domingo, 17 de febrero de 2008

Las coordenadas del alma

Al hilo de Los desvanes del mundo, de Martín López-Vega (Llibros del Pexe, 1999):

Sería fácil dictaminar a la luz de este libro —y equivocarse— que su autor, viendo su fecha de nacimiento, de la que nos informa la nota de la solapa, cae con demasiada facilidad en la evocación de tiempos pasados, en el lamento por la fugacidad de los días, en una conciencia de la pérdida que, para su juventud, tal vez sea excesiva, una pose, un tópico literario. Y no es así, al contrario, aunque es cierto que estamos ante excelente literatura: precisamente por ser joven y despierto y lleno de vitalidad, Martín López-Vega se da cuenta del huir —esa otra forma del viaje— que es toda vida; en alguien mayor, tal vez el abotargamiento y la más terrible de las artritis —la del alma— impidan ese reflexionar de un corazón alerta que, aún en su latir apresurado por los viajes y la intensidad de encuentros y experiencias, tiene la lucidez de reflexionar sobre lo que ya queda detrás —tan pronto— y lo que espera —que es siempre lo mismo, finalmente, como nos recuerdan los nombres de unos poetas egipcios que se asoman a una página, cuya inmortalidad duró bien poco—.

Finlandia y la Bretaña, Amsterdam y Nueva York, con un puñado de ciudades portuguesas, y otras de aquí y allá, traídas de la mano de recuerdos o libros, melodías u objetos atesorados para que la mano al volver a tocarlos reavive la memoria, ese ascua de lo que aún arde, visitan a López-Vega haciendo que así recobre un poco del oro de los mejores días, de la plata de las más queridas noches. Leemos a un andariego elegíaco que confiesa: “Sólo he sido yo cuando estaba en viaje. El resto del tiempo, otro que recordaba y escribía las cosas que yo había visto.”

En una página de la última sección del libro (“Las horas escritas”), López-Vega pone en relación las célebres saudade portuguesa y morriña gallega con la asturiana señaldá, una nostalgia oceánica que nos presenta a los que no sabíamos de ella y que nos mira con sus ojos tristes y esquivos, mirando lontananzas y vientos que Cunqueiro conocía, y que enredan los cabellos y tiran de los pensamientos. Uno recuerda, adentrándose por estos desvanes del mundo por los que nos guía el autor, aquellos relatos de navegaciones que los irlandeses, también oceánicos y atlánticos, convirtieron en género durante los siglos de nuestra Alta Edad Media, su Edad de Oro. Aquellos immrama recogían las gozosas aventuras de por ejemplo Brendán (luego San Brendán), que visitaba las islas de la eterna juventud y estrechaba los cuerpos de doncellas y participaba en convites que luego venían a dar en espejismos, pues todo aquello formaba parte del Otro Mundo feérico y nada quedaba entre sus manos; sólo en su memoria la nostalgia de aquel esplendor. Aquellos relatos estaban atravesados por cuartetas que evocaban la felicidad pasada, unas estrofas que, bien mirado, recuerdan en algo a las de Omar Jayyam, que tanto frecuentan las páginas de Los desvanes del mundo. Otras presencias son las de poetas que López-Vega traduce y cita en estas decenas de artículos, una miscelánea que es narrativa y lírica, aforística y de trasiego.

Como en la mejor literatura, y por decirlo con términos ecologistas, este libro recicla en papel la vida de su autor, y nosotros, lectores, de buen grado reciclamos sus páginas en experiencia propia y honda y memorable.

Publicado en La mirada (El Correo de Andalucía, 17-4-99)

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