domingo, 10 de febrero de 2008

LAS MIL MEJORES POESÍAS DE LA LENGUA INGLESA


Mil textos memorables no tienen por qué ser un millar: como tantas otras veces, aquí el número mil, tan socorrido, es simbólico, y por tanto una hipérbole —no son tantos los poemas seleccionados—, como hipérbole era —no de cantidad sino de calidad— aquello de las “mil mejores poesías de la lengua castellana”, que sí que serían mil pero, sobre todo cuando el libro se aproximaba a la época contemporánea, a uno le venía la duda de que fueran precisamente las mejores.

Heaney & Hughes —famosa firma de abogados de la poesía, con bufetes abiertos en Londres y Dublín— hace ya unos años que publicaron The Rattle Bag (algo así como La bolsa de los sonidos), una antología de la que ésta de hoy es complementaria. The School Bag, esta cartera escolar repleta de poemas, es desde su selección partícipe de las cualidades que definen a la verdadera poesía (la feliz fusión de norma y desvío de esa norma), y, aventajada alumna, no está privada de la alienatio que la retórica clásica asume como efecto esencial del lenguaje poético.

Si desde hace unos dos años el término canon está en el candelero, y muchos se han preguntado cuál sea éste en la literatura occidental, los autores de nuestro volumen han escogido uno, antiguo y nuevo, para los poemas de su idioma y su ámbito. Afortunadamente, es un canon abierto, y la sorpresa juega una parte destacada en él. Repasando las características de la selección, no es difícil concluir que se trata de una muestra única, no tanto por su indiscutible excelencia cuanto por lo insólita.

Otras antologías han dispuesto con mimetismo y reiteración cartesianas sus ejes de ordenadas (fechas) y abscisas (los especímenes más prestigiados) para trazar en su gráfico la línea que representa a la poesía en inglés. A años luz, The School Bag es heredera de la física cuántica, y sin renegar de Euclides dota a su plano de una tercera dimensión de profundidad y perspectiva; y no contenta aún, a este volumen le da todavía una cuarta a la que roza la magia, esa cualidad que los antiguos hacían cercana del vate y el bardo.

Para empezar, el orden no es cronológico, ni siquiera temático (no al menos con secciones delimitadas con títulos, etiquetas, uniformes). La exposición se abre con un yeats de 1939 y se cierra con un dryden de 1700, y, como en la pintura, la paleta de Seamus Heaney y Ted Hughes va mezclando colores cuyas gradaciones admiramos. Temas y escuelas se suceden con el hilo conductor de las afinidades, no siempre explícitas.

Protagonista es la poesía, y su escenario la lengua inglesa; de Norteamérica a Gran Bretaña e Irlanda. Melville, Dickinson o Ginsberg comparten la representación con Marlowe, Keats o Mangan. Un gran acierto es, además, incorporar la poesía de las otras lenguas vernáculas de las islas: el galés, el gaélico escocés y el irlandés, además del dialecto escocés o Scots en que escribieron no sólo Burns y MacDiarmaid sino también muchos autores anónimos que aquí tienen posada. Esta literatura no inglesa suma más de la décima parte del conjunto, y salvo los poemas en Scots, que sólo precisan el oportuno glosario, se presenta en solventes traducciones.

Otro afluente que desemboca en el río caudal de este libro es el de la antigua poesía anglosajona de Beowulf o “El sueño de la Cruz”: diez composiciones o fragmentos, uno de los cuales, “El navegante”, es a su vez un nuevo poema gracias a Ezra Pound. Lo que nos lleva a otra característica de este tesoro de la poesía en inglés: sólo se ha incluido un poema o varias partes de un único poema por autor (dos en el caso excepcional de Pound, como poeta y traductor). Y aunque en el capítulo de las ausencias (ese que llevan en papel invisible cosidas las antologías) se hallan el Premio Nobel de 1995 y el Poeta Laureado de la Reina, ambos aparecen —humildad obliga— en la pequeña cursiva de los traductores: el primero vertiendo el irreverente “Tribunal de medianoche” de su compatriota del siglo XVIII Brian Merriman; el segundo haciendo lo propio con un también largo extracto de Sir Gawain y el Caballero Verde. La sátira irlandesa ya había sido vertida por un poeta de la talla de Thomas Kinsella (también antólogo de un magnífico Oxford Book of Irish Verse), y el romance artúrico había tenido la suerte de haber sido puesto en inglés moderno por el mismísimo J. R. R. Tolkien. Comparar los poemas recreados por Heaney y Hughes no sólo con los originales (que no aparecen en The School Bag), sino también con estas otras versiones, es una fiesta en las que el autor de estas líneas, por inclinaciones personales, se ha detenido. Sólo una de tantas fiestas posibles —muchas melodías, licores y manjares distintos— a las que invitan las casi seiscientas páginas del volumen, toda una caja de sorpresas para los muchos gustos posibles.

Pasma, sin ir más lejos, la flexibilidad, independencia y falta de prejuicios con los que los autores han ido recolectando obras: junto a elecciones refrendadas por la costumbre como la “Oda al viento del oeste” de Shelley o la “Rima del antiguo marinero” de Coleridge, aparecen textos escogidos más por criterios subjetivos —pero de dos grandes poetas, no se olvide—. Así, de Shakespeare se omite cualquiera de los más conocidos sonetos y se opta por el tercer acto de El rey Lear, de Wordsworth se prefiere “Resolución e Independencia”, de Larkin una composición primeriza como “Viento de boda”.

Los editores de este libro saben que presencias y ausencias forman un indivisible mimbre de complicidades y guiños, y que la poesía no se limita a la extensión de este tomo, grueso pero finito. Al percibir la falta de líneas más conocidas, entablamos un espontáneo diálogo con las que se nos presentan quizás por primera vez, y en ello hay que ver un estímulo a nuevas lecturas, siempre acrecentadoras de riqueza, un empujón amistoso y que agradeceremos a zonas de sombra donde mejor se pueden apreciar los contrastes. Extrañará que no haya nada de Brodsky o Walcott, quienes con Heaney eran llamados, hasta la muerte del ruso, “los tres mosqueteros” de la poesía en inglés. Pero la explicación es cronológica: tampoco hay ningún autor nacido después de 1926 y, por tanto, no solamente no se hallarán en estas páginas a jóvenes ya consolidados como Glyn Maxwell (1962) o Simon Armitage (1963), sino que ni siquiera comparecen poetas de promociones anteriores como Geoffrey Hill (1932), Derek Mahon (1941), Tony Harrison (1937), Douglas Dunn (1942) Craig Raine (1944) o Andrew Motion (1950), por no citar a sus equivalentes norteamericanos. Tal vez a los jóvenes estudiantes a los que en especial parece ir destinado el libro les hubiera gustado tener una muestra de que la poesía es un continuum que llega hasta ellos. Mala cosa sería que creyeran que un poeta es alguien de más de setenta años o gente a punto de alistarse a la aplastante legión de los muertos.

Un ensayo de Ted Hughes sobre la memorización de poemas hace las veces de colofón. Aquí se invita a los escolares, y a los que ya no siéndolo no dejan de aprender de la poesía, a recordar versos, algo tan simple y que ha caído en desuso hasta en las clases supuestamente cultivadas. Las reglas mnemotécnicas que para ello propone serán de mayor o menor utilidad según el individuo, mas, sea cual sea el medio, el resultado bien vale el esfuerzo, pues, aunque no se diga en el epílogo, lo peor no es que hayamos olvidado los poemas: lo peor es que tantos hayan olvidado el aliento, la paz, el estímulo y el consuelo que iban con el recordarlos.


Publicado en Renacimiento, 23-24 (Sevilla, 1999)


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