lunes, 4 de febrero de 2008

La hermana mayor


Con sus treinta y nueve años, fue extraordinariamente longeva Charlotte Brontë. Su hermana Emily llegó sólo a los treinta, y Anne ni siquiera a eso. Otras hermanas casi anónimas, que lógicamente no llegaron a pergeñar obra alguna, se quedaron varadas en esas edades náufragas de los doce y los diez años, y el único varón apenas sobrepasó las tres décadas. Una vez más, la naturaleza imitaba al arte; la biología y la enfermedad a las heroínas de sus románticas novelas.

Aunque Charlotte fue sobre todo novelista, no podemos olvidar su discreto uso del verso, y su concomitancia en el sufrir fraternal con John Keats (otro escritor cuya familia, como la suya materna, procedía en parte de Cornualles), quien también vio morir tísico a un hermano menor con el que estaba muy unido; o con Alfred Tennyson, quien antecedió a Charlotte, Emily y Anne en la publicación con sus hermanos Frederick y Charles (en este caso chicos de verdad, no como los seudónimos masculinos tras los que se ocultaban ellas) de una colección de versos primerizos. Otro poeta, al que Charlotte admiró sin reciprocidad, Robert Southey, concuñado de Coleridge, puede ser traído aquí a colación por su pertenencia al círculo de los llamados “Poetas de los Lagos”, con los que el mundo literario inglés adquiere un nuevo centro de gravedad en el norte del país: en Cumbria, tan presente en Wordsworth, y en el desolado Yorkshire occidental, tierra de las Brontë y vivo en su literatura. En medio, el Manchester manufacturero de Elizabeth Gaskell.

La periferia latía con desusada fuerza. Si la hoy preterida Maria Edgeworth dio un inequívoco sabor irlandés a sus novelas, y Walter Scott hizo lo propio con Escocia en las suyas, Charlotte Brontë, se ha dicho, consiguió con Shirley la primera novela regionalista inglesa, llena de rasgos y situaciones locales. Y aunque los páramos y el indómito paisaje ya eran un personaje más en su Jane Eyre o en las Cumbres borrascosas de su hermana Emily, en Shirley afloran los conflictos sociales con su cohorte de telares y trabajadores depauperados, pura Revolución Industrial pasada por el tamiz de los sentimientos y una perspectiva femenina que incomodó a no pocos hombres de letras victorianos. Esa preocupación por la cambiante Inglaterra y su impacto en las relaciones humanas fue compartida por su amiga y biógrafa Gaskell en dos novelas (Mary Barton, de 1848, y Norte y sur, de 1855) y por el propio Charles Dickens en Tiempo difíciles, de 1854. También para ellos, Charlotte Brontë fue, como para Emily y Anne, una especie de hermana mayor; en particular, para varias generaciones de escritoras que han admirado, e imitado, su admirable fusión de elementos románticos con unas observaciones realistas que no quedan lejos de la sátira de costumbres.


Publicado en
Culturas, 97 (Diario de Sevilla, 4.1.01)

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