viernes, 22 de febrero de 2008

La distracción o el humor


Como se recordará, uno de los libros cimeros del superrealismo español es La destrucción o el amor, de Vicente Aleixandre. Varias décadas después, un poeta irreverente y deliberadamente prosaico, super realista, trastocaría aquel título en La destrucción o el humor. Si Aleixandre y Salvago son sevillanos de nación, un sevillano de adopción, Fernando Iwasaki (Lima, 1961), le ha dado ahora la vuelta al título de la gran obra del Arcipreste de Hita, y en la línea abierta por el Nobel y otrora novel hispalenses, añadiendo otra vuelta de tuerca a la tradición literaria, podríamos calificar a su Libro de mal amor, alternativamente, como “la distracción o el humor”.

Colección de relatos ordenados cronológicamente más que novela, el último de Iwasaki es un libro amenísimo y entretenido que con un envidiable derroche de humor narra diez fracasos amorosos a cuál más desternillante. Se puede afirmar que todas y cada una de sus páginas están tocadas por esa cualidad que Oscar Wilde ponía por encima de todas las demás: el encanto.

Amada tras amada —Carmen, Taís, Carolina, Alicia...— Iwasaki va recobrando los elementos de una educación sentimental —no en vano, varios episodios tienen lugar en una academia en la que imparte clases— en las que los fracasos, sin dramatizar, se van pasando unos a otros el testigo (son, como en una comedia de Billy Wilder, a un tiempo divertidos y emocionantes, hilarantes y no por ello menos melancólicos). Como no podía ser de otra manera, el estilo de Iwasaki —que linda con el de Cabrera Infante sin llegar a los extremos de glotonería lingüística de Julián Ríos— es territorio natural de paronomasias y calambures. La gracia de los juegos de palabras y esa otra gracia superior, el citado encanto, ponen un dique a lo que en otros sería una lacrimosa memoria de desengaños acres.

El virtuosismo en el dominio del lenguaje llega a cotas altísimas en “Rebeca”, pero el lance más arrebatadoramente hermoso, por lo que tiene de contención y renuncia, tal vez sea “Alicia”, tan delicado como los pasos de baile de uno de esos ballets que rememora.

Uno lee estos relatos de Iwasaki con una suerte de narcisismo a la inversa: se ve identificado con lo patoso del personaje en sus choques de antaño contra murallas infranqueables que no abrieron las puertas a su amor. Últimamente se habla mucho de las cualidades terapéuticas de la risa. Libro de mal amor contiene, más que capítulos, diez cápsulas de muy grato sabor para el rejuvenecimiento.


Publicado en Clarín, 34 (Oviedo, 2001)