miércoles, 6 de febrero de 2008

Instante


A nadie que haya leído los anteriores títulos de poesía de Eduardo Jordá le podrá pasar desapercibida la aparición de esta nueva entrega, de la que destacaría, por su fuerza, la serie dedica a una visita a Manila. Editado en la colección Vandalia de la Fundación José Manuel Lara, es uno de esos libros imprescindibles.

Visible, como punta de iceberg, desde fecha relativamente reciente, la poesía de Eduardo Jordá se ha ido preparando, con lecturas y experiencias, con madurez acrecentada durante al menos tres décadas, hasta darnos este tesoro que se mide, en el tiempo de los hombres, por poco más de un lustro. Digo tres décadas y veo que no he sido exacto: para tres mil años va ya que la literatura occidental va creando en tradición ininterrumpida para ofrecer a los grandes poetas su almacén de temas, su tesoro de motivos, su repertorio de fuentes de inspiración. Jordá ha recogido ese bagaje y lo ha hecho propio, añadiendo como es natural de su cosecha y haciendo, esto ya es más que evidente, una obra de entre las más sólidas que se van componiendo hoy en España.

Aunque le antecediera la aparición editorial de La estación de las lluvias (2001), su primer poemario es en realidad Ciudades de paso (publicado en Pre-Textos el mismo año). Y antes, incluso, hay que reparar, en un libro del año 2000, Orco, que es una colección de relatos breves con clara intención poética. En él, un texto como “El viaje de los Magos”, que retoma el viejo tema que sólo en el siglo XX ha sido objeto de la atención y el estro de poetas de la talla de William Butler Yeats, T. S. Eliot, Luis Cernuda o Felipe Benítez Reyes. A esto me refería cuando afirmaba que Jordá hace suyo lo antiguo y nos lo da nuevo. En el mismo libro, una pieza como “Canción junto al fuego de turba” denota igualmente su carácter poético con la anáfora “Lluvia y viento”, tres veces repetida abriendo respectivos párrafos o versículos. Esto, por no hablar de la presencia en los textos de poetas como Mandelstam o Rimbaud. La voluntad poética resplandece en esas páginas de manera indudable.

Ciudades de paso ya es decididamente un libro de poesía, con verso generalmente medido en el que prima el endecasílabo que a partir de este momento manará ya espléndido en la poesía de Jordá, no sólo en su eufonía o musicalidad, sino como vehículo de hondas emociones. Porque su poesía emociona siendo la menos solipsista: contando historias, presentando personajes, vidas, contemplando el mundo en torno de manera ejemplar. Se puede decir que es una poesía moral en el sentido más alto del término.

Ya aparecen aquí la familia, las sombras tutelares de la infancia, el anecdotario personal que se hace universal por la poesía. En un poema algo largo y deslavazado como “Cándida”, un diamante como estos versos, que podrían ser uno de los más hermosos epitafios: “Con el manto de polvo que es ahora / Dios podría amasar de nuevo a Adán y Eva, / pero no a la serpiente”. Canta el poeta a las gentes y cosas sencillas, como cuando dice en unos versos “aquí vivieron hombres y mujeres / cuya simple existencia, tan callada, / a diario nos obliga a ser mejores”. Y ello sin eludir lo visionario, lo mágico, lo inexplicable. Y, compartiéndola con Orco, la narratividad y el versículo de “Casa” o de “Cemetery Ridge”, un logrado contra la guerra ambientado en la de secesión de los Estados Unidos.

Luego vendrían Tres fresnos (2003) y Mono aullador (2005), confirmando su calidad. Dejo para más adelante, tras lectura atenta, una nota sobre este Instante. ¡Qué bien empieza el año en poesía!

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