lunes, 4 de febrero de 2008

La muerte de Camus


Un des plus beaux villages de France, según reza en las guías y en la placa que anuncia la villa, nuestro primer alojamiento en la Provenza fue en Lourmarin. Antes de descansar en el Moulin, una almazara restaurada, hoy hotel de Edouard Loubet, el chef que más joven atravesó las jambas del templo de la Guía Michelín, vimos una señal que, a la derecha conforme se viene de Lauris, indicaba la dirección del cementerio. No sabía yo en aquel momento que Albert Camus tiene su tumba allí, ni que lo acompaña a escasa distancia otro escritor, Henri Bosco, pariente del fundador de los salesianos y muy popular y querido en la región.

Al cementerio de Lourmarin se accede por un camino angosto y algo sombrío al fondo del cual hay un portón. Por contra, ya en él, se ve que el cementerio es un lugar abierto al paisaje en derredor que comulga con los montes de Vaucluse. Sin solución de continuidad, las lápidas dan paso a los cipreses, esos cipreses tan propios de Provenza a los que dio en pintar Van Gogh, y a los árboles y arbustos del Luberon. La tumba de Camus está bajo una modesta lápida que sólo tiene grabados su nombre y las fechas de su nacimiento y muerte: 1913-1960. Según la estación propicie una flora u otra, la rodean margaritas, lavanda y otras hierbas provenzales que se van turnando en la ofrenda feraz de sus aromas.

Con el dinero del Nobel, Camus compró aquí su última residencia, en 1958, dos años antes de su muerte. En sus Carnets anota que pasó el mes de septiembre de 1958 revisitando la comarca de Vaucluse, buscando una casa. Ya había estado en varias ocasiones a partir de 1946, cuando fue a encontrarse con Bosco, y pasó varias vacaciones aquí, no lejos de L’Isle-sur-le-Sorgue, donde vivía su amigo René Char. Finalmente Camus adquirió la de Lourmarin, una casa de dos plantas con contraventanas azules y tejas romanas de terracota al estilo de la región, y con un hermoso balcón, abierto al campo. Aquí vivió con su mujer y sus dos hijos. Resulta extraño, cuando uno piensa en lo verdes que son éstas, pero el caso es que las montañas del Luberon le recordaron a las de su nativa Argelia, que uno, que no ha estado allí, imagina, seguramente equivocado, mochas y desertizadas. El caso es que Camus fue a Lourmarin por indicación de su antiguo profesor de filosofía en Argel, que había residido como becario en el castillo de la localidad, la “Villa Médicis” de la Provenza propiedad de la Fondation Laurent-Vibert. Fue el año de 1929, el mismo en que se alojó allí, gracias a la citada Fundación, Bosco. En Lourmarin, Camus solía almorzar con su amigo Jules Roy en el restaurante del Hôtel Ollier, utilizando un seudónimo para ir de incógnito y escapar así a la curiosidad de los turistas. Monssieur Terrasse, lo llamaba la dueña. No solía beber vino, sino café, y, eso sí, fumaba Gauloises.

Camus murió el 4 de enero de 1960, el mismo día, cinco años antes, que T. S. Eliot. Como Altolaguirre cinco meses antes, igual que Sebald décadas después, y al igual que Robert Laurent-Vibert, el filántropo que legó el castillo de Lourmarin para actividades culturales, Camus perdió la vida en un accidente de coche, en el que también falleció su amigo y editor, Michel Gallimard, que iba al volante de un Facel Véga Coupé. El caso me recuerda a otro: un editor fallecido en similares circunstancias, el español Fernando Lara, quien parecía destinado a pilotar el imperio editorial de Planeta y murió también en un accidente de automóvil.

Hay algo de fatalidad en la muerte de Camus, y este su postrer viaje ilustra su carácter mujeriego, pues liga muerte y erotismo, fórmula de atracción siempre: sólo unos días antes del accidente escribió a cuatro amigas o amantes llamándolas al serrallo de su imaginación y expresando su deseo de verlas y lo inminente de un encuentro que no se produciría ya nunca (más apropiado sería decir los encuentros, que no era hombre de una sola baraja). A la actriz Maria Cásares, con la que había mantenido una relación de dieciséis años, le había escrito invitándola a cenar precisamente el 4 de enero, una cita a la que acudiríasauf les hasards de l'automobile”.

Conductor yo mismo por aquellos parajes, me alivia saber que el accidente no se produjo en las inmediaciones de Lourmarin, donde la carretera que lleva a Bonnieux está particularmente plagada de curvas, sino lejos en la nacional 5, cerca de Sens y Petit Villeblevin, en Yonne. Camus había dicho en cierta ocasión: “No conozco nada más idiota que morir en un accidente de automóvil”, mourir en voiture est une mort imbécile. Fausto Coppi, campeón italiano de ciclismo, había muerto así dos días antes, y se recuerda que cuando lo supo el escritor expresó que la muerte suele golpear de forma súbita y prematura a las personas célebres. Aquel 4 de enero, el coche que conducía Gallimard se salió de la calzada (había llovido y ésta estaba mojada). El vehículo fue a chocar con un árbol, uno de esos plátanos que escoltan tantas carreteras francesas en la realidad y las películas, y Camus, que viajaba en el asiento trasero derecho, se partió el cuello y murió instantáneamente. ¿Velocidad excesiva, reventón de un neumático, indisposición del conductor? En un principio, había pensado en ir en tren, pero Gallimard le convenció para que viajara con él en su coche nuevo. Camus murió con el billete de tren en el bolsillo. De los restos del coche de Gallimard, esparcidos en un amplio radio, los gendarmes extrajeron un maletín que contenía las ciento cuarenta y cuatro páginas del manuscrito del libro que acababa de escribir Camus, una novela autobiográfica, escrita en Lourmarin, titulada El primer hombre y que no sería publicada hasta 1994.

Camus se pasó la vida teorizando sobre el suicidio, y para algunos esta muerte suya tan de cuento oriental (morir en coche teniendo un billete de tren para el mimo trayecto en el bolsillo) tiene sentido (murió en Sens, no se olvide) y estaba predestinada. Unas semanas antes del accidente, su amigo el escritor Emmanuel Beri le recomendaba que tuviera mucho cuidado en el viaje de vacaciones a Lourmarin. Camus contestó: “No tengas miedo, detesto la velocidad y no me gusta el automóvil.”


(Fragmento de "Páginas de Provenza", publicado en Clarín, 62, 2006)

1 comentario:

EVA DÍAZ PÉREZ dijo...

Impresionante y estremecedor artículo, Antonio.