domingo, 17 de febrero de 2008

Renglones como días


De alguna forma, las cartas de alguien, cuando son frecuentes, son una especie de diario a plazos, una autobiografía en letras que van venciendo o una muerte a crédito, tanto da. Tomo el denso volumen que recoge las cartas del autor de El gran Gatsby y al deslizarse los dedos por la satinada cubierta no es ya un libro recién publicado lo que toco, sino polvo y muerte y ceniza, la de las colillas que se aprietan sobre un poco de plata al acabar una fiesta que terminó hace la friolera —el escalofrío— de setenta años, ya muchos. Y pienso inevitablemente en Juan Luis Panero, en su poesía de aguas turbulentas que se nutre de los ríos violentos de Fitzgerald y Lowry, entre otros afluentes de agua de vida o whisky. En su libro Galería de fantasmas, Panero escribió un poema (“El último baile”) que ponía en boca de Zelda Fitzgerald un recuerdo de una edad dorada y una desazón suicida. Lo recuerdo ahora por más reciente, pero él me remite a otro, también sobre nuestro hombre, que lo antecedió tres lustros, donde se habla de “el prematuro éxito y el también prematuro fracaso” “y las lamentables cartas de su miseria y su ruina”.

Aquí está esa correspondencia acibarada, amarga, como de hiel echada en una vomitona tras generosa bebida. Y así le fue: Fitzgerald vivió cuarenta y cuatro años, los mismos que Stevenson. Éste, que pasó una temporada al final de su días en Samoa, su paraíso de los Mares del Sur, lo hizo entre buscadores de perlas y, aunque renegando de ello, abstemio; Fitzgerald pasó una temporada, en su mejor momento, en la Riviera francesa, entre comedores de ostras y bebedores de champán y de ginebra (su primera novia, por la que dejó la universidad de Princeton, se llamaba también casualmente Ginevra); la segunda mitad de su vida —sonadas borracheras, excesos, su mujer infiel y luego en el manicomio— fue una concienzuda preparación para ese infarto que además de interrumpir su vida dejó a la mitad su novela El último magnate, que trata sobre el mundo hollywoodiense en el que se había adentrado de la mano de Sheilah Graham, su último amor.

A lo largo de tres décadas, el hombre Fitzgerald fue enviando cartas que aquí son seleccionadas y recogidas por Bruccoli. El editor confiesa que no son todas; entre otras cosas, porque tanto Ginevra King como Zelda Sayre destruyeron las cartas de amor que él les envió. Pero los destinatarios son muchos y diversos, y van de Gertrud Stein a Ernest Hemingway o Edmund Wilson, y los temas se extienden desde el despacho de asuntos estrictamente prácticos, entre los que destaca el trato con sus editores, a los más personales y la frecuentación epistolar con su hija, de la que estuvo lejos a menudo. A ella están dirigidas algunas de las cartas más emotivas, y en las que más abre su corazón descacharrado. Ningún amante de la poesía, y de Keats en concreto, debería pasarse sin las líneas que Fitzgerald, el dandy, el alcohólico, el ambicioso, dirige a ella confesando de padre a hija (un padre que es también madre in pectore, pues la de verdad sufría agudas crisis mentales y la muchacha no podía contar mucho con ella) que cada vez que lee la “Oda a un ruiseñor” los ojos se le llenan de lágrimas y que después del autor de “A una urna griega” toda la poesía restante sabe insulsa.

Fitzgerald vivió en un pasado que se hace remoto, y su representación de la “época del Jazz” es hermosa literatura, pero también arqueología social e histórica. Murió en fecha lejana, en el 1443 de Hayworth Avenue, Hollywood.


Publicado en La mirada (El Correo de Andalucía, 18.11.99)

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