viernes, 1 de febrero de 2008

Hero y Leandro


Está a punto de salir en Ediciones La Palma una traducción mía del gran poema que Marlowe no pudo terminar. Son casi 900 versos que dejan trunca la historia clásica. Como aperitivo, copio aquí un fragmento de la introducción y el comienzo del poema que cuenta la historia de los desdichados amantes:

En nuestra lengua, Alfonso X el Sabio se hizo eco de ella en su General Estoria; en La Celestina se cita a Leandro como amante infortunado; y el tema aparece en romances y también en sonetos de diversos autores, entre los que destacan Gutierre de Cetina, Garcilaso (en su soneto XXIX, que sigue un epigrama de Marcial y que sería a su vez glosado en octavas reales por Francisco de Aldana), Quevedo, Lope y, ya en el siglo XVIII, Nicolás Fernández de Moratín. Gabriel Bocángel compuso Leandro y Hero, poema heroico, y no falta una comedia de Mira de Amescua, que tiene su reflejo en La dama duende de Calderón. Campoamor dejó también un poema sobre lo mismo, y José María de Pereda hizo una recreación en un texto juvenil. Buena parte de esto lo expone muy bien, con apéndice que incluye los textos, Francisca Moya del Baño en su El tema de Hero y Leandro en la literatura española (Universidad de Murcia, 1966). En fechas más recientes recuerdo, con Carlos García Gual, el “Epitalamio de Hero y Leandro”, de Luis Antonio de Villena, y también añado la recreación-homenaje que hace el hoy olvidado Rafael García Serrano en su novela Eugenio o proclamación de la primavera.

HERO Y LEANDRO

De un fiel amor culpable de la sangre,

dos ciudades bañaba el Helesponto

a la vista una de otra, frente a frente,

partidas por la fuerza de Neptuno:

Abidos era una, Sestos otra.

En Sestos habitaba, hermosa, Hero,

y Apolo, enamorado de su pelo

por dote le ofreció su trono ardiente,

donde ver a los hombres desde arriba.

Por fuera eran de lino sus ropajes,

el forro seda roja, con doradas

estrellas dibujadas; verdes mangas

lucían su cenefa con un bosque

que Venus recorría en su desnuda

gloria, para gustar al desdeñoso

Adonis que ante ella duerme ufano. (...)

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