a este lugar en su poema “El peregrino”, publicado sólo un año antes de morir.

El Lough Derg, las lagunas de Ruidera... ¿Cómo no recordar leyendo el episodio de la Cueva de Montesinos, lugar maravilloso en que se suspenden la vida y la muerte, con un Durandarte y un Merlín y un Guadiana, escudero de éste, que lindan con el encantamiento y la magia, con esa otra cueva de San Patricio en el Ulster (en Ultonia, como dice Feijoo), a la que también hay que descender? Críticos hay que han visto en el pasaje de la cueva de Montesinos un paralelismo entre Virgilio y Cervantes de un lado y Eneas y Don Quijote de otro. Uno ve aquí, además, un episodio en el que brota, como del fondo de una cueva nunca cegada, la tradición céltica del otro mundo, el lugar de esa vida latente que podemos llamar Avalon en la promisoria leyenda arturiana, o también, al fin y a la postre lo mismo, el Purgatorio de San Patricio.

Los celtas fueron reputados maestros de la metalurgia, fabricantes de espadas, artífices de armas, aurífices de tesoros. Sus leyendas están trufadas de armas maravillosas que se unen al general escenario, que encandiló a Don Quijote, por el que campan prodigios y gigantes, hadas y razas mágicas. Por ello parecía predestinado que alguien llamado Bretón de los Herreros se ocupara del Óscar ossiánico en sus poemas satíricos contra el romanticismo en boga y hablara, burlonamente, del “caledonio bardo” (caledonio por el escocés Macpherson, que lo medio inventara, aunque en realidad irlandés hasta la médula). Pero esto nos aleja de nuestro tema...

Sí es pertinente aquí señalar que Ó Laoghaire, cuando menciona a Cide Hamete Benengeli escribe Sídh por Cide. Y esto es de lo más curioso, porque sídh es palabra irlandesa que significa túmulo de entrada al Otro Mundo (el mundo subterráneo, y de aquí otra vez la cueva de Montesinos), de la que viene el término hibernoinglés ban-shee, hada. En la mitología irlandesa, es el lugar adonde se retiró la raza sobrenatural de los Tuatha Dé Danann cuando fue derrotada por los hijos de Míl, el guerrero que llegó precisamente de España según el Lebor Gabála o Libro de las invasiones. En El viento entre los juncos, Yeats titula un poema “The Hosting of the Sidhe”. Los mismos sídhe son citados en una vida de San Patricio recogida en el Libro de Armagh, donde se dice: side aut deorum terrenorum, aludiendo a la creencia de que los habitantes de los sídhe eran dioses telúricos.

La versión de Ó Laoghaire se abre con una introducción en la que el canónigo nos habla de que hubo una vez en que los caballeros errantes recorrían Europa, y los compara con las bandas de guerreros que aparecen en los relatos fenianos irlandeses, rayanos e lo mágico y sobrenatural. No es hasta el sexto párrafo cuando se abre la narración más o menos tal como todos la conocemos: Timpeall na haimsire sin bhí ina chónaí sa Spáinn, i La Mancha, i mbaile beag nach cuimhin liom cad é an ainm a bhí ar, agus gur cuma liom, duine de na huaisle úd ar ghnáth leo roinnt de na córacha a bhain leis an ridireacht a choiméad agus a bheith acu.

La parodia, la sátira, la puesta en solfa de modelos que habían gozado de gran predicamento (léase las novelas de caballerías), son características sustanciales de Don Quijote. Nadie para la sátira como los irlandeses. Dejemos a un lado las huellas de Cervantes, su influencia o confluencias en la literatura irlandesa en inglés, y centrémonos en la escrita en gaélico o irlandés. Veremos entonces que en el siglo XVIII, Seán Ó Neachtain escribió una Stair Éamuinn Uí Chléire (Historia de Eamonn O’Cleary) en la que según Declan Kiberd hemos de ver una parodia cervantina de las narraciones irlandesas, en la que aparecen “motivaciones psicológicas modernas”. El protagonista, un tanto alocado, recibe consejos de su amigo, el virtuoso Aogán. Y que en la Siabhradh Mhic na Míochomhairle (El engaño del hijo del necio consejo) su anónimo autor (quizá Brian Dubh Ó Raghallaigh) sentó las bases del antihéroe en la narrativa irlandesa.

En 1941, un autor en la estela satírica de Swift, Flann O’Brien o Myles na gCopaleen, otro de los seudónimos del impagable autor de El tercer policía, publicó una novela titulada An béal bocht (La boca pobre), que es una mordaz parodia de narraciones irlandesas que giraban sobre las penurias de la vida en las agrestes islas Blasket como An tOileánach (El isleño), de Tomás Ó Criomhthain, y tantas otros ejemplos como el Peig de Peig Sayers, o el Fiche bliain ag fás (Veinte años creciendo) de Muiris Ó Suilleabháin; o también los relatos de Seamus Ó Grianna, que escribía con el seudónimo de Máire, basados en la Gaeltacht de Donegal, la que mejor conocía O’Brien por ser cercana a su nativo Strabane, del condado de Tyrone. Desde hace años, a quien ha querido escucharme, he declarado y creo que con motivo, pues la traduje en 1989, que, salvando las distancias, An béal bocht es a esos libros de paupérrimos villanos irlandeses lo que Don Quijote a las novelas de caballerías. Y curiosamente, como la novela de Cervantes, la de O’Brien hoy es más leída que los modelos de los que partía, lo cual tampoco es bueno del todo, porque sin el conocimiento de los entrañables clichés que maneja es difícil apreciar la maquinaria de su eficacísimo humor.

De O’Brien, el discípulo aventajado que apreciaba en Joyce el humor sobre cualquier otra virtud, a su maestro. Tengo entendido que la palabra e-mail aparece por primera vez en Finnegans Wake. No sé si alguna vez Alonso Quijano llegaría, en una de sus alucinaciones, a imaginar lo que sería internet. Pero sí sé, porque lo he visto en la pantalla, que Don Cíochótae es uno de los libros más vendidos esta temporada en la librería virtual irlandesa litriocht.com, dedicada a la lengua gaélica. No quisiera pensar que ahí se venden tan pocos libros que el ejemplar que adquirí haya llegado a modificar la lista de sus best-sellers. Por nada querría concederme tal vanidoso protagonismo a costa de la salud de una literatura que amo. Por el contrario, me llena de felicidad que entre los apócrifos descendientes de la Armada, entre la población míticamente oriunda de España a partir del famoso Míl del Lebor gabála, ya que no entre la raza feérica de los Tuatha Dé Danann, retirada a cuevas como la de Montesinos, tenga amplia circulación y se lea, y sobre todo se disfrute, el sin par volumen de sus aventuras gaélicas. Don Quijote en lengua de hadas.

(Publicado en Clarín, 59, 2005)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Unamuno decía de El Quijote que "gana traducido". Aunque quería decir algo muy distinto a esa extraña sugerencia de Trapiello: ¿el Quijote en castellano moderno? No hay lengua más "moderna" que la de Cervantes, y lo que nos "echa p'atrás" es la riqueza verbal y retórica del texto, que no tiene nada que ver con su antigüedad.

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Estoy de acuerdo: una "traducción" al castellano moderno emplearía un léxico bastante más reducido. Ah, Unamuno. Qué gran libro el suyo sobre el Quijote. Y Las vidas de Miguel de Cervantes, de Trapiello, es una buena biografía no académica. Es decir, legible.