miércoles, 20 de febrero de 2008

Las ratas

En el retiro de estos días junto al mar, sin libros en que apoyar este artículo, uno, que en el fondo ha leído poco y no tiene más remedio que ser libresco porque poco hay que salga de su mollera si no ha entrado antes de forma escrita, uno, decía, recurre a otras páginas, otras líneas y palabras, huéspedes ya vitalicias de la memoria. Y pocas letras y signos (de más o menos, por exceso o por defecto) más memorables que las erratas. Se graban en el no olvido como el más afilado aforismo o aparatoso apotegma. Porque nos chocan, se perpetúan a fuego en la rugosa y —como ellas— distorsionadora superficie del cerebro.

Se dice que por cada rata que vemos, hay un número de otras, ocultas, pestilentes, hozadoras de incógnito, que decuplican a la visible. Así con las erratas: por cada una que el lector percibe se agazapa una decena de otras, emboscadas, dispuestas a trastabillarnos el sentido. Y nadie como el autor no ya para sufrirlas, sino para detectarlas. Al lector, por más atento que sea, siempre hay alguna que se le oculta: una lectura rápida, un escaso conocimiento del tema, hacen que no vea a las intrusas. Sin embargo, el creador —no de las palabras, por lo general, sino del orden y disposición de ellas en el texto— sólo puede sufrir viendo, sin remedio, que se le hurta la sintaxis y la semántica por el descuido de otros.

También sucede, y si es paradoja no es inexplicable, que sea el propio autor el menos capacitado para hacer inventario de estas erratas: confrontado con el papel impreso de su obra, más lee el contenido que concibió —la imagen platónica de éste, aunque sea parvo su arte— que el accidente que se le pone antes los ojos. Como en Fahrenheit 451, guarda su libro, artículo o poema en la cabeza, y lee —porque ve con los ojos de la memoria y su invención, no con la visión que procesa y descodifica luz y fuentes, tinta y espacios en blanco— lo que recuerda haber escrito o querido escribir, no la zafia realidad de su plasmación física, aunque sea lujoso el papel y elegante la tipografía.

Uno ya sabe lo suyo de erratas, esos roedores del sentido que son portadores de graves enfermedades para la correcta inteligencia de los escritos, y desde que empezó a dar a la estampa algunos textos las ha sufrido, no siempre con estoicismo. Ahí está, por ejemplo, el primer cuaderno de versos que publicó, que en sus veintiocho páginas guarda, si no muchas, sí las suficientes como para haberle hecho no difundir más el poemario. Quien picara la obrita —oportuno símil taurino— le restó fuerza, e hizo de ella no poca escabechina. Algún acento donde no lo había, alguna confusión en un título, no eran sino leves travesuras comparadas con lo más insufrible: la acuñación de una palabra (“brumorosa”) que además de dar un toque como más nemoroso de lo que el autor pretendía, le añadía lisa y llanamente una sílaba, así al adjetivo “brumosa” como al verso. Y esto, destrozar un endecasílabo, se comprenderá que era el mayor crimen, de ilesa animalidad por parte del tipógrafo, para un poeta en ciernes.

En otra ocasión, al publicar unas traducciones, se me descoyuntó la palabra “compaña” para hacerla ser “compañía”. Aquella í se convirtió en un palo y un puñal arrojados contra mi verso, que también aquí quedó más largo y lacio, desgarbado, torpe. Muchas veces, erratas como ésta se evitarían si el teclista, el fotocompositor o el corrector, si lo hubiere, fuesen poetas y de tales tuviesen el oído: ello inmunizaría contra estas fatales caídas de ritmo, estos atentados a la prosodia. Bien es verdad que ni siquiera a todos los que se dicen poetas asisten la musicalidad y la armonía, tantas veces prueba del nueve de la pureza de su expresión; la métrica (“con sílabas contadas, que es gran maestría”), que es a menudo la restauradora de las corrupciones textuales en los antiguos manuscritos, también debería serlo en los brillantes frutos de las prensas modernas.

Un tercer caso que pongo es el de un artículo contra el cierre de una revista en la que colaboré y que, por esas cosas de las erratas, llegó a decir que el lema “No me ha dejado” del Ayuntamiento de Sevilla —esa madeja flanqueada por las sílabas NO y DO— era casi un ejemplo de poesía “virtual” (de la virtud de la fidelidad que refleja la divisa, supongo), en vez de poesía visual, esa forma del ingenio literario, tan de vates islámicos como de Apollinaire o Simmias de Rodas, a la que me refería. La guinda de aquel malhadado escrito era la supresión de una sílaba, el prefijo “in” frente a la palabra “constancia”, torciéndoseme en 180 grados el sentido de lo que quería manifestar. Aquello convirtió el lado incendiario de mi ataque a un edil en laude incensario (esto último ya, lector, no es sino paranoia mía de buscar paronomasias, calambures y carambolas, a veces tan cercanos de la errata).

Las citadas afrentas a los textos palidecen, sin que de ello extraigamos ningún consuelo, ante el que tengo por mayor depositario de erratas sobre la redondez de la Tierra. Lo descubrí no hace mucho, y hoy está, hermano desastrado, junto a otros del mismo autor en mi biblioteca. De una compilación de artículos de Álvaro Cunqueiro se trata, O reino da chuvia, editada por la en esto infame Diputación de Lugo. Echas cuentas de las erratas y gazapos del volumen y su censo sobrepasa, a la sinrazón de docena la página, la cifra despreciable de cinco mil y pico (cinco mil y pico de ave, como diría el maestro).

Ya en la primera ojeada al libro, un error de tomo y lomo: sobre éste, la extraña autoría de Álvaro “Cuqueiro”. Primero pensé en el chusco resultado de una campaña de normalización da lingua galega, por mor de la cual fuera más apropiado y normativo, etimológico y puro, el apellido espúreo Cuqueiro, que bien mirado concierta con esas líneas del autor aquí y allá, en marzos de diferentes años, sobre nuestros hermanos los cucos. Porque los cucos, como los tordos o los ruiseñores y los mirlos vuelan de una página a otra del mindoniense con el prodigio de su felicidad canora. Pero la portada, con el apellido allí correcto, desdijo mi teoría.

Lo que el contenido hizo fue añadir un dato a una hipotética historia laboral de Galicia: mostrar que los correctores de la Diputación estaban en huelga, declarada o no, esos días de 1992 previos al depósito legal del que hace gala el libro. O tal vez fuese que, para recortar el gasto, muy loable propósito de un organismo público, se suprimieran las galeradas de pruebas: total, como es destino de los libros de nuestras instituciones pudrirse —como las ratas— en almacenes y sótanos inmundos y no ver la luz del día... Además, al autor no podía matarle el berrinche: ya estaba enterrado.

Y el efecto es triste, muy triste, para los sensibles ojos. Es como si a un rubens o a un tiziano, una vez logrado lo más difícil —el milagro no suficientemente ponderado del lienzo— viniera el enmarcador a lacerarlo con sietes y raspaduras que se llevaran por delante un ojo, una sonrisa, dejando en su lugar dientes picados y viruelas, cicatrices y postizas verrugas, amén de desagradables muecas y avejentadoras arrugas en la piel que el pincel hizo lozana. Pobre Cunqueiro.

Porque nunca se sabe dónde va a saltar la errata, yo en este artículo he querido

—con la venia de los señores de la fotocomposición, que siempre tienen la última palabra— situar la que espero única ya en el título. Espero con ella agotar el cupo destinado a estos párrafos que lo siguen.

Aunque nunca se sabe: en un moderno libro erudito que recoge un sombrío poema de vaticinio, escrito en el País de Gales de hacia el siglo X, la autora de la edición y notas cumple con ese rito tan académico como británico de agradecer a sus colegas y maestros, a quienes leyeron el mecanoscrito, etc. El volumen es en cuarto, en genuina tela roja y tipografía elegante, exacta. Su ejecución es impecable, salvo en un detalle. Justo al final de las líneas de reconocimientos y deudas, e inmediatamente antes del primer verso —“Dygogan awen dygobryssyn”—, todo él una errata para quien no lea galés antiguo, se lee: “Lastly, I would wish to record my thanks to the staff and printers of the Oxford University Press, for the skill and care which they have given to the book’s producton”; por último, dice, quisiera expresar su agradecimiento al personal y a los impresores por la destreza y cuidado con las que se han entregado —suena a burla— a la “produccón” (sic) del libro.


Publicado
en La mirada (El Correo de Andalucía, 2.10.99)

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