viernes, 15 de febrero de 2008

Lo no sido como tema poético

Es frecuente que cuando se mencionan los temas que recorren la obra de un poeta salgan a relucir el amor, la muerte y el paso del tiempo, a menudo imbricados entre sí de forma que no pocas veces constituyen un triángulo de grandes conceptos con mayúsculas. Sin embargo, muchos de los más grandes poemas amorosos, y del vínculo del amor con cierto tipo de muerte, giran en torno a una experiencia temporal distinta: no la del transcurso de los días y los años, con su decadencia que va rumbo a la senectud y la muerte (tanto de los individuos como de las relaciones que tienen entre sí), sino la más terrible de la no coincidencia temporal del amante con el ser amado, con la imposibilidad metafísica de ser correspondido por quien no comparte con nosotros unas fechas, un escenario que ya no es el mismo que el nuestro, o que aún no es el mismo, tanto da.


Este es el tema probablemente más desolador que pueda darse: es la experiencia terrible de reconocer a quien podría darnos la felicidad cuando ya es demasiado tarde para que eso sea así. En otra ocasión hemos llamado la atención sobre un estremecedoramente hermoso relato de Cunqueiro, “Tristán García”, en el que con la delicada melancolía, contenida, del gallego, también con ese humor tan suyo, se expresa como quizá mejor que en cualquier otra parte este tema del amor que no se puede consumar por la falta de coincidencia en el tiempo de los amantes. Un joven soldado que hace el servicio militar, de nombre Tristán, y que no conoce cuál sea el origen de ese nombre, un día compra una novela intitulada “La verdadera historia de Tristán e Isolda”, que le arranca lágrimas de sus ojos y le clava la obsesión de conocer a su Isolda. Un día, un sargento le dice que en Venta de Baños hay una churrera que lleva ese nombre, y Tristán, con veinte duros que tenía ahorrados, va a conocerla. Cito las últimas líneas del relato porque son un dechado de sensibilidad y belleza, y porque, como ya he dicho, son un altísimo ejemplo de esta frustración, casi fracaso cósmico, de la no coincidencia de quienes estarían destinados a amarse:



Era la señora Isolda una anciana con el pelo blanco, con hermosos ojos negros, la piel tersa, las manos muy graciosas echando azúcar y envolviendo los churros en papel de estraza. Tristán vaciló en dirigirse a ella, pero ya había gastado cincuenta y cuatro pesetas en el billete de ida y vuelta.


— ¡Buenos días!, ¿es usted la señora Isolda?


— ¡Servidora! —respondió la amable viejecita sonriendo—. ¿Cuántos le pongo?


— ¡Es que yo soy Tristán! ¡Venía a conocerla!


La viejecita cerró los ojos, y se agarró al mostrador para no caer. Gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.


— ¡Tristán! ¡Tristán querido! —pudo decir al fin—. ¡Toda mi vida esperando a un mozo que se llamase Tristán, como el de Isolda! ¡Y como no venía me casé con un tal Ismael!




Cirlot es el máximo ejemplo en nuestra lengua de la poesía de lo no sido, hasta el punto de que su gran obra Bronwyn gira en torno a una doncella medieval de la que lo separan nada más y nada menos que nueve siglos. Nerval, un poeta muy del gusto de Cirlot, dejó expresado el vértigo del descubrimiento del amor allende el tiempo en los cuatro serventesios de “Fantaisie”, en el que evoca a una dama de dos siglos antes, en su alta ventana, rubia y con los ojos negros, vestida con ropajes antiguos, a la que cree reconocer: es el famoso déjà vue, lo ya visto con los ojos de la fantasía o el alma. Luis Cernuda lo dijo en versos terribles: “fuerzas las puertas del tiempo, / amor que tan tarde llamas”, y también, “mano de viejo mancha / el cuerpo juvenil si intenta acariciarlo”. Son verdades suscritas por muchos. Lo cual no fue óbice para que Barrie hiciera a Peter Pan enamorarse de la hija de Wendy. O a Yeats, un Tristán sin filtro amoroso, proponer en matrimonio a Iseult, la hija de Maud Gonne.


Probablemente, el motor de todas las infidelidades amorosas (no las meramente eróticas) pueda resumirse en esto: no haber encontrado a nuestro verdadero amor en el momento adecuado, y haber condescendido a emparejarnos con alguien que no nos colma y que queda en un segundo plano cuando aparece en escena el amor verdadero, al que muchas veces reconocemos cuando ya no tenemos posibilidad de compartir con él nuestra vida. La vida y la irreparable linealidad del tiempo van juntas. Por debajo, hiriéndonos la conciencia, el Nevermore de Poe, lo nunca: lo que no será jamás o fue irremisiblemente en el pasado.