domingo, 17 de febrero de 2008

El otro Poe


El lector español conoce bien a Poe. Que sus narraciones extraordinarias vengan traducidas de la mano de Julio Cortázar y en una colección asequible y muy bien distribuida ha hecho que se lo lea masivamente desde hace tres décadas. Su poesía sin embargo no ha corrido idéntica suerte. En primer lugar porque es cierto que se trata de un género mucho menos leído. La segunda razón es que no existía una edición satisfactoria de su obra en verso (una excelente, argentina, hacía tiempo que era inencontrable). En Estados Unidos, sin embargo, y a pesar de buena parte de la crítica, ¿quién no puede recitar de memoria los primeros versos, hipnóticos, de “Annabel Lee”?

Edgar Poe se malganó la vida como prosista. En su alma fue, antes que nada, poeta. Edgar, a Poet, es expresión suya que describe su más honda identidad, no tan sólo un retruécano sobre su apellido. En Francia tuvo una acogida extraordinaria, y un poeta como Baudelaire, que lo tradujo, lo alabó con ardor, haciéndose lenguas de cómo el norteamericano logró aunar inspiración y técnica: “Edgar Poe —que es uno de los hombres más inspirados que conozco— puso todo su cuidado en ocultar la espontaneidad, simulando sangre fría y deliberación”. Naturalmente, pensaba aquí en el ensayo “Método de composición”, en el que el autor de “El cuervo” explica la milimétrica mecánica de su más célebre poema. Mallarmé no lo admiró menos.

En lo formal, Poe fue un maestro de la artificiosidad, que a veces cuaja en buenos poemas como el citado “El cuervo” o “Las campanas”, tan llenos de repeticiones y rimas externas e internas, aliteraciones y otros recursos fónicos. Pero a veces, obseso de los códigos cifrados, roza el mero y banal entretenimiento, como en esa página en la que hay que leer la primera letra del primer verso, la segunda del siguiente, la tercera del que le sucede, etc., hasta conseguir descifrar a quién va dedicada su tarjeta de San Valentín.

Su gran tema fue la muerte, y su meta la traslación de la más radical otredad, de la que la muerte participa, al verso. Su poema “Solo”, tan cercano al “Soy” de un contemporáneo suyo inglés, John Clare, también perseguido por experiencias límite, es una afirmación de la diferencia que marca a un poeta maldito, destruyéndolo. El mismo romanticismo, derribando los muros del yo, se derrama en sus muchos poemas a mujeres, todas trasunto de la muerte o la pérdida. Volvemos a “El cuervo”: tomándolo como pretexto, Poe explicó que no hay asunto más poético que la muerte de una mujer hermosa.

El romanticismo de Poe, que toma algo de Byron, tiene mucho más que ver con el de Coleridge y Shelley que con el de Wordsworth y Keats. En más de un aspecto se adelanta al decadentismo de Swinburne, y su concepción del amor no está lejos de la de Dante Gabriel Rossetti, otro viudo a destiempo. Su última presencia en la poesía inglesa puede rastrearse en poetas atormentados y alcohólicos del Rhymer’s Club: Johnson y Dowson. Eliot, el menos romántico de los poetas, no lo tuvo en muy alto concepto.

Publicado en Culturas, 81 (Diario de Sevilla, 14-9-00)

2 comentarios:

Rafael G. Organvídez dijo...

Antonio: aprovecho la ocasión para invitarte a que publiques tu traducción de "El cuervo" y te animes finalmente a traducir la poesía de Poe (creo que la traducción de María Condor y Gustavo Falaquera para Hiperión no te convencía mucho).

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Bien, comprometido queda: pondré aquí mi traducción de "El cuervo", ya aparecida en la antología publicada por Mono Azul (Poe y otros cuervos). Lo de su poesía reunida, ¿quién sabe? ¿Te puedes creer que hace días que le estoy dando vueltas a la idea? Gracias por la sugerencia.