miércoles, 13 de febrero de 2008

¡Oh, no: es ONO! (Un relato picaresco)

A nombre de mi difunto padre recibimos hace unos meses una carta en la que se instaba al muerto a pagar una supuesta deuda de 72,17 euros contraída con la empresa de telefonía ONO. Se le adviertía, quizá ignorando elementales conocimientos biológicos, que “mantenerla en las circunstancias actuales le puede crear problemas a la hora de solicitar créditos, financiaciones y operaciones con pago aplazado”.
Para mí sería muy cómodo que la citada carta sobre mi padre, que ya no solicitará ningún préstamo, durmiera como él el sueño de los justos. Pero no pienso hacerlo por la sencilla razón de que él jamás dejó sin pagar deuda alguna ni desatendió sus deberes. Por el contrario, creo que es el mío defender su buen nombre y, de paso, alertar a cuantas personas pudieran sufrir idéntico engaño.
Un día, mayor y bastante sordo, recibió una llamada de lo que él creía era Telefónica en la que, jugando con palabras ambiguas, se le ofrecía un plan de ahorro. Lo contrató con lo que luego resultó ser AUNA (hoy ONO). Por razones administrativas o técnicas que desconozco, esa línea nunca estuvo operativa. Sin embargo, religiosamente pagó su pequeña cuota mensual. Enfermo de cáncer y de corazón sus últimos meses (varias operaciones, etc.), y con servicio telefónico del otro operador de siempre (Telefónica), no fue nuestra prioridad dar de baja el contrato. Cuando él faltó, yo mismo lo hice comunicando el fallecimiento (se me asignó un número de referencia), y atendimos hasta el último pequeño pago.
Pero confieso que fui engañado otra vez, como mi padre. Pasados varios meses sinque se facturara ningún servicio, recibimos una factura de ONO de 24 euros, correspondiente a una nueva cuota mensual. Puesto al habla con la compañía, me dijeron que supuestamente le ofrecieron otro plan a mi madre y que ésta lo aceptó. Aunque así hubiera sido, el contrato seguía a nombre de mi padre, y que yo sepa no se puede dar de alta a un difunto para un nuevo contrato (¿o es que me mintieron y en primer lugar no lo dieron de baja?). Tampoco se puede (suponiendo que efectivamente hubieran llamado) activar un contrato con quien responda un teléfono sin mayor identificación o confirmación por escrito: puede responder alguien que pasaba por allí o, en este caso, una señora de ochenta años sin capacidad de discernimiento ante los enredos de avezados comerciales sin escrúpulos. En cualquier caso, el titular del contrato, mi padre, ni dio su consentimiento ni firmó nada. No pudo. Estaba muerto.
Di orden al banco de que se devolviera el citado recibo y comuniqué mi indignación a la compañía. Misterios de la técnica, quien me atendió tenía línea; pero un segundo después el departamento de bajas, no. Llegaron dos recibos más.
Dedicándole bastante tiempo y algún dinero (el número para reclamaciones es un 902, lo que significa que la empresa hace caja hasta con las quejas que recibe, lo cual es ya el colmo), volví a dar de baja el contrato ya cancelado meses antes. Y, por supuesto, exigí que se cancelara igualmente esa supuesta deuda en la que mi padre (ojalá pudiera resucitar tan fácilmente) fue devuelto a la vida de pagador de ONO a perpetuidad. Se me dijo que, por supuesto, esa “deuda” sería eliminada.
Como quiera que ésta corresponde exclusivamente a cuotas mensuales emitidas a un muerto, de las cuales no hay ningún contrato firmado, y tampoco ha habido consumo alguno, por lo que amí respecta esas facturas tienen la misma validez que las que cualquiera pueda emitir a ONO en concepto de, por ejemplo, “cuota mensual por molestias” o “desfachatez cobrable a empresa que negocia con cadáveres”.
En alguna película clásica vimos vendedores de biblias que iban a los domicilios de los recientemente fallecidos para endilgar a los familiares caros ejemplares que el muerto habría encargado. No presumo yo que ONO tenga tal estilo, pero sí aseguro que su gestión en este asunto ha sido absolutamente inaceptable. De lo cual me gustaría alertar a otros posibles afectados y a los organismos reguladores pertinentes.
Los consumidores deberían tener la tranquilidad de que las compañías tienen prácticas comerciales éticas, para no tener que exclamar, ante una comunicación que les llegue (y vuelo a recordar a los vendedores de biblias):

¡Oh, no: es ONO!

Acudí finalmente a la Secretaría de Estado de Telecomunicaciones, exponiéndole los hechos. Cuando ésta trasladó el informe a ONO, la empresa de telefonía me dio la razón y emitió un abono de la cantidad indebidamente facturada, pidiendo disculpas "por las molestias ocasionadas".
Pero, y acabo ya, la desfachatez y mala fe de ONO se hicieron evidentes en su insistencia a una empresa de cobros de que aún existía la falsa deuda, instándola a que la reclamara. Puesto hoy al habla con ONO (Oh, no), resulta, y esto es ya kafkiano y por eso lo incluyo en este blog literario, que para la citada empresa los abonos no enjugan la supuesta deuda, sino que facturas y abonos habitan universos paralelos que nunca se tocan (ahora esto es ciencia ficción), y habría que pagar primero ésta y luego Oh, no (u ONO, da igual) devolvería el importe de lo indebidamente cobrado. ¿No dije que era kafkiano? Tratándose de un contrato que se dio de baja ya hace ya muchos meses, no hace falta ser muy perspicaz para ver que esta devolución tendría lugar ad calendae graecae.

¿PERO NO ESTABAN PROHIBIDOS LOS TRILEROS?

2 comentarios:

Antonio Rivero Taravillo dijo...

Si introduces "engaño" y "ONO" en google salen 25.100 entradas. ¡Ahí es nada!

Anónimo dijo...

A mí me pasó algo parecido con Timofónica, para dar de baja un servicio, tuve que enviar un fax con la esquela de mi padre...

Pero al menos en aquella época te atendían españoles -o personas que conocían nuestro idioma a la perfección-, hoy ni eso... Mi amol...

José M.