viernes, 1 de febrero de 2008

Ulises en Sevilla


Se ha descatalogado recientemente el libro Cien años y un día. Ulises y el Bloomsady, editado por la Fundación José Manuel Lara. Para que pueda seguir circulando, dentro de la modesta difusión de esta falsa bitácora a la que vienen más viejas travesías que nuevas singladuras, incluyo aquí mi comparación -disparatada, lo sé- entre Sevilla y Dublín:



URBI ET ORBE

ANTONIO RIVERO TARAVILLO

Cuenta Stanislaus Joyce en un artículo publicado en 1954 cómo “Día de la patria en la oficina del partido” (uso la traducción de Eduardo Chamorro) era el relato que su hermano prefería de entre todos los de Dublineses. Y que cuando el manuscrito fue rechazado por séptima u octava vez, y Stanislaus trató de animarlo para que no perdiera la esperanza de verlo impreso, Joyce le preguntó irónicamente: “¿De verdad crees que toda Europa espera oír la historia de unas elecciones municipales en un barrio de Dublín?” Ya publicado el libro, sigue contándonos Stanislaus, Joyce residía en Zurich, donde se ganaba la vida dando clases, y cierto día prestó un ejemplar de Dublineses a uno de sus alumnos, un señor mayor de Viena. Cuando éste se lo devolvió, Joyce le preguntó qué relato le había gustado más, y sin dudarlo el vienés contestó que “Día de la patria en la oficina del partido”. A Joyce le pareció increíble: “¿Qué diablos ha encontrado digno de admiración en esa historia?” El vienés sonrió y repuso: “Me divirtió porque es tan parecido a Viena…”

De alguna manera, ese es uno de los méritos de Ulises, que hablando de una ciudad concreta habla de todas, que tratando de unos personajes afronta la más corpórea realidad de los mitos y los arquetipos que se superponen a toda geografía. Eso hace que Ítaca sea una casa de Eccles Street, y que el modelo de Homero pueda seguir siendo válido dos mil setecientos años más tarde y en otra isla.

Patrick Kavanagh también nació en ese año mágico de 1904, y participó con Flann O’Brien, Anthony Cronin y otros en el primer Bloomsday celebrado en Irlanda en 1954, con motivo del cincuenta aniversario de la acción de la novela. Tres años antes había escrito un poema, “Épica”, que también bajo la sombra tutelar de Homero trasladada a suelo irlandés muestra el íntimo maridaje entre lo local y lo universal. En él nos habla de unos campos, de rencillas de agricultores, pero ahí está la lección de Joyce (y de Homero): un lugar es todos los lugares. Por ello el putsch de Munich no tiene más importancia que una acalorada discusión en el condado de Monaghan. Cito por mi propia traducción:

ÉPICA

He vivido en lugares importantes,

en tiempos en que el hombre ventilaba

asuntos trascendentes: de quién era

un pedregal, una tierra de nadie

de dos varas, reclamada con bieldas.

Oí a los Duffys gritar: “¡Te den por saco!,

y vi al viejo MacCabe, descamisado,

desafiando el metal pisar un prado:

“¡Eh, las lindes son estas piedras de hierro!”

Fue el año del lío de Munich. ¿Qué

fue más importante? A punto estuve

de perder mi fe en Ballyrush y Gortin,

pero al fin el espíritu de Homero

me vino a confesar entre susurros:

“De disputas de aldea hice la Ilíada.”

Los dioses crean su propia importancia.

Este poema, uno de los mejores de Kavanagh, ha sido comentado por dos poetas de la talla de Paul Muldoon y Seamus Heaney: el primero, en su extravagante libro To Ireland, I dedica toda una sección (“Such a Local Row”, las “disputas de aldea” del penúltimo verso) al asunto; el segundo hizo lo propio en su ensayo “A Sense of Place”. Otro Nobel y amigo de Heaney, Derek Walcott, mezcló las aguas del Egeo con las del Caribe en un poemario, Omeros, que recoge la misma lección universal.

Pero volvamos a Joyce. España siempre ha tenido una relación especial con él y, aun más, con todo lo irlandés, y eso se puede ver en varias regiones o ciudades, aunque al final intentaré llevar el agua a un determinado molino, con cuyas ruedas no sé si haré comulgar a alguien. Colm Tóibín, autor irlandés que pasó un año en Barcelona a finales de los años ochenta del pasado siglo, asistió a una eclosión del nacionalismo catalanista que no pudo sino recordarle a la de su patria. “Period of nation inventing” son palabras que emplea para referirse al contexto de muchas de estas similitudes: los catalanes fundaron un partido a principios de los años veinte llamado Nosaltres Sols, que como señala Tóibín es traducción directa de Sinn Féin (en realidad, apostillaría uno, más que estrictamente de Sinn Féin, el nombre del partido fundado en 1905, de la expresión Sinn féin amháin, empleada por Douglas Hyde y que le dio nombre); hubo poemas en catalán a la muerte en huelga de hambre de Terence MacSwiney en 1921; y antes, en 1848, el mismo año que Thomas Moore compuso la canción “De nuevo una Nación” se compuso en Cataluña un poema que inspiraría a multitud de nacionalistas.

Pero es más, en el ambiente político y cultural catalán entre 1890 y 1910 Tóibín vio importantes paralelismos con el irlandés. Por ejemplo, la fundación del Barça, y su papel en la creación de un sentimiento catalán, es pareja, como nos hace ver, a la de la GAA, la Gaelic Athletic Association (véase el capítulo XII de Ulises, donde se habla de la recuperación de los antiguos deportes gaélicos y donde se pone en solfa toda una ideología cimentada en mixtificaciones de raza). Es muy interesante además el apunte de que la “fetichización” de algunos lugares (el Montseny o el Canigó) tendría su correlato en la santificación en Irlanda de sitios como las islas Aran o las Blasket. Hay otras consideraciones igualmente sugestivas, pero destaca entre ellas la de que “hubo ecos, también, entre las carreras de Joyce y Picasso, quienes hallaron toda esta retórica e invención excesiva para ellos, quienes vieron Dublín y Barcelona respectivamente como centros de parálisis y se largaron tan pronto como pudieron”. Y por Joaquín Mallafré, traductor de Ulises al catalán en 1981, sabemos que Joseph Pla leyó repetidamente la obra en inglés, llegando a traducir fragmentos de los capítulos XV y XVII. Mallafré ha rastreado también la huella de Joyce en obras de, entre otros, Quim Monzó o Terenci Moix.

En Barcelona se celebró de mayo a octubre de 1995 la exposición “El Dublín de James Joyce”. Los organizadores, con Juan Insúa a la cabeza, vieron muy bien este carácter que trasciende de lo local a lo universal: “El mito nos dice que si alguna vez Dublín desapareciera, podría ser reconstruida a partir de los libros de James Joyce (1882-1941). Pero el aporte ‘topográfico’ de la obra joyceana no es lo más relevante. Desde la consumación literaria de la ciudad concreta, desde cada uno de los personajes de la ciudad amada y odiada, Joyce construye una poderosa comedia sobre la condición urbana, bendiciendo socarronamente este ancho y proceloso mundo, los confines de un espacio que es el nuestro y que inevitablemente concebimos bajo la forma de una ciudad”. La recreación que Joyce hace de Dublín no es por tanto sólo para dublineses, sino más bien, una creación urbi et orbe. Efectivamente, en el empedrado de una calle de Dublín están todas las ciudades del mundo, como “en un día del hombre están los días / del tiempo” y “entre el alba y la noche está la historia / universal” (Borges en su poema “James Joyce”).

Trasladémonos ahora a la otra punta del norte peninsular. Son conocidos los lazos de diversa índole entre Galicia e Irlanda (Breogán, los poemas de inspiración ossiánica de Pondal, la música), y no nos vamos a extender sobre ellos. Por lo que aquí respecta, en la revista Nós, de 1920 a 1935, Irlanda es un continuo referente, y Joyce, para los literatos, una referencia inexcusable. Así se ve la atención que le dispensan Vicente Risco o Ramón Otero Pedrayo, que tradujo fragmentos de Ulises al gallego antes de que alguien se tomara la molestia de traducirlo al español (o al catalán). Risco es autor de un relato “Dedalus en Compostela” (1929); la misma ciudad del apóstol es eco de Dublín, del Dublín de Joyce, en Devalar, novela que Otero Pedrayo publicó en 1935. Autores posteriores, como Manuel Rivas o Suso de Toro no tienen rebozo en reconocer el influjo del dublinés. Por su parte, Darío Villanueva ha puesto muy detallada y convincentemente en relación a Valle-Inclán con Joyce, y “percibida esta completa gama de concomitancias vitales y estéticas ya no nos puede resultar tan increíble el milagro de la intensa hermandad que existe entre Ulises y Luces de bohemia”. ¿Y quién puede negar las concomitancias entre Gonzalo Torrente Ballester, y especialmente La saga/fuga de J.B., con Joyce y Ulises?

Pero ni Trieste, ni Zurich, ni París. Tampoco Barcelona o Santiago. La verdadera ciudad joyceana fuera de la isla de Irlanda está mucho más al sur, a unos doscientos kilómetros del Gibraltar de Molly. Y es que son tantas las cosas que comparten Sevilla y Dublín que enumerarlas todas requeriría, por lo menos, la extensión de uno de los capítulos más largos del Ulises. Por citar algunas, de momento, y ya que ha salido el héroe griego a la palestra, se puede afirmar que éste, o al menos su nombre latino retomado por James Joyce, tiene en el Dublín de hoy (no así en el de hace unas décadas) la importancia que el romano Hércules tuvo un día en Híspalis, donde quedan enhiestas sus ciclópeas columnas. Por su parte, la de Nelson en Dublín, que estaba al pie del O’Connell Bridge y fue obra del mismo arquitecto que hizo la famosa oficina central de correos, la GPO, fue volada por los republicanos hace ese mismo número de décadas como respuesta al invasor inglés que aún sienta sus reales –sus forces of the Crown en las baladas de rebeldes irlandesas– junto a esas otras columnas de Hércules del estrecho de Gibraltar y su Calle Real, de donde, sí era, sí, Molly Bloom, sí. ¿Y quien puede negar que el lugar donde estas columnas sevillanas se alzan, la Alameda, sería la Nighttown de Joyce, hasta ayer mismo lugar de mal vivir y mancebías abiertas a la noche?

En ese capítulo sobre la ciudad nocturna, Joyce hace a Bloom chapurrear un español de pena, en el que no sólo están mal acentos y signos de puntuación sino también la concordancia, un tanto ebria: Buenos noches, señorita Blanca, que calle es esta? Lo cual ya quedó denunciado por Flann O’Brien, alias Myles na Gopaleen, en su artículo del Bloomsday de 1954, quien no benévolamente señaló que todos los usos que hace Joyce de lenguas extranjeras, ay, tienen errores. ¿Pero quién no los comete? Borges llegó a escribir el nombre de Nora, la mujer de Joyce como Norah, tal vez pensando en su propia hermana. Y cuando habla de Liam O’Flaherty, natural de Inis Mór, en las Islas Aran, dice, pensando en el documental de Robert Flaherty Men of Aran, que aquél es “un hombre de Arran” (ésta es isla de Escocia, no de Irlanda). El mismo error, pero en sentido inverso, cometió el poeta y benemérito traductor Marià Manent, quien en su antología La poesía irlandesa titula un poema “La isla de Aran”, cuando en realidad éste se refiere a la de Arran, como es palmario en su fuente, una traducción al inglés de Kuno Meyer.

Pero dejemos al alemán, al catalán, al argentino. El dublinés puente de O’Connell (transmutado en la sevillana calle O’Donnell) nos lleva por San Pablo y Reyes Católicos a Triana, que es en su mismo nombre un legado céltico que perdura a través de los siglos (la etimología Trí Abhann, “Entre ríos”, define la geografía primitiva de este barrio extramuros). El Guadalquivir, cómo no, es el Liffey, partiendo en dos la ciudad. En Finnegans Wake, James Aloysius Joyce deforma el nombre y lo hace ser Gaudyquivery, algo así como “llamativo y trémulo.” Efectivamente, el río de Sevilla, Río Grande en árabe –qué hermoso homenaje a la filmografía del irlandés John Ford, de verdadero nombre Seán Aloysius (como Joyce) O’Fearna–, se muestra así, tembloroso y chillón, cuando espejean en él las luces de los neones del restaurante homónimo y las de anuncios de, si no me falla la memoria, Tío Pepe o, mejor, más irlandesamente, Fino San Patricio (la palabra “fino” siempre me recuerda no sólo al héroe Finn Mac Cool, sino también a la palabra gaélica fíon, vino).

Por las mismas fechas de la famosa expedición vikinga que remontó el río de Sevilla, cuando los habitantes de entonces se retiraron al Aljarafe y los escandinavos estuvieron de parranda, borrachos durante tres días antes de irse con su música bárbara a otra parte, los hombres del norte fundaron, allí para quedarse y mezclarse con los nativos, la ciudad de Dublín. Como Triana, la capital de Irlanda también conserva su nombre acuático y céltico: Dubh linn (“Laguna negra”), que no hay que confundir, aunque casi lo refleje, con leann dubh (“cerveza negra”), el líquido que de verdad la ha hecho famosa bajo la ya universalmente ubicua advocación de Guinness.
Y yendo más atrás, aún antes de árabes huidizos y empujadores vikingos, los celtas de Irlanda alumbraron su Alta Edad Media con el faro de las Etimologías del visigodo Isidoro de Sevilla. Cumbre de la sabiduría de la época, un manuscrito de ellas, tan apreciadas eran, fue canjeado por otro, en la actualidad perdido, de la epopeya nacional Táin Bó Cuailnge, esa que trasvasó bajo una pátina posromántica Lady Gregory, de tanta influencia en Yeats. Hoy resulta difícil exagerar la importancia que el santo hispalense tuvo para la transmisión del saber antiguo, pero no es posible abrir un libro sobre la literatura y la historia irlandesas entre los siglos VII y XI sin que salga a bendecirnos su nombre. La iconografía lo pinta de guisa apenas distinguible de la muy venerable también de San Patricio, el patrón de Irlanda.

Con la huida de los nobles católicos conocida como The Flight of the Earls, a principios del siglo XVII, se intensificó la relación entre ambos países, España e Irlanda. Bajo la terrible persecución alentada por Cromwell se encuentran episodios como la matanza del padre John Murphy (que se preparó como sacerdote en la actual Casa de la Santa Caridad, de Sevilla, entonces seminario), a quien se descuartiza, ofreciéndose los trozos de su carne a un vecino católico “para que los comiera”. Un monumento conmemorativo se halla en la actualidad en las cercanías de Westford, lugar de su martirio. En Sevilla existió en los siglos XVII y XVIII un Colegio de los Irlandeses, en el que se prepararon para ser misioneros numerosos jóvenes irlandeses. Este Colegio se fundó en 1611, en lo que hoy es la calle de Jesús del Gran Poder. Cinco años después, el Colegio “cayó” en poder de los jesuitas. Del Colegio de Santo Tomás fue rector Dominic Lynch, un fraile dominico de Galway, la patria chica de Nora Barnacle. El profesor Martin Murphy ha escrito que “antes de tomar posesión de este puesto un dominico de su convento tuvo que ir desde Sevilla a Galway para consultar su genealogía y comprobar su limpieza de sangre”.

Y en Sevilla, también, nació Nicolás Wiseman, primer cardenal arzobispo de Westminster, hijo de James Wiseman y Mariana O’Donoghue (ah, este apellido que evoca irremediablemente el del célebre pub de Baggot Street, donde empezaron a tocar The Dubliners, y que da título a una joya del repertorio último de Planxty, aún no grabada en disco y que causó furor entre el público de sus recientes conciertos en el Barbican Centre de Londres).

Sevilla aparece, así tal cual en español (no con la forma anglosajona Seville), en el Libro 2, capítulo 1 de Finnegans Wake, y, naturalizada, está presente en el callejero dublinés: Seville Place, al norte del Liffey, de donde toman su título las memorias de infancia y juventud de Peter Sheridan (hermano de Niall, el cineasta): 44, Seville Place, recientemente publicadas también en español. Naturalmente, Seville Place toma su nombre de Sevilla, o más concretamente de la toma de Sevilla por el ejército británico en lo que los anglosajones llaman Guerra Peninsular, en 1812. A esta guerra nosotros la conocemos como Guerra de Independencia, que libramos contra Napoleón. Contra Napoleón fueron también levantadas las torres Martello, unas fortificaciones desparramadas por el litoral de Inglaterra e Irlanda, la más famosa de las cuales es hoy, gracias a Joyce, la de Sandycove, al sur de Dublín, donde principia Ulises (esta torre es protagonista mudo, junto con la playa del Forty Foot, de la excelente novela At Swim, Two Boys, de Jamie O’Neill, que homenajea por igual a Joyce y a Flann O’Brien, y que ha sido, cómo no, traducida al español por un sevillano).

Seville Place es una calle importante del norte de la capital dublinesa, y en ella está la iglesia de San Lorenzo O’Toole, donde en 1910 se fundó una banda de música, no exactamente procesional como la que uno esperaría oír en la sevillana Plaza de San Lorenzo en la que radica el templo del Gran Poder, a escasos metros de donde estuvo el desaparecido Colegio de los Irlandeses. En aquella reunión fundacional estuvieron presentes destacadísimos participantes en el Levantamiento de Pascua de 1916: Pádraig Pearse (pedagogo visionario, poeta y narrador), Thomas Clarke, Sean McDermott, Arthur Griffith, Douglas Hyde (que llegaría a ser el primer Presidente de Irlanda), y Seán O’Casey, ahí es nada. La banda participó en los diferentes avatares de la convulsa historia irlandesa del primer cuarto del siglo XX: la Huelga General de 1913, el Levantamiento de Pascua de 1916, la Guerra Civil... Incluso llegó a tocar en los funerales de no pocos dirigentes nacionalistas, entre los que destaca Michael Collins.
Si Sevilla tiene un sitio en Dublín, desde hace más de veinte años Dublín, o al menos el Dublín de Joyce, no ha dejado de estar presente en la vida cultural de Sevilla. El catedrático Francisco García Tortosa ha transmitido su entusiasmo a sucesivas promociones de estudiantes, no pocos de ellos luego profesores, que han producido un puñado de tesis doctorales y algunos libros publicados por la Universidad de Sevilla (y no sólo sobre Ulises; también sobre Finnegans Wake). En marzo de 1982 se celebró en Sevilla un Simposio Internacional en el centenario del nacimiento de James Joyce, al que asistió Richard Ellmann, y en 1994 se celebró igualmente en la ciudad el decimocuarto Simposio Internacional James Joyce. Coincidiendo con él, el Teatro de la Maestranza acogió un concierto titulado “James Joyce y la música”. Además, en 1990 se fundó, cómo no, en Sevilla, la Spanish James Joyce Society.

El último homenaje de Tortosa a Joyce, tras dar a la imprenta una recreación del capitulo de Finnegans Wake “Anna Livia Plurabelle” vertida por él mismo, Ricardo Navarrete y José María Tejedor, ha sido la nueva traducción de la gran obra ambientada en un único día, un día único, de junio de 1904. Al destino, caprichoso urdidor de enredos, le gustan los paralelismos y los ecos: como el libro publicado en 1922, la edición de Tortosa también fue, nada más salir, un tiempo secuestrada por el celo perseguidor de la Justicia (en este caso instigada por un quisquilloso nieto de Joyce). En su traducción, Tortosa contó con la colaboración de María Luisa Venegas, profesora de la universidad hispalense. Otra paisana, María Ángeles Conde, le ha enmendado la plana nada más y nada menos que a Dámaso Alonso y su traducción del Retrato del artista adolescente (que al menos, como título, suena bien, muy bien, porque es un perfecto endecasílabo). Conde no logra publicar su propia traducción porque el prestigio de la otra pesa mucho. Alonso, como se recordará, fue autor en nuestra posguerra de un libro tan virulentamente irlandés como Hijos de la IRA.

Dámaso Alonso formó también parte de ese grupo de poetas que en diciembre de 1927 rindió homenaje en el Ateneo sevillano a Góngora. Pocas semanas antes pasó por la ciudad el más grande poeta irlandés de esa y tal vez toda época: William Butler Yeats. Yeats, aquejado de un mal pulmonar, y procedente de Algeciras (ciudad que aparece citada en la postrer página de Ulises), se quedó unos días en Sevilla. Pero el hotel era gélido y, sin calefacción, el poeta empeoró, llegando en sus alucinaciones a creer que, en vez de en Sevilla, estaba en Siena. De aquellos poetas del veintisiete, Cernuda, a quien uno querría imaginar en un encuentro con Yeats por las calles de la ciudad, llegaría a ocuparse años más tarde de él, en ensayos y alguna traducción.

Arhtur Symons, miembro del Rhymers Club al que perteneció Yeats (ambos se conocieron en 1890), escribió sobre Sevilla en un par de ocasiones, y entre sus papeles se encuentran tres copias de unas sesenta páginas cada una que contienen mecanoscritos de las rimas de Bécquer, conservadas en la Universidad de Princeton. Cities and Sea-Coasts and Islands (1918) dedica un capítulo a Sevilla (es probable que su amigo Yeats lo leyera, toda vez que la segunda parte del volumen no le habría de pasar inadvertida, pues se ocupa de espacios tan queridos a Yeats como las islas Aran o, especialmente, las zonas de The Rosses y Glencar en Sligo). Ya, quince años antes, Symons había dedicado otro capítulo a la ciudad del Guadalquivir en Cities (1903). Su nombre no ha sido convocado aquí en vano: Symons, que conoció a Joyce en 1902, hizo mucho por la publicación de Chamber Music y fue el autor del epílogo a Pomes Penyeach (1927).

Como se ha dicho más arriba, García Tortosa organizó hace años un Congreso Internacional sobre Joyce en Sevilla, al que asistieron especialistas de todo el mundo y traductores de Ulises no sólo al japonés o al coreano, sino también, bajo la forma de exégetas, al inglés: profesores que se aplican a la ímproba tarea de hacer que sea entendido fuera de su ciudad. No en vano Flann O’Brien, escribió: “Sólo un Paddy (léase castizo) de Dublín podría alcanzar a entender más de un diez por ciento de su significado”.
¿Más coincidencias? El cante jondo no está muy lejos del sean nós gaélico, esa música tradicional y primitiva que brota de torturados hontanares, y las tabernas de allí no quedan lejos de las de estos pagos, aunque allí se liquidara el alcohol en peniques y aquí en pesetas (ambas monedas, ya, dos arqueologías numismáticas). Por otra parte, el grupo de música más intrínseca y tautológicamente dublinés, The Dubliners, que comparte apelación con un libro de Joyce y tiene en su repertorio la canción “Finnegans Wake”, dista tanto de la verdadera música tradicional irlandesa, para puristas, como los Cantores de Híspalis del flamenco. Uno de los vocalistas del grupo, Ronnie Drew, que nació en Glasthule, junto a Sandycove, el Forty Foot, y la famosa torre Martello, el omphalos del que habla Buck Mulligan en el capítulo inaugural del libro, fue profesor de inglés en Sevilla hace ya muchos, muchos años, donde aprendió a tocar la guitarra flamenca. Curiosamente, la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco está hoy en una de las esquinas de esa encrucijada que componen el Instituto Británico donde enseñó Drew y la Calle del Aire de Cernuda, en un extremo de la calle Fabiola, que toma su nombre de la célebre novela del Cardenal Wiseman. Y en la denominada Casa Fabiola, en esta calle, tiene precisamente su sede la Fundación José Manuel Lara, editora de este volumen sobre Joyce y Ulises. Volviendo a la calle del Aire, en ella se han abierto recientemente unos baños árabes. ¿Un guiño al relato “Arabia”, de Dublineses, o más bien a los baños turcos que Bloom visita al final del capítulo 5, “Los lotófagos”? ¿Quizá se trate, por lo de calle del Aire, de un homenaje velado al capítulo, 7, “Eolo”? Sin duda, este lugar habrá de ser incorporado, como una estación más, al peregrinar sevillano de Bloomsday en años venideros.

Otro músico de prestigio internacional como Bill Whelan, creador del espectáculo Riverdance, compuso en 1992 la Seville Suite cuando la Expo, gracias a los buenos oficios de Denis Rafter, comisario del pabellón irlandés, trajo a la ciudad gaiteros y violinistas y fue por un día, más que Boston o Nueva York, capital de la música irlandesa fuera de la isla. Como el tiempo celta propende a la circularidad, Denis Rafter volvió el año pasado a Sevilla para dirigir el espectáculo Viaje a Ítaca, basado en el monólogo de Molly Bloom. Y una bailaora sevillana, María Pagés, saltó a la fama y los escenarios del mundo precisamente gracias a Riverdance, donde se mezclaban zapateados de inspiración gaélica y flamenca.
En cuanto a las carreras de caballos irlandesas, ese espectáculo inenarrable (véase El hombre tranquilo), nacen del mismo amor que aquí se profesa a los nobles brutos en ferias y romerías; y la tauromaquia nuestra no es más que la fosilización de unas tradiciones en las que el culto al toro era común no sólo a los pueblos mediterráneos: la ya mentada Táin tiene su origen en la disputa por unos toros, no sé si de ojos verdes irlandeses como en un sueño de Fernando Villalón. Dicho de forma simple, el héroe Cú Chulainn muere en realidad por un pique, un enfrentamiento entre ganaderos, como el que podría suscitarse en un casino de pueblo.
Luego está la conexión circular entre Joyce, el tuerto, y Cervantes, el manco, los dos grandes maestros de la novela (creador uno, destructor el otro) y padres de notorios antihéroes. Se ha dicho que Cervantes estudió con los jesuitas en Sevilla (Joyce lo hizo en los también colegios jesuitas de Clongowes y Belvedere), y en esta ciudad ostentó un cargo relacionado con la intendencia de la Armada Invencible, que, náufraga frente a las costas de Irlanda, tan indeleble huella ha dejado en el imaginario hibérnico.

Cervantes (parece que judío, como Bloom) salió de Sevilla en 1604 con la primera parte del Quijote terminada. Exactamente, trescientos años antes del día en que sucede Ulises. Las grandes plumas de Dublín siempre han emigrado lejos, huyendo de la parálisis cerebral del país, diagnosticada por Joyce, y no algo diferente hicieron aquí, como Cervantes, muchos de los mejores: Blanco White, Bécquer, Cernuda... Algunos de los escritores sevillanos actuales (Eduardo Jordá, Julio M. de la Rosa, Emilio Durán, Juan Antonio Maesso, por citar sólo a algunos) se reunieron años pasados sobre la azotea de la Casa de la Provincia, al final de una empinada escalera, como si de una torre Martello se tratara, para celebrar la gran fiesta de Ulises. Introibo ad altare Dei, como empieza la gran obra de Joyce, dicho al pie de esa otra torre catedralicia, la Giralda, parecía muy procedente y simbólico. Cómo omitir aquí que, en la Edad Media, un escritor que atendía al nombre de Giraldus Cambrensis escribió un libro repleto de noticias interesantes y sabrosas sobre la verde Erín: Topographia hibernica. Pero volvamos a la Giralda y a aquella noche joyceana. A un tiro de piedra quedaba la Judería, un barrio en el que no se sentirían extraños los genes del señor Bloom y donde en la calle Levíes hoy se acomoda la recién creada Dirección General del Libro de la Junta de Andalucía. El Libro, Ulises, la biblia de los joyceanos...

Pero estábamos junto a la Giralda. Justo al pie de la azotea, un convento de clausura de no recuerdo qué congregación (las Irlandesas quedan más lejos, allá por Bami, y subiendo a Castilleja de la Cuesta). Javier Salvago, que es de Paradas, y no de Skerries o Dalkey, cerró el acto leyendo su largo poema “Ulises”, que habla de un hombre que regresa a su casa tras una agotadora jornada. ¿Les suena?

Esta pasión de Sevilla, o mejor, de un grupo de sevillanos por Joyce ha tenido reflejo, como se dijo, en las celebraciones anuales del Bloomsday desde al año 2000. Todo comenzó como una ocurrencia de de Juan Antonio Maesso, secundado por la Diputación, y a las lecturas y cuchipandas regadas con cerveza negra en el pub Flaherty se añadieron, cuando se cumplían cien años de aquel dieciséis de junio, una representación teatral, debates, y una serie de lecturas en torres de la ciudad, como torres Martello trasterradas: la azotea de Casa del Libro, el pie de la Torre del Oro, la barbacana de la Torre de la Plata… Camino de la Torre del Oro, la comitiva de joyceanos locales o locuelos joyceanos se adentró por el barrio de El Arenal, otro homenaje a los nombres de los parajes dublineses de Sandycove y Sandymount, e hizo parada en la homónima Freiduría del Arenal, fundada –¿adivinan la fecha?– en 1904, el mismo año que Cruzcampo, la fábrica de cervezas que andando el tiempo sería propiedad de Guinness.

Y al llegar el otoño de ese 2004, el Sevilla Festival de Cine, gracias a la sensibilidad de su muy leído director, Manuel Grosso, dedicó una sección al autor de Ulises. Además de una exposición sobre el escritor irlandés en la Biblioteca Infanta Elena, el ciclo Cinemajoyce permitió ver adaptaciones al celuloide de la obra de Joyce y documentales sobre él y el Bloomsday (incluido el largometraje de Joseph Strick, al que en su día Álvaro Cunqueiro calificó, suponemos que de oídas, como “unha mediocre película”). Y lo que es más, trajo a Sevilla al realizador Sean Walsh, en cuya película, estrenada para la ocasión en nuestro país, Bloom es encarnado por un Stephen Rea que borda el personaje. Como una epifanía joyceana, a Walsh lo encontramos Maesso y el que esto escribe, cuando tomábamos unas pintas en el mentado pub de la calle Alemanes, que algún día habrá que rebautizar como Irlandeses. La mesa redonda de la tarde la preparamos en la longuilínea barra matutina. ¿Quién puede asegurar que durante un par de horas aquel bar no fue el Davy Byrne’s, o el Palace, en la capital de Irlanda?

Ni Trieste, ni Zurich, ni París… A fin de cuentas, piensa uno, esta artificiosa aunque justificada comparación de Sevilla con Dublín no es más forzada que la de Molly Bloom con Penélope, la de las camareras del Ormond con las sirenas, o la de Stephen Dedalus con Telémaco. Si algo nos enseña este libro inagotable, Ulises, es el triunfo sin tasa de la imaginación y la literatura por encima de las distancias, las lenguas y las épocas.

2 comentarios:

Bigardo dijo...

Hola,
soy Antonio. He dado con tu blog por casualidad, bueno, mejor dicho por Borges, Joyce y la serendipia.
Espero que sigas liberando textos tan buenos para los ojos de los desocupados.
Lo de Sevilla y Dublín no se si será cierto, pero merecería serlo.
Que sigas publicando durante muchos años.
Nos leemos.

Anónimo dijo...

La verdadera comparación creo que no es esa, pero va encaminada.

Oye...¿vives en Sevilla?... No he podido hablar todavía con nadie de mi admiración suprema por algunos libros, El Tain. ¿Aceptarías una cerveza?...