sábado, 9 de febrero de 2008

LA ÚLTIMA LECCIÓN DE KEROUAC


Como Proteo, la rebeldía adopta formas diversas que arropan una sustancia constante: la de evitar lo trillado, evitando complacencias. Su resultado suele ser la incomprensión y el denuesto, cuando no el desprecio y la lástima. Jack Kerouac fue en su juventud el campeón de la Beat Generation americana y se granjeó, junto con la admiración de un creciente número de pocos, el odio del sistema burgués mayoritario en su país. Su libro On the Road se convirtió rápidamente en una lectura de culto, y su figura adquirió una talla formidable en el mundo cultural alternativo, especialmente en los círculos de la Costa Oeste y Nueva York. Él fue el novelista por antonomasia, más que Burroughs o Bowles, entre una constelación de poetas como Ginsberg, Ferlinghetti, Snyder y Corso.

Al final de sus días, con su rebeldía intacta, Kerouac se volvió contra los nuevos mitos de los que él mismo había sido artífice y mostró (apenas veladamente, porque se retiró del mundo en un pequeño piso de Florida, pertrechado de cerveza y whisky, de su mujer y su madre) un nuevo rostro molesto, iconoclasta, desafiante.

Sus últimos meses los pasó allí encerrado. Quienes lo visitaron nos han dejado un testimonio indigerible por los bienpensantes de la izquierda, pues es el caso que Jack Kerouac, el apóstol de la droga y el sexo, al final se había aproximado —ah, tanto vivere pericolosamente— a unas posiciones nada cómodas, las de denunciador renuente, cruce de John Wayne e indio embrutecido por el alcohol, de los males del progreso. De vuelta de sus experiencias seudomísticas con el Zen, abrazó de nuevo la fe de la Santa Madre Iglesia, como harto de recalar en tantos lechos se hundió en la serena calma de una esposa aturdida. Así era este Kerouac, que parecía que otra alma hubiese reencarnado en su dolorido cuerpo: despotricaba de comunistas y judíos (de Ginsberg vino a decir poco menos que había sido su Judas), leía La decadencia de Occidente de Spengler, y no paraba de hablar de sus antepasados bretones (de los que ya había tratado en un libro menor de su bibliografía), del catolicismo y del Papa de entonces, Pablo VI, de quien llegó a hacer un retrato que colgó en su habitación.

Escribió poco antes de morir un artículo dinamitero, como todo lo suyo, en el Chicago Tribune: allí ponía de vuelta y media a tantos impostores y epígonos de lo que se había convertido en un nuevo Establishment literario, manejado, según él, por comunistas. A raíz de la publicación de este artículo lo visitó un grupo de jóvenes nazis, a los que no dudó en echar con cajas destempladas. Tampoco es cierto que sólo leyera a Spengler: también estaba enfrascado en sus últimos meses en la biografía del Dr. Johnson por Boswell y releía Tristram Shandy.

La lección moral del último Kerouac no hay que verla en el sesgo reaccionario que había adquirido su pensamiento, sino en la vuelta de tuerca que ello supuso en su inconformismo: Ginsberg ya era beneficiario de numerosas prebendas, y a él no le hubiera sido difícil obtener una codiciada plaza de escritor residente o director de alguno de los numerosos talleres literarios de las universidades del país. Podía haber vuelto a viajar, no ya como el marino mercante de juventud o el vagabundo del dharma de su propia máscara de los años cincuenta, sino como una estrella levemente provocativa y remunerada o como un gurú con tarjeta oro y un harén de hippies novicias o dotados mancebos.

En un artículo publicado cuando aún los dos grandes monumentos de la Beat Generation (En el camino y Aullido) no habían sido publicados, el poeta y crítico Kenneth Rexroth escribió esta profecía, que en el caso de Kerouac no pudo ser más certera: “Creo que la mayor parte de toda una generación quedará hecha ruinas: las ruinas de Céline, Artaud, Rimbaud. Y esto lo hará voluntaria, incluso entusiásticamente”. El camino de autodestrucción de los tres escritores mencionados sería la road, el camino accidentado de Kerouac, también él, como Rimbaud, Artaud o Céline, con sangre francesa. Su rebeldía contra la mediocridad circundante, por otra parte tan americana, forma parte de una tradición subterránea que va desde Thoreau a Whitman y Pound y llega turbulentamente a él. Su lección no es tanto trágica como patética, y nadie le negará el dudoso mérito de haber arruinado su vida —y aún su imagen— con meticuloso empeño.

Publicado en La mirada, 129 (El Correo de Andalucía, 12-9-97)