La otra mañana

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© Juan María Rodríguez

domingo, 17 de febrero de 2008

La poesía de Oscar Wilde


Siendo alumno del Trinity College dublinés, Oscar Wilde recibió una influencia que sería providencial en su escritura, y en particular en su cultivo del verso: la de un joven profesor de historia antigua y helenista por indicación del cual viajaría a Italia y Grecia y se decantaría por el estudio de las lenguas clásicas. Después, en el Magdalen College, en sus años oxonienses, Wilde vivió bajo el influjo del esteticismo preconizado por Walter Pater y sus Estudios sobre la historia del Renacimiento. Curiosamente, y como refutando cualquier teoría que pudiéramos albergar sobre el determinismo, Pater fue también profesor de otro poeta diametralmente opuesto a Wilde: Gerald Manley Hopkins, un inglés que se trasladó a Irlanda, al revés que él, que lo hizo de Irlanda a Inglaterra, y cuya poesía no puede ser más distinta. En 1871, Wilde ganó un premio de poesía por su composición “Ravenna”. Es éste, oficialmente, el comienzo de su carrera poética.

El primer libro de Wilde, pagado de su bolsillo, fue precisamente de poesía (Poems, 1881), y ya en él se manifiesta la antedicha influencia de Pater, más la de John Ruskin, además de aparecer el tema de la homosexualidad. Eran versos ya publicados en revistas, nada originales, como vio la crítica: un eco de Swinburne aquí, un dejo de Rossetti allá... En la revista Atheneum se dijo: “Cuando se agote su popularidad escandalosa, las poesías de Mr. Wilde, a pesar de cierta gracia y belleza, sólo se encontrarán en las estanterías de los que buscan curiosidades en literatura”. Sin embargo, La balada de la cárcel de Reading, escrita entre 1897 y 1898 tras su salida de prisión y durante su autoexilio en Francia, es una obra de gran alcance, nada frívola, y llena de esa piedad que aflora, bajo otra forma, en sus bellísimos relatos. Cuando se publicó, en vez de con el nombre de Wilde, apareció firmada por C.3.3. (su filiación como preso).

Muchos de sus poemas ostentan títulos en latín, y al menos uno que recuerde (“La esfinge”), imita en su prosodia a la de los hexámetros con los que se familiarizó de joven. No faltan los que llevan título francés, incluso alguno obligó al tipógrafo a echar mano de los caracteres griegos. Tampoco fue en esto muy original Wilde: muchos poetas contemporáneos suyos salpicaron sus libros de epígrafes en la lengua de Virgilio. Ernest Dowson fue especialista en ello, y algo a la zaga le fue Lionel Johnson, un poeta que sale de extra en el Hugh Selwyn Mauberley de Pound a partir de una referencia autobiográfica de Yeats (recordando que murió, borracho, al caerse de un taburete en un pub) y que fue, ay, quien presentó a Oscar y Bosie, piedra contra piedra de las que saltó la chispa de un gran incendio.

Una constante en la poesía de Wilde es su admiración por Keats, el poeta que en la Inglaterra romántica sintió como ningún otro la emoción de la antigua Grecia. Si Pater estaba por la búsqueda del arte por el arte y de los placeres sensuales, y para Ruskin, teórico ingenuo, la belleza era resultado de lo bueno, Keats, que en la “Oda sobre una urna griega” había formulado que “belleza es la verdad, verdad lo bello,” había de simbolizar para Wilde la síntesis de sus maestros. No en vano en su primera conferencia norteamericana, en enero de 1882, habló de Keats como antecedente del esteticismo. De Pater, de Ruskin, el tiempo fue apartando a Wilde para permanecer sólo fiel al autor de Endymion. En 1877, estando en Roma, visitó su tumba, y escribió un soneto lleno de una admiración que conservaría intacta hasta sus tiempos de la cárcel de Reading, donde pidió sus obras para releerlas.

Shakespeare es otro nombre a mencionar cuando se habla de la poesía de Wilde, o de Wilde y la poesía. En 1889 apareció “El retrato de Mr. W. H.”, la narración en que cobija un ensayo sobre el carácter homoerótico de los sonetos de Shakespeare. Recordemos que éste dedicó más de un centenar de composiciones a un misterioso joven cuyo nombre ha quedado velado por esas siglas. Es imposible no oír en el texto de Wilde, como en sordina, el eco de su relación con Lord Alfred Douglas.

Su propia poesía, tan correctamente imitativa por lo general, ha inspirado poco, si no es a su amado Douglas, que heredó buena parte de su estilo y su gusto por las palabras francesas en los títulos y su no mucha profundidad en los contenidos. Sin embargo, la crítica ha visto la influencia de su gran poema sobre las injusticias penitenciarias en la obra de teatro The Quare Fellow, de su compatriota Brendan Behan (1923-1964), quien también conoció las prisiones y fue homosexual. Behan fue activista republicano; es curioso comprobar que Wilde, contra lo que podría esperarse por el precedente de sus padres, que le dieron nombres de pila ossiánicos, nunca cayó en la idealización romántica de Irlanda, como Moore, Ferguson y Mangan antes que él, y Yeats a partir de 1891. En ello, y en el uso del francés para Salomé, preludia a Beckett.

Hoy leemos la poesía de Oscar Wilde con interés y distanciamiento, no necesariamente reñidos el uno con el otro. Con otros poetas (los mencionados Dowson y Johnson, y también Housman, y Symons, y Douglas) hizo dignamente lo que pudo —que no era mucho, teniendo en cuenta lo difícil de la tarea— para llenar el hueco que había quedado en la poesía inglesa tras Browning y Tennyson. Yeats había ya empezado a publicar, pero su gran poesía habría de madurar a partir de la segunda década del siguiente siglo. Fue, como otros, un autor de transición, que no es buen destino para conseguir un nicho en la historia literaria, y más un literato entendedor del lenguaje de la Musa, que había estudiado y en el que podía expresarse con fluidez aprendida, que un hablante nativo, de genio, del que se puedan esperar grandes creaciones. Y, con todo, de su nada despreciable producción en el género se pueden espigar una docena de poemas memorables y transidos de encanto.