domingo, 24 de febrero de 2008

Tras la ballena blanca


Tim Severin es un señor que ha cumplido los sesenta años de edad y que ha pasado dos tercios de su vida empeñado en prolongar su juventud, realizando para ello aventuras que al resto de los mortales se nos antojan imposibles. Con embarcaciones artesanales, émulas de las que en otros siglos surcaron los océanos, Severin ha seguido las estelas de Jasón y de Ulises en el Mediterráneo, o la del mítico santo irlandés San Brendan, olas atlánticas adelante.
Estos días, el marino impenitente, arqueólogo de espumas, ha estado en España, uno de los países de más arraigada tradición naval del circunvalado orbe, para presentar su último empeño: el de buscar a la ballena blanca, el cetáceo de las mil páginas que inspiró a Melville una de las novelas más obsesivas y arrebatadoras, como un golpe de mar, de la literatura universal.
La proa de Severin ha hendido los siete mares en pos de los mitos que rodean al gran mamífero, y ha añadido a su acervo de leyendas y consejas de tabernas de puerto los relatos de muchos pescadores de lugares tan remotos como Malasia. Casi siempre la imagen es unánime: anónima o bautizada (Moby Dick), la ballena blanca goza de prelatura entre las de su especie, es una suerte de guía o capitán; quién sabe si su palidez y blancura son atributos, como canas o togas entre hombres, de un senado ballenil y errante siempre por el proceloso imperio de Neptuno.
En La moneda de hierro (1976), Borges publicó un poema en homenaje a Melville en el que recuerda cómo los sajones, antepasados del escritor norteamericano, llamaron al mar “camino de la ballena”, en esa fertilísima línea de metáforas de las kenningar escandinavas. Seguidor de esa senda, Tim Severin ha recorrido mil y un caminos, como la tripulación del Pequod y tantos otros buques balleneros, y cual un eco de anteriores singladuras ha traído a las mientes esa anterior navegación suya en la que siguió los vientos de San Brendan, pues una de las más hermosas aventuras del santo fue cuando desembarcó con sus monjes en lo que tomó por un islote y éste resultó ser una ballena. En una versión anterior, Brendan es el rey precristiano Bran, y en la leyenda interviene Manannán mac Lir, dios del mar y epónimo de la isla de Man.
Yo creo que, errando como San Brendan, Severin, en su creencia de perseguir a la ballena blanca, ha ido —y nosotros le acompañamos encantados— tras una especie que gracias a tipos como él no está todavía en vías de extinción: la página mil veces recorrida y siempre en blanco de la literatura. ¿Será demasiada licencia llamar a ésta “camino de prodigios”?




Publicado en Turia, 59-60 (Teruel, 2002)