martes, 5 de febrero de 2008

Luis Cernuda, pintor

Bien sé que el título de este artículo se presta a interpretaciones del tipo “La plasticidad de la escritura de Luis Cernuda”, “La mirada cernudiana” o parecidas, como si su autor se hubiera concedido una licencia, destinada a llamar la atención del lector. En realidad, la cosa es mucho más simple. Luis Cernuda, además de un altísimo poeta, fue un amante de la pintura, que apreció y degustó allá donde pudo; un amante, además, activo, que llegó a pintar él mismo en su juventud (no mucho, y de escaso valor, pero lo hizo). Sobre esta faceta poco o nada conocida de nuestro poeta tratan las siguientes páginas.

Que Cernuda siempre estuvo interesado por la pintura lo demuestran sus visitas al Museo del Prado desde su primer paso por Madrid en enero de 1926 (ante el que se retrata con Vicente Aleixandre hacia 1930), donde admiró la obra de Poussin (un cuadro de este pintor, “Et in Arcadia ego”, expuesto en el Louvre, aparecerá como lema en “Luna llena en Semana Santa” de Desolación de la Quimera); también hizo una visita en 1926 a una exposición de jóvenes pintores catalanes como Dalí y Sunyer, además de otras al Prado en 1928. Está igualmente la pasión con la que acudió a París a ver el Louvre durante las vacaciones de Pascua de 1930, cuando era lector de español en Toulouse. En “Historial de un libro” recordaría: “París, cómo no, me fascinó. Cuando el catedrático de Literatura española en Toulouse, antes de salir yo para París, me preguntó qué era lo que más deseaba ver, y le respondí que el Louvre, creo que quedó extrañado. Los museos, aunque aquellos años andaban en desgracia con algunos jóvenes iconoclastas, me atrajeron siempre”. Luego, en sus años de trashumancia con las Misiones Pedagógicas participó en las escalas que el Museo del Pueblo, con reproducciones de lienzos de El Prado realizadas por Ramón Gaya, Juan Bonafé y Eduardo Vicente, hizo en numerosos pueblos de España. En estas catorce copias se incluían “Los fusilamientos del Tres de Mayo” o “El pelele”, de Goya, “La infanta Margarita”, de Velázquez, “La visión de San Pedro Nolasco”, de Zurbarán, y obras de otros artistas como Ribera, El Greco o Murillo. Entre los retratos más hermosos del muy fotogénico Cernuda está, para el que esto escribe, precisamente el que se hizo en Cuéllar (Segovia) con un niño en brazos ante la reproducción que Gaya hizo de “El Buen Pastor” de Murillo, representación del Niño Jesús con un corderillo.

También, como ha señalado James Valender, se relacionó con pintores como Pedro Sánchez o Genaro Lahuerta, además de con Manuel Ángeles Ortiz, a quien defendió ante el crítico Manuel Abril en una carta firmada también por Altolaguirre, Aleixandre y Lorca.

Y en su obra poética no faltan ejemplos del gusto por la pintura, especialmente en el más culturalista de sus libros, Desolación de la Quimera: ahí está “Ninfa y pastor, por Ticiano” (cuadro que contempló en una exposición en Nueva York), “Clearwater” (“Píntalo. Con un pincel delgado, / Con color bien ligero. Pinta / El reflejo del sol sobre las aguas”) o el homenaje “Amigos: Enrique Asúnsolo”, en donde dice del pintor mexicano: “Poesía y pintura (hizo de mí un retrato), / Aficiones en él gemelas, tácito fondo eran, / Dándole otro valor a la amistad que nos unía.” Igualmente hay que tener presente “Retrato de poeta ( Fray H. F. Paravicino, por El Greco)”, de la anterior colección, Con las horas contadas, poema que halla su inspiración en una visita a un museo de Boston.

Pero hay más. Mucho más. La primera mención no ya al interés de Cernuda por la pintura, sino por la práctica de ésta, la debemos a quien fuera condiscípulo suyo en la Universidad de Sevilla: José de Montes González. Fue éste compañero suyo en el Preparatorio de Derecho, en la Facultad de Filosofía y Letras, curso 1919-1920, y ese año ambos no tuvieron más relación que la de compañeros de clase. La amistad comenzó al curso siguiente, el primero en sí de la carrera. Cuenta Montes que nunca sospechó que su amigo, con quien continuó la amistad los años siguientes, fuera a escribir poesía. Sí, y eso es curioso, le mostraba dibujos y pequeñas acuarelas muy influidos por Zamora, un dibujante de la época. Pepito (José) Zamora (Madrid, 1898-Sitges 1971) fue efectivamente un popular colaborador gráfico de las páginas de La Esfera, además de figurinista e ilustrador para la editorial Calleja. Curiosamente, Zamora, amigo íntimo de Antonio de Hoyos y Vinent, fue también homosexual, como el autor de La Realidad y el Deseo. Lamentablemente, esas acuarelas y dibujos se han perdido. Como dijo Montes: “Durante mucho tiempo he conservado esas láminas sin valor alguno, y que el curso del tiempo se encargó de destruir”.

Este aspecto de la creatividad de Cernuda ha sido prácticamente desconocido si no es por esta mención de José de Montes, recuperada por Julio Manuel de la Rosa en su libro Luis Cernuda: inéditos. Sobre la desconocida faceta del Cernuda pintor, valga también el siguiente comentario de Ramón Gaya, que lo trató en los años previos a la Guerra Civil, cuando ambos colaboraban con las Misiones Pedagógicas: “El mismo Cernuda decía que de jovencito había dibujado, pero no sé, no le vi nunca hacer una línea”.[i] Salvo otra posible mención en una carta a Fernández-Canivell, de 20 de junio de 1935, en que se referirá a una acuarela que piensa enviarle (quizá, sugiero, pintada por él. Aunque sé que James Valender no comparte mi opinión), apenas sabemos nada más de esto. Recordemos sin embargo que su amigo íntimo Higinio Capote sí fue pintor desde su infancia y adolescencia en Arcos, antes aún de escribir su primer verso (en la primera carta conservada que le dirige, fechada el 26 de diciembre de 1924, Cernuda le dice “Dices que pintas y yo lo creo”, a la par que menciona una inspiración poética que su correspondiente le ha anunciado anteriormente).[ii] Y, ciertamente, en el libro que su familiar Higinio González-Benot Capote le ha dedicado aparece una generosa muestra de la nada desdeñable obra pictórica del amigo de Cernuda. Señalemos a renglón seguido que esto no era en ningún caso una excepción: ahí están, alrededor de Cernuda, en su entorno, poetas pintores como Juan Ramón Jiménez, Ramón Gaya, Rafael Alberti, Federico García Lorca, José Moreno Villa o Adriano del Valle para probarlo. Y es, además, entre los pintores donde hay que buscar siempre a muchos de sus mejores amigos: Gaya, Víctor Cortezo, Gregorio Prieto... Con este último llegó a convivir bastante tiempo en Inglaterra, y llegó a escribir para él un texto en 1942 con motivo de una exposición suya en Londres, donde también habla con propiedad y conocimiento de Velázquez, Zurbarán y El Greco. Precisamente en una exposición de dibujos de Gregorio Prieto (ésta en 1947) habló con él a solas Felicidad Blanc, la mujer de Leopoldo Panero. No faltan en su correspondencia menciones a cuadros o catálogos de pintura.

Tal vez la única obra plástica de Cernuda que nos haya llegado, aparte de, quizás, el citado cuadro enviado a Fernández-Canivell (cuyo paradero desconozco y que según algún testimonio podría tratarse en realidad de una obra de Gaya) sea el grupo de acuarelas sin firmar que iban a ilustrar su “Égloga” en una edición de lujo que no llegó a publicarse, las cuales conserva Ángel Yanguas Cernuda en el archivo de su tío. Son esas acuarelas sin gran valor lo único que Cernuda llegaría a pintar para el citado proyecto, del que luego desistió y sobre el que en frase expurgada de “Historial de un libro” dice: “Sólo los tres poemas, «Égloga, Elegía, Oda» parecía posible editarlos; pero aparte de que yo no sentía interés por ellos, el editor ponía como condición para publicarlos, el que hiciera yo algunos dibujos para ilustrarlos, condición necia y absurda que no podía satisfacer”.[iii] ¿Por qué no, si sabemos por Montes que pintaba? Parece obvio que el editor había de saber que el poeta pintaba, porque de otra manera no se entiende la condición, un tanto peregrina así, descontextualizada. Probablemente esas acuarelas, reproducidas en el catálogo que la residencia de estudiantes publicó con motivo del centenario del poeta, sean un intento de Cernuda de cumplir con el requisito que le planteara el editor. Otras ilustraciones bien diferentes de la “Égloga”, éstas sí publicadas, son las que Gregorio Prieto dio a la estampa en 1970 en Ediciones de Arte y Bibliofilia, de Madrid, “con una colección de doce litografías en colores, estampadas a mano, directamente realizadas sobre la piedra”.

Quizá sea el dibujo de un muchacho desnudo que acompaña al poema “Deseo” (inédito en vida del autor) el único otro resto de obra gráfica de Cernuda que nos haya llegado. Harris y Maristany anotaron que “al dorso de la hoja con el poema hay una breve nota de Serafín –sin duda el destinatario del poema– y junto a ella, en el interior del mismo sobre, figura el dibujo de un muchacho dormido, con firma ilegible y la fecha «Madrid 32».”

Sabido es (entre otras cosas lo confesó él mismo) que después de la literatura el arte más cercano a Luis Cernuda fue la música. Pero que la pintura también ocupó un puesto importante en sus predilecciones es evidente. Su obra pictórica la intuimos mediocre, breve, primeriza. Quizá, gracias a ello, el sevillano volcará su sensibilidad en el arte en el que, en éste sí, es irremplazable: la poesía.



[i] Entrevista con Elena Aub, recogida en Ramón Gaya de viva voz. Entrevistas (1977-1998). Selección y presentación de Nigel Dennis, Valencia, Pre-Textos, 2007, pág. 111.

[ii] Para conocer la obra pictórica y literaria de este amigo de Cernuda se hace imprescindible el libro Higinio Capote (1904-1954), Ayuntamiento de Arcos y Fundación Iberdrola, Sevilla, 2005.

[iii] Prosa I, pág. 857.


Publicado en El Fingidor 33-34 (Granada, 2007).

1 comentario:

ONDA dijo...

Te agradezco el recuerdo de mi abuelo que efectivamente era un poeta pintor como dijo Vazquez Díaz en una de los dibujos dedicados a mi abuelo.

Me interesaría tu opinión en relación con mi ultima entrada atte,