domingo, 3 de febrero de 2008

Un día en Brujas


También Brujas, como Amsterdam, cautiva con sus canales al viajero. La estación de ferrocarril queda a un buen trecho del casco histórico, pero una vez que empieza éste lo hace sin interrupción, sin intromisiones perceptibles de arquitectura contemporánea, de modo que uno se siente recompensado por el trayecto. Brujas es particularmente hermosa, especialmente en día laborable (es decir, cuando sólo funciona a medio gas la industria del turismo), y a ser posible fuera de temporada alta que, por utilizar un símil veneciano (Brujas se mira en el espejo de la Serenissima), inunda de primavera a otoño con su acqua alta calles y plazas. En ellas, por todas partes, casas con sus tejados de dos aguas, la mayoría con frontones escalonados.

Aquí nació Felipe el Hermoso en 1478, primero de la dinastía de los Habsburgo. Y su esplendor antiguo se manifiesta en lo civil en el Gerechtshof (Palacio de Justicia) o el Stadhuis (Ayuntamiento) del siglo XIV; en lo religioso, en la Heilig Bloed Basiliek (Basílica de la Santa Sangre), con su reliquia traída de las cruzadas, nada menos que unas gotas de la sangre de Cristo. Todo ello en la plaza del Burg, que por la calle Breidelstraat lleva a la otra plaza más principal, por grande y magnífica, del Mercado, con su lonja de tejidos y paños y sobre ella su torre, cuyo ascenso se hace interminable, no en vano tiene el mismo número de escalones que días un año, y no uno cualquiera, sino bisiesto. Posee la torre un carillón que más bien es populoso coro, en el que cantan cuarenta y siete campanas. Es esta plaza corazón que late enviando y recibiendo al paseante en su recorrido de un punto a otro de la ciudad. En una bocacalle, una tienda dedicada a Tintín, el más conocido belga. Relojes, tazas, bolígrafos... Echo de menos aquí a su admirador y entusiasta Luis Alberto de Cuenca; qué no daría yo por tomarme ahora unas cervezas con mi amigo.

Del dibujo a otras formas plásticas. No falta el arte en Brujas. Una Madonna con niño de Miguel Ángel, en la Iglesia de Nuestra Señora, escultura en mármol destinada originalmente a la catedral de Siena pero que dos comerciantes flamencos trajeron aquí, a principios del XVI. Aunque cerrada al tráfico en su mayor parte, esta ciudad de casi ciento veinte mil almas es apropiada sobre todo para el arte del flâneur, el callejeo sin propósito, el sorprender esquinas o placenteras rúas adoquinadas sin despreciar, si nos salen al paso, monumentos. Como el Museo del Hospital de San Juan, con su farmacia del siglo XVII, o la Iglesia de Jerusalén, que al lado acoge un centro artesano donde se puede ver cómo mujeres atávicamente ataviadas aún hacen encaje de bolillos.

En el número 26 de Walplein está la fábrica de cervezas De Halve Maan (La Media Luna), que se menciona desde al menos 1546 ó 1564 (cuando nos remontamos a estas fechas, un baile de cifras apenas resta antigüedad). Se puede entrar en ella y degustar el líquido fermentado que elaboran. La marca que hoy comercializa esta cervecería se llama Brugse Zot. Se cuenta que los brujenses, para dar la bienvenida a Maximiliano de Austria a su ciudad, organizaron un vistoso desfile de parrandistas y bufones. Cuando al acabar el día le pidieron su contribución para un manicomio nuevo, Maximiliano contestó: “Pero si no he visto más que locos hoy. ¡Brujas ya es un inmenso manicomio!” Al parecer, por eso se conoce a los brujenses como Brugse Zotten (bufones de Brujas). Eso de construir manicomios, y casas de beneficencia, y asilos, fue un rasgo del carácter de los Países Bajos y señaladamente de Brujas, donde hubo una importante comunidad de beguinas (religiosas laicas dedicadas a este tipo de buena obras), cuyas casas aún se alzan en una zona particularmente tranquila de la ciudad. El poeta inglés William Wordsworth, que estuvo aquí en el curso de sus viajes por el continente europeo, dedicó dos sonetos a Brujas, el segundo de los cuales vierto aquí. Se refiere el poeta a esas religiosas (que con sus hábitos les recuerdan a los cisnes):



Aquí la Antigüedad, atesorada
en ricos edificios, melodiosa,
con lengua heroica habla como un cuadro.
Enlazada a devotas ceremonias,

se alza hasta la gracia de la mente:
formas que se deslizan como cisnes
se mueven, aun en medio del gentío,
confinadas a armónica decencia

tal si fueran las calles tierra santa,
la ciudad un gran templo, dedicado
al respeto que es obra y pensamiento,

al ocio y la tranquila tolerancia,
al cuidado del prójimo, sereno.
¡La paz que en los desiertos no se encuentra!


Wordsworth creía ver la huella española en el grave porte de los habitantes. Y, fino observador, mientras en Bruselas halló que el gusto moderno imperaba en los vestidos y la arquitectura, y en Gante se daba una lucha entre lo viejo y lo nuevo, en Brujas predominaban las imágenes de antaño (¡y esto era a principios del siglo XIX!).

Como era obligado, di un paseo en una de esas lanchas que llevan por los canales, bajo los puentes y sorteando cisnes, pasando los parajes más hermosos. Tras dar debida cuenta de unas cuantas cervezas de abadía, en el tren me adormilo y aún no he dejado el sopor cuando ya estoy pisando Gante, tal que si un canal brujense hubiera desembocado, doblando un recodo, en otro de la ciudad vecina.

No hay comentarios: