viernes, 22 de febrero de 2008

La vida como argumento


Rudyard Kipling está gozando —estamos gozando sus lectores— de gran fortuna últimamente en español. Ahora, nos llegan él mismo y los numerosos escenarios de su prolija vida en esta autobiografía que ha traducido el poeta malagueño Álvaro García. La edición española del célebre Something of Myself se lee, si cabe, con más agrado que el original inglés, que circula por esos mundos repleto de notas que interrumpen con su no siempre solicitada erudición el texto. En cuanto a la traducción propiamente dicha, baste decir que es elegante y pulcra, y que corrige algún despiste de Borges en los párrafos que éste se sirvió traducir en una reseña para la revista El Hogar.

Algo de mí mismo es un libro sumamente gozable, lleno de elipsis —es cierto, lo cual no deja de ser un rasgo de estilo—, pero cuajado de rasgos de inteligencia y de humor. Como una imagen en negativo de la geografía humana hoy comúnmente aceptada, el paraíso del niño Kipling está cerca de Bombay; el infierno, en el corazón civilizado hasta la crueldad del Imperio. Se nos narran las infelicidades en un hospicio de Portsmouth —ciudad de la que era Dickens, el Platón que ideó o, mejor, retrató como nadie, elevándolas a mito, las cavernas de los orfelinatos y de los Hard Times—. Kipling, faltaría más, no condesciende a la sensiblería, pero como en un eco de su vecino, titula el capítulo tercero precisamente “Siete años difíciles”. La India, Inglaterra, Australia, Nueva Zelanda y América del Norte (Estados Unidos y Canadá) son los paisajes de este libro-vida de Kipling. También Sudáfrica, de donde era su amigo Haggard (el autor de Las minas del Rey Salomón). Otro amigo aquí retratado fue Henley (el escritor cojo en el que Stevenson se inspiró para su personaje de John Silver en La isla del tesoro).

En este largo flash-back que es el libro, y no por hacerse el interesante sino como puro testimonio, el autor emplea a un magnífico plantel de secundarios que la diosa Fortuna le concedió en el casting de su vida; además de los citados escritores, el polifacético William Morris y el pintor Burne-Jones, por no mencionar a Henry James, con quien mantuvo una larga relación, o a Rhodes, ese filibustero de secano que se regaló a sí mismo un país: Rhodesia.

En diferentes momentos, y sobre todo en el capítulo final, Kipling hace observaciones sobre el oficio de escritor, ya sea como redactor de un ínfimo periódico en las colonias o como exitoso autor de relatos que le dejaron notables rentas además de una insólita fama. De que ese escritor tenía un indudable talento literario dan testimonio, por ejemplo, ciertas evocaciones de sus estancias en el África austral.

Es cierto que Kipling fue un racista que detestaba a los irlandeses. Pero no sólo a ellos: también a los bóers, a los alemanes y a los yankees. Como a un tío viejo que nos contaba cuentos, y que tal vez fuera cascarrabias con extraños, nosotros le perdonamos sus manías.


Publicado en Culturas, 4 (Diario de Sevilla, 25.3.99)