sábado, 2 de febrero de 2008

La poesía de Graves


Los párrafos siguientes son la escueta introducción que antepuse a la antología de Robert Graves, Poemas, publicada en la colección La Cruz del Sur, de la editorial Pre-Textos. Yo a Graves le tenía manía por haber sido él beligerante contra mi admirado Pound. Pero la bilis es mala tinta. Era de justicia rendirle esta antología, y conocer mejor sus versos. Desde luego aprendí mucho en el camino, y no puedo sino recomendar su lectura:


Más conocido por sus novelas históricas (Yo, Claudio, Claudio el dios, Rey Jesús, etc., y por Adiós a todo eso, ese espléndido borrón y cuenta nueva, memorial de su juventud), Robert Graves quiso ser sobre todo poeta, o más exactamente bardo, con todo lo que ello tiene de recuperación de un mester olvidado que linda con experiencias cuasirreligiosas. Su padre, irlandés, fue también poeta y tuvo vinculación con el Eisteddfod, el festival poético de Gales cuyas raíces se confunden con las del neodruidismo decimonónico. El mismo Robert llegó a confesar en una entrevista cuánto debía a la poesía galesa, incluso reconoció que su primer poema publicado en libro era una estrofa que seguía el modelo de una forma que tuvo su apogeo a partir del siglo IX. Siguiendo esa vocación, Graves (1895-1985) cultivó durante toda su vida el verso, a lo largo de varias decenas de entregas (nuevos poemarios y sucesivas recopilaciones a las que añadía y de las que también podaba), las cuales fueron profundizando en una obra en la que, sobre cualquier otro tema, predomina el del amor y el culto a la mujer, vista o adivinada como trasunto de esa diosa blanca a cuyo estudio y reivindicación dedicó igualmente buena parte de sus energías de ensayista. Abominó de Apolo y lo solar para refugiarse en el seno de Venus: mujer y luna fueron sinónimos de su devoción, una devoción casi enfermiza con la que no hubieran estado de acuerdo muchas feministas (en un poema escribió “La magia se enreda en el pelo de una mujer / para ilustración del orgullo masculino”).

A los veintiún años publicó su primer poemario, Over the brazier, mientras combatía en Francia alistado en los Royal Welch Fusiliers, como su amigo Siegfried Sassoon. A Sassoon, que firmó un duro alegato contra la guerra, lo defendió Graves, que alcanzaría la graduación de capitán, en un episodio recreado por Pat Barker en su novela Regeneration, de la que hay una película homónima. Fue herido en la batalla del Somme y dado por muerto (así lo publicó el diario The Times, que casi setenta años después hubo de dar la verdadera necrológica). La experiencia de la guerra lo marcó grandemente, como se puede apreciar en los inicios de su obra, en la que también aparece con prodigalidad el Gales rural y casi fuera del tiempo en el que veraneaba durante las vacaciones escolares (en Harlech, donde están enterrados sus padres) y cuyas cumbres de Snowdonia ascendió como montañero discípulo de Mallory (uno de los poemas recogidos en esta antología muestra con humor la llegada del ferrocarril a ese extremo del mundo).

La segunda fase de su producción poética, que es decir de su vida, tan inseparables hizo la una de la otra, comenzó cuando en 1926, estando casado con Nancy Nicholson, conoció a la poeta norteamericana Laura Riding, una energía devastadora que hizo tambalear su existencia y sus convicciones; la convivencia con esta musa caprichosa fue algo muy parecido a un tormento. Ella revisaba lo que él escribía e hizo que destruyera muchos poemas. La pareja vivió siete años en Deià (Mallorca) hasta que estalló la Guerra Civil española. Este año de 1939 fue también el de su ruptura con Riding (dolorosamente expresada en el poema “La luna acaba en Pesadilla”). Posteriormente se casaría con Beryl Hodge (fallecida mientras escribo este prólogo), con quien volvió a residir en Deià, y a cuya sombra inspiradora escribió durante la etapa más prolífica de su carrera poética. A partir de cierto momento, Beryl fue más la esposa y la madre de sus hijos que el amor, esa chispa de las que nacen tantos de sus versos. Pero no se agotó con ella la inspiración de Graves: también tuvo otras musas jóvenes cuyo trato frecuentó, como un crítico y antólogo ha declarado, más como un idealista Don Quijote que como un voluptuoso Don Juan.

Los poemas de esta antología, seleccionados de entre todas sus épocas, discurren por orden cronológico de publicación (alguno, que permaneció inédito durante varias décadas, aquí se inserta en la época en que fue escrito). El último de ellos se dio a la imprenta cuando el poeta contaba ya ochenta años. Fuerza es que de obra tan amplia algunas facetas no puedan tener cabida en una antología como ésta: así, sus versiones del galés o irlandés medievales, o sus divertimentos escritos en latín o español (éste escrito en una breve estancia en Méjico). El magro corpus aquí reunido no llega a ser ni una vigesimal parte de su poesía, pero se puede afirmar sin temor a errar demasiado que es una muestra representativa de sus preocupaciones y tendencias estéticas, incluidas, aun en pequeña escala, sus reiteraciones.

La obra de Graves no se parece demasiado a la de otros poetas contemporáneos en lengua inglesa si no es, muy tangencialmente, a las composiciones amorosas de Yeats, con quien comparte asimismo las visiones y la dependencia de la mujer como médium o musa trascendente. Las innovaciones de Pound o Eliot no lo influyeron lo más mínimo, y los poetas que vinieron después, como Larkin o Auden, por no decir los que eran jóvenes en los años sesenta y setenta del pasado siglo, cuando él todavía escribía poesía, cultivaron unos temas y modos ajenos a los suyos, por más que Hughes o Heaney hayan tenido para él un reconocimiento explícito.

Todo esto es sabido, y el contexto de Graves ya puede verse en los manuales de literatura; quizá sea aquí más pertinente, pues todo traductor hace su propia lectura, incluir algunas curiosidades y glosas sobre los poemas recogidos en este muestrario. Por ejemplo, que el Estrabón de “La Legión” tiene un notable parentesco con el Bertran de Born de la “Sextina Altaforte” de Pound (para quien Graves, olvidando el precedente de Sassoon y a pesar del pacifismo radical de Hugh Selwyn Mauberley, el poemario en el que el autor de los Cantos se empleó contra la Gran Guerra, pidió la pena capital por su “traición” a los Estados Unidos). Por otra parte, un celtista redomado como yo no podría dejar de mencionar la curiosa coincidencia entre “Un niño en misa” con un poema irlandés del siglo X, “El monje distraído”, en el que el magín del protagonista se aleja traviesamente de los rezos, dejando vagar la atención. “Acres rocosos” alude a la naturaleza del querido campo galés, que Graves reconoció haber encontrado de nuevo en Deià, con su paisaje abrupto y en aquel entonces indómito; la casa que allí se construyó dio en llamarla, en mallorquín, C’an Alluny, “Casa Lejos”. En cuanto a “Un incidente galés”, al que me referí arriba, no puede ser una escena más fordiana: recuerda la llegada del tren al andén de Innisfree en El hombre tranquilo y, sobre todo, uno de los episodios, cómico donde los haya, de The Rising of the Moon. La anécdota de la que parte el poema es un viaje en ferrocarril del poeta con su padre, en el transcurso del cual un policía galés, con toda seriedad, les contó cómo la semana anterior había visto con sus propios ojos ¡una sirena!

Un par de notas más, como aperitivo de lo que viene: el Juan al que el poeta se dirige en uno de sus poemas preferidos por la crítica es uno de los hijos que tuvo con Beryl. Y “No dormir” hemos leído en alguna parte que lo inspiran las estancias en su casa de Deià de Ava Gardner, con quien tuvo una estrecha amistad (ella da a entender en sus memorias que, de haberse él acercado, podría haber habido algo más). En sus últimos años, Graves vivió obsesionado por la idea de que la poesía lo abandonaba, de ahí esa necesidad de tener siempre una musa joven (no podía concebir la poesía sin amor). Los últimos poemas de esta antología dan cuenta de esa desazón creativa: “En la cancela”, “Crisoles de amor” y “El poema no escrito” hablan de ello.

Traducir a Graves no es fácil: como Hopkins conoció las elaboradas formas galesas, y en muchas ocasiones hace un empleo de la rima, un tanto epocal, cuya emulación en español carece hoy de sentido; otras veces, espejo de su alta figura de revuelto cabello, el verso es desgarbado y desigual, estofado con palabras raramente “poéticas”. En cualquier caso, cuando Graves opta por un término discutible como “coidéntico”, el traductor no tiene sino que asentir y aceptar la decisión del poeta, pues se trata de “su” poema, no del nuestro.

Me he servido de la edición de los poemas recogida en el volumen The Complete Poems in One Volume (Carcanet), publicada el año 2000 en Manchester al cuidado de Beryl Graves y Dunstan Ward. En el caso de “La Diosa blanca” he optado por una ligera variante anterior a la última corrección del poeta (Graves, sin llegar al paroxismo de Juan Ramón, corregía constantemente). Algunas de las traducciones de estos versos vieron la luz en el catálogo de la exposición sobre el autor celebrada en diciembre de 2002 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. En el entusiasmo y la sabiduría de Aurora Sotelo, su organizadora, está el germen de este libro.

1 comentario:

Enrique Baltanás dijo...

Enhorabuena por el blog, y gracias por el enlace, que ya está correspondido.