viernes, 29 de febrero de 2008

La poesía de la guerra




Entre los vicios que uno está dispuesto a confesar, hay uno de rostro terrible que le aqueja desde niño y aún no ha conseguido desterrar del todo pese a los imperiosos dictados del intelecto e incluso del corazón: es éste la atracción y hasta fascinación sin tasa por Marte, ese dios que envenena la sangre para, en pleno paroxismo de la rabia, verla derramar estéril y gratuitamente, sin ni siquiera la excusa de la necesidad vital —mortal— que un conde transilvano tiene de beberla y metabolizarla. Marte y muerte, Mars y mors, son casi lo mismo, y la lengua latina, en César, en Tácito, en Virgilio, una peligrosa invitación a lo bélico siempre.
Al descerebrado lector y escritor que es uno, le gustaría apuntarse a alguna cofradía de belicistas anónimos o asociación de lectores de Soldier of Fortune en rehabilitación, pero aún guarda, demasiado poderoso, el recuerdo de los soldados de juguete de su infancia. Lo cual no quita para que también quiera exonerar de cualquier culpa de ese nefando vértigo a sus padres, al medio, a su país: con los grandes pecados, con estoicismo militar, ha de cargar uno solo, que no es cosa de azuzar a los perros asilvestrados del remordimiento contra otras conciencias que no sean la propia.
El libro con el que ahora brego sobre el campo de batalla de mi mesa es una antología sobre la poesía que han inspirado las guerras, un ejército de versos de muy diversos batallones y armas. The Faber Book of War Poetry, editado por Kenneth Baker, reúne mucho de lo mejor que se ha dicho sobre el asunto, desde las más encendidas apologías a los lamentos más sobrados de razón y pesadumbre. Como secuencia interminada del número de la Bestia, 66 son las secciones en las que se reparte el contenido del grueso libro, tal ha cautivado la poesía bélica a los poetas. Una selección al azar de su nómina arroja la siguiente lista: composiciones sobre la música marcial, las mujeres dejadas atrás, el reclutamiento, los mercenarios, el consuelo en la obscenidad, valor y heroísmo, burros, fortificaciones, victorias, desastres, los viejos buques, asedios, enfermeros y médicos, el pillaje, los supervivientes, el pacifismo, el regreso tiempo después a los campos donde se combatió...
La mayoría de los poetas pertenece al mundo angloparlante, pero no son escasas las traducciones de Camoens, Pasternak, Ajmatova, Du Bellay, Brecht y otros. De nuestra lengua sólo se ha vestido con uniforme inglés a Neruda y a ese soldado desconocido que es el autor del Poema de Mío Cid. Nuestros clásicos podrían estar más representados, pero si hubiera que añadir dos poetas contemporáneos nuestros a la legión que forma en las páginas de este libro, uno mencionaría los nombres de Julio Martínez Mesanza (con cuyos versos sobre la lealtad cerró Álvaro Mutis hace poco su discurso en la ceremonia de concesión de los premios Príncipe de Asturias), y Antonio Colinas, siempre tan armónico y pacífico, que cierra una de las secciones de Noche más allá de la noche con las palabras de un legionario romano agonizante que, destacado en la Hispania contemporánea de la Eneida, pide en sus estertores últimos “Grabad sobre mi tumba un verso de Virgilio”.
Hay muchas líneas y estrofas memorables en esta antología escrita durante siglos y al alimón por ambos bandos (panegiristas y detractores), pero una común grandeza se superpone a sus insignias y estandartes, y casi siempre escuchamos el aliento de lo trágico. Figura aquí la más hermosa arenga que se haya pronunciado nunca: la que ese general insuperable, William Shakespeare, puso en boca de Enrique V (acto cuarto, escena tercera), antes de la batalla de Agincourt. Quien haya visto la película de Kenneth Branagh no olvidará ya nunca el día de San Crispín ni ese canto codicioso de gloria: “Nosotros pocos, afortunadamente pocos, en bandería de hermanos.” También está el desaforado poema de Robert de Born que inspiró la “Sextina Altaforte” de Ezra Pound, y fundamentadas y tentadoras invitaciones a la no incorporación a filas, e incluso a la deserción, firmadas por A. E. Housman y otros. Hay mucho de terrible en la poesía de o sobre la guerra, y un peligroso romanticismo en ideas como la que transmite un vicealmirante japonés, versos que podrían rezar como credo de los kamikazes:


FLORES EN EL VIENTO

Hoy abriéndose, esparcidas luego:
la vida es como una flor delicada,
¿quién puede esperar que su aroma
dure por siempre?


La portada de este libro es del color de la sangre.




(Publicado en La Mirada, 151, El Correo de Andalucía, 27-2-98)