domingo, 3 de febrero de 2008

Tristísima Sylvia



Un libro de poesía que durante semanas permanezca a la cabeza de las listas de los más vendidos en su país ha de ser por fuerza un libro extraño, y no es raro que para su éxito se conjuren, abierta o veladamente, circunstancias ajenas a la propia poesía. En Gran Bretaña, Ted Hughes ha publicado recientemente un memorial en verso de su vida agónica con la también poeta Sylvia Plath, y ese libro, Birthday Letters, ha puesto de acuerdo a críticos y lectores, quienes —como el autor ejemplares en algunas librerías— han firmado temporalmente un armisticio que eleva la obra suya al estado extraño y casi beatífico de ser obra maestra y éxito comercial a un tiempo, todo un fenómeno.

Birthday Letters puede ser leído como una novela, de hecho su extensión (200 páginas, 88 poemas, unos cuantos miles de versos) la aproxima más a ese género. En todo caso, sería una novela autobiográfica cuya trama, para desgracia de sus protagonistas, está ya exenta de suspense: quien abre sus páginas y por su dolor se adentra lo hace conociendo el desenlace, esa muerte famosa de la tal vez por ella más célebre mártir escritora, bandera de un feminismo trágico menos atento a la obra que a las puntadas de victimismo con las que ha ido cosiendo el cadáver. Sylvia Plath cultivó una literatura radical de la que sus tres títulos punteros son las prosas de Johnny Panic and the Bible of Dreams y The Bell Jar por un lado, y la poesía surreal, epifánica y dolida de Ariel por otro. Plath era una valiosa paisajista de sus desiertos: a veces, arisca, incluso arroja arena a los ojos de quien los lee.

En los periódicos de ayer mismo se ha publicado una fotografía en la que una modelo de no recuerdo qué diseñador metía, supina, la cabeza en un horno. Así fue: con gas. Sylvia Plath se suicidó después de que su marido la abandonara por otra mujer, o al menos ésa es la historia que oficialmente ha llegado hasta nosotros. Ahora es Hughes, treinta y cinco años después, no quien da su versión de los hechos (pues son numerosas las elipsis en la narración y no se trata en absoluto de un pliego de descargo), sino quien más bien, cardiólogo implacable, disecciona esa infelicidad que condujo a una muerte que, como se encargan de señalar los poemas, no era sino embrión que fue alimentándose y creciendo hasta estallar de una forma absolutamente natural (la naturalidad con la que se propaga una metástasis o se coagula la aorta, la facilidad con la que perdemos siempre las cosas que amamos).

Dos características de todas y cada una de estas terribles cartas de cumpleaños son el empleo del pretérito (el autor escribe cuando ya todo ha sucedido, y a lo largo de más de veinticinco años, según la sucinta nota de la solapa del libro) y la proyección de hechos cotidianos, sacados de la vida marital, hacia un futuro que prometía el deceso de ella y el estigma que él habría de soportar largamente. Son textos cuajados de presagios, especialmente explícitos en un poema, “Ouija”, en el que las fuerzas subconscientes o mediúmnicas que dirigen el cristal divinatorio susurran este mensaje: “Llegará la fama. La fama especialmente para ti. / La fama no se puede evitar. Y cuando llegue / habrás pagado por ella con tu felicidad, / tu marido y tu vida”. Pero hay otros vasos, otros alfabetos, síes y noes, que correctamente interpretados iluminan con su luz sucia lo que habría de venir. En el haber del poeta está el haber descifrado esos augurios con palabras hermosas y que el final hace ciertas.

En el Londres donde se conocieron —qué hermosa y sencilla la primera composición, “Fulbright Scholars”, en la que el hoy envejecido Hughes se desprende de su experiencia acumulada en los años sombríos para presentir, con ojos y corazón intactos, el inminente amor juvenil—; en el viaje de novios a Alicante (“España te daba miedo. España, / donde yo me sentía en casa”); en un periplo americano donde las fuerzas telúricas y ancestrales son desesperadamente amenazadoras (un Gran Cañón delirante, parques naturales de pesadilla, animales dibujados por el pincel enloquecido de El Bosco); en el provinciano Devon, donde ya eran imparables los arrebatos de ella; en todas partes, siempre el fantasma del progenitor muerto y el desequilibrio de una mente enferma volcada a la escritura. En el poema “The Table”, la plancha de olmo con la que el marido hace un escritorio para su mujer es comparada primero con madera de ataúd, y después con algo más terrible que duraría hasta el suicidio: “revelé una perfecta alfombra para que aterrizara / tu inspiración. No sabía / que había hecho y ajustado una puerta / que abajo se abría a la tumba de tu padre”.

Birthday Letters podría ser lectura obligatoria en las facultades de psicología: obsesiones, traumas, complejos, la terrible pulsión de Thanatos, más poderosa que Eros. Traducidos sus acontecimientos al lenguaje de un excelente poeta como es Ted Hughes, todo son símbolos, alegorías, imágenes y poderosísimas metáforas que hacen de la tragedia personal altísima literatura con un ritmo fluido y conversacional nada impostado. Ya en el título, que por epistolar demanda un interlocutor, un , se aprecia la voluntad de Hughes de comunicar con Plath, con su espíritu: nadie como ella sabría la certeza de estos poemas, pero Sylvia ya no podrá hablar.

Como obra de arte que es, Birthday Letters es perfectamente verosímil y obedece a una lógica interna en la que incluso el desvarío es coherente, y eso basta, por encima de los mitos levantados por los seguidores de la infortunada, por encima de la misma realidad, sea ésta cual sea. El lector no es dios que absuelva o condene al hombre Hughes, pero se apercibe de que, con la hermosura de las cosas trágicas, su obra, un libro así, sólo se escribe una vez en la vida. Lástima que para llegar a él fuera necesaria esa muerte.

(Una indigna coda a los anteriores párrafos, más cerca de la fabulación que de la poesía, y próxima sobre todo a la vergüenza: ciento treinta años antes que Ted Hughes, otro autor llamado a ser Poeta Laureado sufrió la mordedura de perder a quien estaba más cerca de su alma. Muerto Arthur Hallam, como para transformar su angustia, Alfred Tennyson dio en escribir In Memoriam, el largo poemario dedicado a su relación con el difunto y sobre todo a la huella que su ausencia dejó en él. Ese libro fue el favorito de la Reina Victoria.

Un descendiente de aquella monarca, el actual Príncipe de Gales, tal vez halle idéntico consuelo en Birthday Letters, ese espejo en el que quizás vea su tormentosa relación con la que fue su esposa, hoy muerta. Hay muchos detalles que nutren las coincidencias: la infidelidad de él, los desequilibrios en la psique de ella (bulimia, anorexia, intento de suicidio), la horrenda muerte en lo que aún era juventud, la culpabilización del viudo, los dos huérfanos... También las diferencias son grandes, pero el libro de Hughes, escrito durante lustros, ha ido a la imprenta unos meses después de la desaparición de Lady Diana Spencer, Princesa de Gales. Sin duda una casualidad, pero también por qué no, un beau geste con el que el Poeta Laureado está a la altura de su cargo y con el que ofrenda al hijo de Su Majestad un libro que para él tendrá algo de guiño. De diablo a diablo, aunque uno sea un gran mago de las palabras y el otro un demonio menor y cojuelo enredando, zascandil, bajo los tejados de Buckingham).


(Publicado en La mirada, 176 (El Correo de Andalucía, 6.11.98)