lunes, 4 de febrero de 2008

En lo alto profundo



Independiente, y por eso mismo inclasificable, no adscribible a más cenáculo que el muy exclusivo de la calidad poética (es decir, ese reservado al que las musas invitan a cenar a tan sólo unos elegidos en un simposio o banquete del que, más que ahítos, éstos salen ebrios, embriagados), Eduardo García es eso no tan frecuente entre nosotros: un poeta que piensa. Que piensa, por más que reconozca el papel decisivo de la imaginación. Profesor de Filosofía, es autor de los poemarios Las cartas marcadas (1995), No se trata de un juego (Premio Juan Ramón Jiménez y Premio “Ojo Crítico”, 1998) y Horizonte o frontera (Premio Antonio Machado en Baeza, 2003). Ha publicado además el ensayo Escribir un poema (2000) en las ediciones de la librería Fuentetaja, especializada en talleres de creación literaria.

Más teórico que aquél, pero en el mismo ámbito de reflexión, Una poética del límite es una indagación sobre cómo abordar la escritura de poesía en estos primeros vagidos del siglo XXI; indagación, que no preceptiva, como se encarga de indicarnos su autor, pues se trata de páginas en las que el dogmatismo brilla por su ausencia y en las que sí esplende, por el contrario, la brillantez de un pensamiento libre, cuya única atadura tal vez sea un delicado hilo de plata que lo une a la práctica, a la escritura del poeta, en feliz interacción.

He dicho que Eduardo García es un poeta que piensa; también lo es que sueña. Lo onírico y surrealista hacia donde se desplaza su poesía última así lo indican, más ese cortejo de lo narrativo y lo simbólico, colindante con lo que él denomina “cuento neofoantástico” y que, de la cofradía de Cortazar y Kafka, ya estaba bien presente en No se trata de un juego. Rendido admirador, y cultivador dotado, del símbolo, al que dedica dos capítulos, Eduardo García es en esto cómplice de un poeta que cada día que pasa gana en estatura, Juan Eduardo Cirlot, autor del Diccionario de símbolos por antonomasia y por cuyo volumen recopilatorio En la llama nos felicitamos estos días.

Una poética del límite se cimienta en unas bodas (no pronuncio aquí el nombre de William Blake en vano, pues su sombra está implícita en muchas partes del ensayo) del romanticismo y la Ilustración. Se pregunta el autor: “¿Por qué no sentir y escribir desde un imaginario lírico en el que romanticismo e Ilustración se fundan en una sola configuración de la conciencia?” Y a demostrar que tal maridaje es posible dedica las casi trescientas páginas de este volumen preciso y precioso.

Tal vez cuando se ocupa de la trascendencia y hace que el poeta romántico, según él, empareje introspección y ascesis mística esté pensando García en Hölderlin y Novalis, en el idealismo alemán y en ese creador de cosmogonías y sueños que fue Blake, pero este emparejamiento no es en puridad aplicable a los románticos ingleses; no lo es en Coleridge ni Wordsworth, tampoco en la segunda generación romántica, la de los Byron, Shelley (el ateísta) o Keats (el pagano filohelénico), por más que éste, como Hölderlin o Cernuda, traductor de ambos, fuera un ferviente reavivador del mito y nos dejara el bellísimo Endimión y, a falta de una, como el de Tubinga, dos versiones de Hiperión. Hay otros juicios que uno le discutiría, cortésmente, delante de una taza de té o de una copa, pero a la opinión “me cuesta imaginarme que a un poeta actual le sea posible invocar la trascendencia en sus poemas sin perder credibilidad a ojos de muchos de sus lectores” opondría nombres como los de Miguel d’Ors, José Mateos o Jesús Beades, por sólo citar poetas andaluces.

El símbolo, la imaginación, la analogía, la ensoñación, la escritura automática, son todos elementos que se estudian, con solvente estilo de poeta más que de plúmbea filosofía, en esta obra que tiende a “una poesía fronteriza entre lo realista y lo visionario” y que demuestra que ese territorio es posible. Una poesía que entra de lleno en lo que Luis Antonio de Villena ha dado en llamar “la lógica de Orfeo” (razón y canto) y que corre paralela a la deriva de cierta poesía realista que desde hace ya más de un lustro practican poetas como Felipe Benítez Reyes, Carlos Marzal o Vicente Gallego. Leyendo este esclarecedor libro, no he podido sino recordar esa fórmula que acuñó Juan Ramón Jiménez y que define a la perfección la difícil búsqueda de Eduardo García, cuya persecución de “una trascendencia psicológica, humana, que opera en los abismos de la identidad, salvando niveles de conciencia” no es en definitiva sino una persecución de “lo alto profundo”. Andaluz de adopción, no sé si García pronunciará cima como sima, pero da igual, porque lo piensa. Es la trascendencia en la inmanencia que se postula, y convence, en Una poética del límite.


Publicado en Mercurio, 78 (Sevilla, 2006)