martes, 19 de febrero de 2008

La última novela de Jack London


Hacía mucho tiempo que no estaba entre nosotros este libro con el que Jack London se despedía del género novelístico y del humano, meses antes de suicidarse en 1916, cuando el voluble éxito le sonreía con lo que para él era sólo una mueca equívoca e inquietante. El vagabundo de las estrellas es, a modo de testamento, una ejemplar mezcla de las dos grandes tensiones que agitaron la vida de London: la aventura personal, de un individualismo irreductible, y sus ideas socialistas, fruto de esa preocupación por los semejantes que sólo tienen los muy fuertes y solitarios, como lo fue él mismo. Afortunadamente para él, pues tiene que fatigar suicidarse dos veces, no tuvo ocasión de ver la Revolución de Octubre ni sus conocidos resultados, reflejados en la celebérrima Rebelión en la granja de Orwell, un autor con el que comparte algunas cosas: de un lado, su denuncia de las condiciones miserables de la clase trabajadora inglesa (véanse sus libros-reportaje El camino a Wigan Pier y El pueblo del abismo, respectivamente); de otro, la idea que ambos tuvieron de basar una de sus narraciones en el futuro, dibujando sombrías estructuras totalitarias, como sucede en 1984 y El tacón férreo.

En lo personal, London fue siempre un ser inquieto, lo mismo a la caza de focas que enfebrecido por la búsqueda del oro, empeñado en el tráfico de ostras o como corresponsal extranjero en azarosas circunstancias. Huyendo siempre, como queriendo evitar que lo alcanzara un destino que tal vez predijeron sus crédulos padres, astrólogo el uno, la otra espiritista. Curioso socialista y en el fondo gran misántropo London, que hizo a dos perros protagonizar sendas novelas: La llamada de lo salvaje y Colmillo blanco.

En El vagabundo de las estrellas, London parte de la experiencia de un amigo suyo, reducido a casi una condición también animal, que permaneció cinco años incomunicado en una celda de la prisión de San Quintín, sometido a la camisa de fuerza y tan radicalmente solo como probablemente London estuvo siempre entre los hombres. Pero Darrell Standing, el protagonista de este singular libro, viaja a través del tiempo y del espacio quebrantando prisiones con la imaginación, huyendo así a la tortura y a la terrible realidad de la cárcel. Dice Standing: “A lo largo de insoportables noches, a través de una angustiosa oscuridad que duró años y años, he estado a solas con mis muchas identidades y he podido contemplarlas y examinarlas.”

Y la narración de esas múltiples vidas, fruto de lo que más tarde se conocería, en perfecto endecasílabo, como “estados superiores de conciencia” es el hilo de este libro, en el que se van ensartando cuentas de un penoso rosario que en última instancia constituye una hermosa alegoría sobre la libertad y sobre la imbatible voluntad humana. Más que de la metempsicosis o el mundo onírico, de lo que aquí habla Jack London con estoicismo es de la capacidad de mantener la dignidad cuando todo conspira contra ella, de que el miedo y la rendición son mucho peores que la muerte física.


Publicado
en Culturas, 99 (Diario de Sevilla, 18-1-01)

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