domingo, 24 de febrero de 2008

Los poemas de un escritor total



A Felipe Benítez Reyes le faltaba la viñeta de D. H. Lawrence para su deslumbrante galería de escritores, reunida no hace mucho bajo el título de Gente del siglo. Ahora se desquita de esa ausencia con un prólogo divertido y curioso en el que prácticamente no hay párrafo que no esté escrito con retranca, con una gran brillantez que nos hace casi, para salvaguardar la agresión de la chispeante prosa a los ojos, querer apartar la vista del personaje Lawrence, un excéntrico lleno de peregrinas teorías.

Pero D. H. Lawrence, amén de autor de novelas en cuyos títulos aparecen casi siempre las palabras amante o amor, fue un poeta valioso al que, como bien destaca Benítez Reyes al reivindicar su condición de escritor total, no se le ha perdonado su cultivo de otros géneros; como si escribir novelas irremplazables invalidara para el hecho, independiente y no menos meritorio sin duda, de haber dejado un puñado de poemas memorabilísimos que han de contar por derecho propio en cualquier antología de la poesía inglesa de todos los tiempos, lo que no es poco honor. Como no debería ser de otra manera, en esta edición se incluyen los textos en inglés, y en ellos se puede apreciar el talento verbal de Lawrence, por ejemplo en la repetición incremental que presenta en las palabras ash, lash y slash del poema “Infancia en discordia”: Outside the house an ash-tree hung its terrible whips, / And at night when the wind rose, the lash of the tree / Shrieked and slashed the wind, as a ship’s (...). En otra ocasión, el poema se hace figurativo, como cuando en Vicious, you supple, brooding, softly-swaying pillars of dark flame el ritmo del largo verso imita al oscilar de los altos cipreses mecidos por el viento. No faltan tampoco las aliteraciones, de las cuales la siguiente línea tal vez sea un caso extremo: And treading of wet, webbed, wave-working feet (“Leda”).

Lawrence comenzó escribiendo al modo de los llamados “pastorales georgianos”, en un momento de transición —cuál no lo es— de la poesía postvictoriana a las innovaciones que surgieron al frisar la primera década del siglo. De esa época inicial en que publicó cuatro libros recogidos posteriormente en Primeros poemas un magnífico exponente es “Ladrones de cerezas”, inquietante y en el que ya están desatadas las fuerzas de lo telúrico y las relaciones muchas veces espinosas entre los sexos. De la misma colección es también “Bajo el roble”, igualmente pleno del poder de la tierra y rimado como el anterior, pero con una alternancia de metros largos y cortos que lo van acercando al futuro verso libre que dominará su obra. El poema titulado “Verde”, de sólo seis versos, se incluye no sin razón en la antología Imagist Poetry. Traducido por Moreno Carrascal es como sigue: “El alba era de un verde manzana. / El cielo, un vino verde sostenido bajo el sol. / La luna, un pétalo de oro entre los dos. // Ella abrió sus ojos, y verdes / brillaron, claros como flores deshechas / por primera vez, por primera vez abiertas a la luz.”

¡Mira, lo hemos logrado! (1917), con poemas que remiten a su propia inquieta vida durante su vagar europeo, da paso en 1923 al que para muchos, entre ellos Auden, es su mejor poemario: Pájaros, bestias y flores. Todos los poemas, generalmente largos, recogidos en esta sección de la antología son admirables por la personalísima visión que hay en ellos y por la capacidad de expresarla en palabras que fluyen naturalmente y pueden llegar a expresiones rotundas como ésta del poema “Cipreses”: “¿El mal, qué es el mal? / Tan sólo hay un mal, negar la vida”.

En Pensamientos (1929), los poemas “Cisne” y “Leda”, más obviamente éstos por sus títulos, pero también “Danos dioses”, recuerdan inevitablemente en su temática a “Leda y el cisne” (1923), de Yeats. Por su parte, “Respuesta a Whitman”, del mismo libro, encuentra su correlato en “Un pacto”, un poema que Pound recogió en Lustra (1916) y que comienza: “Haré un pacto contigo, Walt Whitman”. Con Pound, además de cierta vena imagista, tiene en común Lawrence las invectivas a lo más rancio de la sociedad, que en aquél estaban presentes en Ripostes y Lustra, además de Hugh Selwyn Mauberley, y en éste en las composiciones breves, casi epigramáticas, de Pensamientos, Ortigas y Últimos poemas y más pensamientos. También recuerda al autor de The Cantos y a otros imagistas como H. D. o Richard Aldington en textos en los que la huella de Grecia, con sus héroes y dioses, está plena, así en el bellísimo “Por un momento”, “Los argonautas” o “Dicen que el mar no tiene amor”, que lo acercan también a la poesía que por las mimas fechas estaba escribiendo en Alejandría Constantino Cavafis.

Esa magnífica pieza casi cómica que es el prólogo de Benítez Reyes, la ajustada introducción y por lo general buena traducción de Moreno Carrascal, y los poemas en sí de Lawrence, por supuesto, hacen de este un libro muy recomendable. Pero es necesario ser leal con su posible lector y con la editorial que lo ha publicado: tras su elegancia formal, tan atractiva, se agazapan numerosos gazapos, horrorosas erratas y descorazonadores descuidos, como son las diferencias de traducción que uno halla en la introducción y en el cuerpo de la antología, o que por arte de birlibirloque al poema “Gipsy” se le haga ser “Gitano” también en inglés, o que las cerezas, plurales, del hermoso y turbador segundo poema se conviertan en una sola cereza (¿tal vez la cereza como idea platónica, como el ruiseñor de Keats?). Además, y esto probablemente sea un despiste del traductor, se citan mal los nombres de William Carlos Williams y Richard Aldington. Por otra parte, y para finalizar, una edición bilingüe, además de parecerlo, ha de presentar sin corrupciones o erratas el texto original, y ésta no siempre lo hace. De Renacimiento, por los títulos publicados y por los que sabemos que se avecinan en esta misma selecta colección de traducciones, podemos y debemos exigirle mayor esmero. Los libros que edita lo merecen.

Publicado en Clarín, 21 (Oviedo, 1999)