lunes, 4 de febrero de 2008

Merlín y nosotros


En las letras hispanas, el personaje de Merlín no sólo aparece como “actor secundario” en la reciente novela de Soledad Puértolas La rosa de plata; es además protagonista de dos libros singulares: Merlín y familia, de Álvaro Cunqueiro, y Viviana y Merlín, de Benjamín Jarnés. El de Cunqueiro es, como toda su obra, un derroche de imaginación; en este caso, al mago lo hallamos en Galicia, y en una página que nos recuerda a Twain, como quien no quiere la cosa, el autor lo hace manipular el invento del pararrayos “con don Franklin”. Jarnés, que, como Cunqueiro, sacó a Merlín en más de un texto suyo, se fija novedosamente en la figura de Viviana, la Dama del Lago, a la que lejos de ver como personaje maléfico hace símbolo del eros femenino, fuerza que hace que fructifique la sabiduría del viejo encantador.

Siglos antes, hay que mencionar El baladro del sabio Merlín (baladro significa grito, en este caso el que avisa del fin del reino de Arturo) y no se puede sino agradecer sus apariciones espurias en El Quijote, en cuya segunda parte un falso Merlín exaspera a Sancho con una extraña y cruenta receta para desencantar a Doña Dulcinea del Toboso.


(Fragmento de Los siglos de la luz, Berenice, 2006)